Albert Rivera no sabía dónde meterse en el escenario de la Plaza de Colón mientras las rojigualdas flameaban y miles de gargantas enfervorecidas coreaban el grito de “Sánchez traidor”. El líder de Ciudadanos miraba a un lado y a otro, se hacía el sueco, se apartaba a un rincón y se ponía de perfil o se escondía detrás de otras cabezas tratando de hacer mutis por el foro. Y todo para no salir en la fotografía maldita junto a Santiago Abascal, que por un momento se sintió ya Caudillo de España por la gracia de Dios. Curiosa y extraña relación la que se llevan las derechas del “trifachito”. Pactan y llegan a acuerdos de gobierno pero huyen unos de otros como de la peste.

Ayer, por lo visto, se trataba de demostrar el pedigrí de patriota pero sin mezclarse demasiado con Vox, que es como una especie de gripe española verde, contagiosa y letal. Por eso Rivera se escabullía por el escenario tratando de que los fotógrafos de medio mundo no captaran la instantánea del morbo. Al final, por mucho que intentó camuflarse entre el gentío, no pudo evitar la imagen demoledora que quedará para la historia: Casado, Abascal y él juntos para siempre. En realidad, era algo inevitable que se veía venir. Ni el hombre invisible hubiese podido impedir que esa foto se hiciese. Ni camuflado con el disfraz de palmera de Mortadelo hubiese podido Rivera evitar el lienzo goyesco de las derechas para la posteridad. A fin de cuentas, la plaza de Colón es grande pero no infinita y si dos personas se citan en el mismo lugar y a la misma hora lo normal es que se tropiecen en algún momento del día. Rivera podía haberse hecho el despistado al pasar ante Abascal, fingir que no lo veía, hacerle la cobra, pero hubiese sido inútil. El líder de Vox había ido allí para hacerse esa foto como patrón único de la confederación de derechas españolas y un naranjito centrista con poca sangre no iba a estropearle su momento de gloria. Abascal parece el típico tipo persistente al que si uno le da la mano una vez ya no puede quitárselo de encima jamás. Ahora a cargar con el mochuelo. Este ultra te lo comes tú, Albert, aunque sea duro de roer.

Pero mientras Rivera trataba de evitar a toda costa el selfie contaminado con Abascal –consciente de que Macron, su modelo y mentor político lo estaría vigilando atentamente por la televisión–, Manuel Valls decía que él no subía al escenario ni loco si se trataba de saludar a alguien que pretende reconquistar España a caballo y devolvernos a los tiempos de los Reyes Godos. Normal, Valls tiene un caché, no se junta con cualquiera y mucho menos con un señor que se cree Don Pelayo. Minutos después, Ortega Smith ponía a caldo al político francés en la televisión y lo invitaba a irse por donde había venido, o sea a tomar viento por los Pirineos, porque un español no necesita que ningún franchute venga a darle lecciones de política ni de nada. Así es la ideología Pajares y Esteso de Vox, el landismo como programa político que la formación verde pretende recuperar del antiguo régimen para volver a las esencias patrias.

De modo que mientras Rivera posaba junto a Abascal, Valls se lo pensaba dos veces y aplicaba el cordón sanitario para no contagiarse con el virus verdoso. Hoy los analistas se preguntan si no será que en Ciudadanos también existen dos caras, dos personalidades, dos almas, como en todo partido que se precie. En el PP están los aznaristas y los marianistas; en el PSOE los sanchistas y los barones; y en Podemos también cuecen habas, aunque son más de personalidad múltiple, con los pablistas, los errejonistas, los anticapis y otras neurosis de la izquierda cainita. Ciudadanos no iba a ser menos y ya suenan tambores bélicos en el seno del partido. La Naranja Mecánica, o más bien la Veleta Naranja, como suele decir Abascal, empieza a chirriar en algunos de sus engranajes y mientras Rivera asume como un mal menor ir de la mano de los extremistas, el ala afrancesada de Valls (siempre la France civilizada) se horroriza ante esa foto.

De lo de ayer nos queda el susto de ver tanto ultra junto, la imagen decadente de un gigante de las letras como Vargas Llosa bajo la escombrera del fanatismo y la zafiedad, como un busto romano sepultado entre una masa que nunca leyó sus libros ni ningún libro, y la evidencia de que en Ciudadanos no todo es unidad y armonía en la supuesta victoriosa marcha hacia la Moncloa.

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