Todo preparado para el sorprendente retorno de Albert Rivera. El hombre que por un momento se vio presidente del Gobierno para gobernar sobre rojos y azules y que protagonizó el descalabro más sonado de un partido en la democracia española prepara un foro de debate por Internet. Se trata de una modalidad de comunicación que los expertos informáticos conocen como un “webinar”, un palabro que algunos académicos de la lengua ya han sancionado como delictivo, aconsejando que sea sustituido por “seminario o taller web”.

Los analistas andan estrujándose los sesos para averiguar si detrás de este movimiento de Rivera −que anunció su abandono definitivo de la política para dedicarse a la abogacía y a ser un buen padre de familia−, hay un intento serio por retornar a la política con todas las de la ley o solo un entretenimiento para pasar el rato como influencer, experto en tutoriales de Youtube o gurú de las redes sociales. En el primer supuesto hipotético, el exlíder de Ciudadanos lo tendría más bien complicado, ya que hay una máxima en política que se cumple siempre y que dice que cuando un ídolo ha caído −aunque se trate de un ídolo con pies de barro−, resulta casi imposible volver a levantarlo (salvo casos excepcionales, Napoleón y cuatro más). Rivera tuvo su momento pero de golpe y porrazo se encontró con más de 4 millones de votos, 57 escaños y un partido en la cresta de la ola. No supo qué hacer con semejante capitalazo. Le pudo el miedo escénico, más teniendo en cuenta que su proyecto era un folio en blanco, todo lo más una bisagra que nació oxidada.

La cuestión es que, de una forma o de otra, el hombre desperdició todo aquel inmenso caudal político, se vio superado por las expectativas y por las circunstancias (la historia siempre llega para medir la talla de un líder político) y en lugar de arrimarse a Arrimadas –una mujer con mucho más talento y preparación que él– terminó acercándose a Pablo Casado y lo que fue todavía peor: a Vox. Hoy la nueva líder de Ciudadanos está gestionando la miseria de legado, los diez diputados en el Congreso, con bastante más habilidad e inteligencia que su exjefe. Su apoyo a la cuarta prórroga del estado de alarma (un aval al Gobierno en su intento por salvar la mayor cantidad posible de vidas humanas durante la pandemia de coronavirus) fue una jugada maestra de gran estadista (aunque obviamente habrá que esperar para ver si su giro al centro ha sido por vocación o por pura desesperación ante la tragedia que vive el partido). De cualquier modo llama la atención que la reaparición del espectro Rivera se produzca precisamente ahora, cuando Arrimadas está sufriendo las mayores presiones y las críticas más crudas y amargas por su cheque en blanco al Gobierno. A la mujer le están lloviendo chuzos de punta de todos los sectores, de los aznaristas de Casado, de Santiago Abascal, del mundo empresarial y de la banca y hasta del sector duro de su propio partido. ¿Es Rivera un factor de presión más para que Ciudadanos no vire excesivamente hacia el centro y la moderación? Habrá que esperar para verlo.

Con todo, si lo que pretende Rivera es ir a la busca del tiempo perdido lo tiene difícil. Al igual que aquel joven hipersensible del novelón de Proust que quería ser escritor, el exlíder naranja sigue insistiendo en ser un buen político, un referente de algo, aunque sea de los últimos groupies y milenials que le quedan ya en Youtube. Rivera moja la magdalena cada mañana y suspira por aquellos años gloriosos que ya no volverán jamás. Ocurre que el fracaso en política es un pecado imperdonable, el tiempo jamás se recupera, y mucho más si la caída en desgracia vino por un cálculo desastroso, una estrategia errónea o unas decisiones descabelladas. Fue el maestro Charles Dickens quien dijo aquello de que cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender y esa es la lección que debe sacar en claro el exlíder de Cs: que esto de la política no es lo suyo, que tuvo su oportunidad y la dejó escapar, como en la canción de Los Secretos, aunque seguramente será un buen abogado y un buen padre de familia, lo cual no es poco. Criar a un hijo es una aventura mucho más apasionante que alcanzar el poder y Rivera debería conformarse con eso.

En las próximas horas veremos volver a los ruedos políticos al hombre que desoyó todos los consejos del Financial Times y de la Internacional Liberal para que no pactara con la extrema derecha. “Más allá de este miércoles, seguiremos aportando ideas, organizando acciones y trabajando juntos si os apetece. Bienvenidos a esta gran familia de este canal de Telegram que en menos de 24 horas ya había apuntadas más de 1.500 personas”, ha dicho a sus seguidores en un vídeo casero y algo cutre realizado por él mismo con el que pretende lanzar su “webinar”, ese engendro de palabra. Por mucho que sienta el mono de la política −el gusanillo siempre termina dando el picotazo en el estómago, como a esos exfumadores que nunca se curan− la marca Rivera es pura nostalgia, como un coche de época. ¿Estará pensando en dar el salto a Vox? 

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