Pocas firmas tan importantes para la literatura estadounidense del pasado siglo XX como la de Richard Stern, tan decisiva como discreta y casi desconocida. Un mito literario consagrado de su país que sí adquirió relevancia planetaria, Philip Roth, resumió a la perfección en una sola frase toda la grandeza de Stern y de su novela de cabecera, Las hijas de otros hombres, publicada ahora por Siruela en español.

“A su feliz pequeña escala, Las hijas de otros hombres fue a la década de los sesenta lo que El gran Gatsby a los años veinte o Las uvas de la ira a los treinta. Hay mucho que admirar en ella: la precisión, el tacto, la humanidad del sentimiento, su tremendo encanto… Es como si Chéjov hubiese escrito Lolita”. Poco más se puede añadir a esta maravillosa y contundente crítica del autor de El lamento de Portnoy.

El neoyorquino Richard Stern sirvió de ejemplo para plumas señeras posteriores de su país como John Cheever, Bernard Malamud, Saul Bellow, Joan Didion o Flannery O’Connor. El autor de Las hijas de otros hombres, publicada por primera vez en 1973, no era un literato desconocido surgido de la nada que impartía clases en la Universidad de Chicago mientras se codeaba con amigos de la talla de Borges, Beckett o Pound. Stern se dio a conocer en 1960 con la primera de sus ocho novelas, Golk. En su dilatada trayectoria literaria, también publicó cuatro colecciones de relatos breves y tres libros de ensayo, pero siempre quedará ya registrado para la posteridad como otro de esos pocos autores que quedan elevados al Olimpo de los elegidos por una sola obra, en su caso la citada Las hijas de otros hombres.

Un profesor cuarentón, el señor Merriwether, miembro de una familia “serena e ideal” en los tumultuosos años sesenta en Estados Unidos, se ve envuelto en la vorágine jipi de la época y deja el mullido y confortable cojín familiar para embarcarse en un sorprendente e imprevisible romance con una alumna veinte años más joven.

Philip Roth, admirador de esta novela, aseguró: “Es como si Chéjov hubiese escrito Lolita

El amor y la pasión amorosa a examen de la mano de un autor en estado de gracia, que escribió esta novela en un momento de eclosión social que claramente facilitaba la ebullición creativa. El señor Merriwether pensaba del amor: “Cuántos millares de sentimientos escondía aquella palabra famosa y petrificada, el origen de tanta historia y desorden”.

Desde la presentación inicial del protagonista y el entorno familiar en el que convive, Stern muestra un saber hacer digno de pocos maestros, mientras va abonando inteligentemente el terreno para lo que estaría por llegar, su encuentro con una joven estudiante veinteañera, alumna suya, inteligente y de clase acomodada, con inquietudes por conocer de primera mano los cambios convulsos que vivía la sociedad estadounidense en aquellos años.

Junto a ella llegara el completo desmoronamiento de su cómoda y mullida vida familiar junto a sus cuatro hijos y su esposa, “aquella personita enérgica y robusta con cabeza de camafeo”. Stern saca el bisturí y detalla los pasos que llevan a una persona a adentrarse en arenas movedizas movido únicamente por el afán de entrar en los desconocido y peligroso, esa curiosidad que el refrán asegura que mató al gato. Algo parecido retrata genialmente Richard Stern en Las hijas de otros hombres.

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