En  la mañana del viernes 30 de septiembre de 1949, a mis dieciocho años, hacia las once de la mañana, llegué al aeopuerto de San Juan de Puerto Rico , acompañado por mi padre, maestro de escuela rural y de mi hermano mayor, Rafael, Felo, como lo llamábamos los hermanos, ingeniero civil. Iba a abordar el primer avión Constellation de Iberia con destino a Madrid, para estudiar medicina allí. Recuerdo lo orgulloso que estaba mi padre, quien me dio un beso. Mi hermano  me despidió con un fuerte abrazo.

La mañana era agradable sin una nube en el cielo. Le entregué al empleado de Iberia mi maleta y el pasaje y me llevó a bordo. Fui el único pasajero que subió en San Juan. Los otros doce pasajeros eran venezolanos procedentes de Caracas. Un par de horas después me sirvieron la comida de mediodía. El empleado de Iberia me daba conversación a menudo. Ningún venezolano cambió palabras conmigo.

Aterrizamos al anochecer en el  aeropuerto de Santa María en Las Islas Azores, donde cenamos. Dormí a bordo. Despegamos temprano y llegamos a Madrid en la mañana del sábado. El tiempo era espléndido, una mañana soleada, sin nubes, con aire puro y ese cielo azul tan precioso que bauticé con el nombre de azul cielo de Madrid.

Los venezolanos  fueron recogidos por automóviles privados y fui llevado en un enorme autobús, único pasajero, a las oficinas de IBERIA  situadas en el Hotel Palace en la Plaza de Cánovas del Castillo, a pocos pasos de la fuente de Neptuno.

Tomé un taxi que me llevó al Colegio Mayor Hispanoamericano en la calle de Donoso Cortés, frente al Colegio de Los Escolapios. Pregunté por Fredy Borrás, jugador de baloncesto del Real Madrid con  quien tenía amistad. No estaba, pero otro jugador del mismo equipo, de apellido Becerra, me acompañó a encontrar hospedaje, que conseguimos en Hilarión Eslava, 22, cerca de la Casa de Las Flores, donde había vivido el poeta chileno Pablo Neruda.  Al mes siguiente me mudé a un piso en el que me abrió la puerta la mujer más bella que jamás he visto.

Visité al escritor y traductor Don Julio Gómez de la Serna, quien vivía en la calle  Antonio Acuña, cerca del Parque del Buen Retiro, para llevarle unos regalos que enviaban conmigo desde Mayagüez. Don Julio era hermano de Ramón Gómez de la Serna, inventor de Las Greguerías, exiliado en Buenos Aires. Don Julio me dijo: “estamos en octubre y dentro de dos semanas hará frío en Madrid; quiero que sepa que a partir de entonces soplará el viento del Guadarrama, que no apaga una vela pero mata una vida; acuda cuanto antes a un sastre que le provea de ropa interior de invierno y le haga un buen abrigo”. Aquel abrigo me duró toda la carrera.

El invierno de 1949 a 1950, fue uno de los peores que se recuerdan, pero gracias a aquella ropa interior de invierno y a aquel abrigo, no se me apagó la vida. Hice un magnífico primer año de medicina, pude salir con aquella Venus llamada Asunción, que me llevó al altar a mis veintidós años y me hizo padre a mis veintitrés. Terminé la carrera un año antes que los demás.

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