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Ronroneos

María Beatriz Muñoz Ruiz
Escritora y poetisa española. Directora y responsable de maquetación y diseño de la revista cultural One Stop. Cuenta con 14 novelas publicadas, todas las encuentras en Amazon. Colaboradora de varias revistas internacionales.
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La mañana estaba soleada y el cielo, despejado. Era muy temprano cuando me desperecé y decidí andar sin prisa hacia el patio. Era domingo y Luis seguía dormido, hoy no había despertador ni prisas de última hora. Cuando el calor comenzara a asomar subiría a despertarlo como todos los fines de semana, me acurrucaría junto a él y ronronearía hasta captar su atención. Me encantaban sus abrazos y sus besos, que protestara y que luego intentara echarme de la cama, porque sabía que segundos después tocaban las risas y los juegos. Pero aquella mañana ocurrió algo fuera de lo común. A pesar de ser domingo, el sonido del despertador me pilló por sorpresa y me asustó, subí rápidamente las escaleras y observé sorprendida cómo Luis se levantaba de un salto y comenzaba a arreglarse.

Sin saber qué había cambiado, me senté frente a la puerta del dormitorio y maullé extrañada.

 No sé si lo habíais deducido ya, pero soy una gata. Bueno, en realidad no soy una gata cualquiera, soy una gata bastante cara que le regaló a Luis un familiar, soy una gata de Bengala, es decir, cruce de gato doméstico con leopardo asiático y, por lo que dice el veterinario, mi peso es de siete kilos. Bueno, en realidad, lo que pretendía era impresionaros, pero básicamente soy una gata que adora tumbarse al sol, ama a su dueño y le encantan los múltiples juguetes que ocupan casi todo el salón. Me ha tocado vivir una vida plácida junto a un dueño perfecto, pero soy una gata de costumbres, y aquel cambio no me gustó en absoluto, así que mi siguiente maullido lo acompañé de un salto a la cama intentando llamar la atención de Luis.

―No, Melisa, hoy no puedo jugar, tengo una cita con la chica más maravillosa de la oficina, ¿te lo puedes creer? ¡Y se ha fijado en mí! ―dijo Luis corriendo por todo el dormitorio de un lado a otro como si llegara tarde a algún lado.

¿Cómo? No podía creer que Luis hubiese decidido elegir a esa otra chica en vez de a mí para pasar el domingo. Estaba indignada y bastante cabreada, además, ¡quién se había creído que era ella para dársela de superior con mi Luis! Él era alto, rubio, de ojos oscuros y pestañas espesas, es verdad que podría definirlo también como desordenado y algo desastroso, pero era guapísimo, divertido y maravilloso rascando la barriga. No podía dejar que se fuera con esa cualquiera, él era mío, sólo mío, yo llegué antes y no iba a permitirlo. No sé si los gatos pueden fruncir el entrecejo, pero yo fruncí el entrecejo mentalmente e intenté llevar a cabo algún tipo de plan improvisado y malvadamente manipulador para evitar que saliera. Puse mi cara más tierna, salté de la cama y me froté contra sus piernas ronroneando, pero no funcionó, así que pasé a mi plan B y le lancé mi pelotita de lana que estaba debajo de la cama junto a sus calcetines.

―Nooooo… no puedo hoy jugar contigo, tengo que irme, cuando vuelva jugaremos ―prometió Luis ignorándome.

No sabía qué hacer, pero algo debía pensar rápidamente antes de que se fuera, mi mente se quedó bloqueada, y eso es raro, ya que soy una gata muy lista, pero el pánico hizo que mis sentidos de alarma atrofiaran todos mis instintos de supervivencia. En aquel momento, Luis recibió un mensaje en el móvil y se puso más nervioso.

― ¡Oh, no! ¡Dice que está cerca y que se pasa a buscarme! ―exclamó Luis recogiendo las cosas de la casa e intentando que no pareciese tan desordenada.

Aunque creáis que los gatos no sonreímos, lo hacemos, y yo en aquel momento tenía una sonrisa maquiavélica acompañada de un brillo suspicaz en la mirada felina que tantas veces ha cautivado a Luis. Por cierto, debo apuntarme un tanto que me ha valido para demostrar a la lagarta esa que Luis es un desastre: mientras él iba recogiendo yo iba poniendo más cosas en medio.

Cuando el timbre sonó, la casa estaba más desordenada que cuando Luis comenzó a recogerla, se encontraba acalorado y no sabía si cerrar todas las puertas o salir a correr. Así que yo le di un pequeño empujoncito y lo ayudé a tomar una decisión haciendo que me regañara por coger unos cómics que tenía en la entrada.

El timbre volvió a sonar y, después de haber hablado, no tuvo más remedio que ir a abrir la puerta.

Nada más abrirla, mis preciosos ojos se detuvieron en unos afilados tacones negros y unas largas piernas que acompañaban a un rostro angelical adornado por la melena más dorada que jamás hubiera imaginado. No digo que fuera más guapa que yo, pero hay que reconocer que fea no era, así que tendría que ser muy lista para conseguir echarla de nuestras vidas. Sin esperar una invitación, salté a sus brazos ansiosa por demostrar que a aquella delicada mujer no le gustaban los gatos y, por lo tanto, Luis se vería obligado a elegir.

Pero mi gran sorpresa vino con su perfecta sonrisa y su delicada mano acariciando justo mi punto débil, la parte trasera de mis orejas. No sé de dónde salió el ronroneo, pero me odié por ello, y muy indignada volví a los brazos de Luis.

―Que preciosidad, no sabía que tenías gato ―dijo ella.

Gruñí y Luis carraspeó aclarando que era una gata y, mientras explicaba mi linaje elitista, me paseé delante de ella enseñando mi orgullo y demostrando que allí ella sobraba. Pero no funcionó, esa mujer siguió cautivando a mi Luis con la intención de apartarlo de mi lado, debía hacer algo y pronto. Salí a correr a la calle pretendiendo captar su atención y arrastrarlo tras de mí, pero en vez de ser Luis quien me perseguía escuché el tintineo ridículo de los tacones de ella. Al mirar atrás me distraje y una potente luz me cegó volviéndose al instante toda oscuridad. Al principio pensé que me había transformado en un ave, algo así como las mariposas, pero después vi mi cuerpo allí en el asfalto junto al de la mujer, Luis lloraba en medio de ambos cuerpos y, al mirar hacia arriba, comprendí que ella había desaparecido ya. No sé cómo pude hacerlo, no entiendo aún cómo sucedió, quizás mi amor a Luis traspasaba toda lógica, pero mi alma voló hacia mi cuerpo y justo antes de volver a meterme dentro de esa gata orgullosa comprendí que habría más mujeres como aquella y que alguna conseguiría apartarme, por lo que mi alma miró fijamente el cuerpo de la chica y se introdujo dentro de ella, aunque fuera de toda lógica.

― ¿Clara? ―preguntó Luis al ver los párpados de ella aletear en sus mejillas.

El resto lo recuerdo algo borroso, estuve en el hospital bastante tiempo y Luis estuvo junto a mí en todo momento. Cuando me recuperé comenzamos a salir juntos y nuestra relación duró años, pero al final no resultó ser tan divertido convertirme en humana, se acabó mi independencia, dormir cuando me apeteciese y tumbarme al sol sin nada más que hacer. Mi vida giraba en torno a Luis, pero este un buen día me dijo que necesitaba su espacio y todo terminó. Había renunciado a mi vida por él y él sin embargo echaba de menos a su gata, situación que me resultó bastante graciosa. Luis iba a desaparecer de mi vida y cuando le grité desesperada que su gata era yo ―su reacción debería haberla supuesto― se echó a reír y me dijo que jamás podría sustituir a su gata, que ella jamás lo habría acosado ni habría sido tan vanidosa como lo era yo. Entonces la que se echó a reír fui yo, ningún amo conoce realmente a sus mascotas, ni las mascotas deberían pretender ser quienes no son. Mi historia con Luis terminó allí, y una gata de esa estirpe no iba a suplicar, por lo que levanté mi cabeza orgullosa y lo dejé allí plantado.

― ¿Melisa? ―lo escuché preguntar cuando casi llegaba a la puerta del patio para desaparecer de su vida.

―Miau… ―dije mirándolo con picaresca y desapareciendo de su vista con andares elegantes y sinuosos como la gata sensual, elitista y orgullosa que era y que siempre sería

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