La salida de un Gran Premio de F1 es como el despegue de un avión: el momento más peligroso. Y si en la parrilla actual hay alguien estigmatizado por el número de accidentes sufridos en la salida de un Gran Premio ese es sin duda Romain Grosjean.

Roman Grosjean que estaba ante su teórica penúltima carrera en el Gran Circo de la F1 ha sufrido hoy en el Gran Premio de Bahrein el accidente más espectacular de la era moderna, no sólo el fuego insólito e instantáneo como si se estuviese encendiendo una cerilla gigante, sino que se haya roto el bólido por la mitad… como un panecillo.

Grosjean está vivo de milagro, porque el halo que protegía su cabeza ha resistido, pero aún así podría haber muerto con facilidad.

En la prensa francesa aseguran que el piloto galo ya no se subirá jamás, nunca, a un F1. Para el Gran Premio de la semana que viene no hay tiempo, y para dentro de tres semanas las quemaduras aún no habrán cicatrizado plenamente.

Pero sobre todo es la pesadilla, en milésimas de segundo soportar un golpe intolerable, estar entre llamas sin ver nada, bracear como un niño que se quiere despertar, escapar sin pensar -por puro instinto- del fragmento del coche en llamas, el salto desde lo alto de la valla y las piernas fallando, negándose a sostenerle.

No volverá. Grosjean no volverá.

Y hoy la F1 nos ha recordado que es algo más que un juego de Scalectrix, como parece al verla -con tanta estabilidad y precisión que ni se notan las vibraciones- en las pantallas de televisión.

Han hurtado las imágenes a los espectadores, para teóricamente protegerlos, pero como sabía muy bien Ridley Scott, y demostró en Alien, la imaginación siempre es más aterradora que la realidad.

Tigre tigre

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