Hubo un tiempo en que Ricardo Costa era uno de los hombres fuertes de aquel PP valenciano que lo controlaba todo con sus mayorías absolutas y su poder omnímodo. Su Infiniti de alta gama, sus ademanes educados y su elegancia en el vestir, su estilo algo envarado y su acento refinado eran la envidia de todo aquel que soñaba con ser como “Ric” algún día. Pero llegaron los años de las vacas flacas, la crisis, la ruina de todo. El Partido Popular colapsó en un ‘big crunch’ de corrupción de tal intensidad que a su lado la bomba de Hiroshima no fue más que un simple petardo de Fallas. Muchos grandes prebostes del partido sucumbieron en las redes y escuchas telefónicas de la UCO y empezó el desfile en el juzgado. A él también le cayó la pasma encima. Pero mientras sus compañeros decidían contratar a los abogados más caros para dilatar la causa, mentir, ocultar pruebas y negarlo todo, él decidió seguir una estrategia totalmente distinta: la del arrepentido ansioso por colaborar con la Justicia.

Hoy esa táctica del ex secretario general del PP valenciano parece que le ha dado buenos resultados. Podrá eludir la condena de cuatro años de prisión dictada por la Audiencia Nacional en la causa de la financiación ilegal de su partido a cambio de una multa de 192.000 euros y 365 horas de trabajo comunitario. Y todo gracias a su colaboración con los jueces, que ha permitido esclarecer algunas piezas del caso Gürtel y de la presunta caja b del PP.

Aún no sabemos en qué consistirán esos trabajos comunitarios que Ric tendrá que realizar en beneficio de la sociedad. Costa nunca brilló en nada que no fuera la política y abogados economistas como él los hay a patadas. Quizá sería un buen maestro para un taller de protocolo, dicción y buenos modales, pero eso estaría por ver. De momento, el magistrado de la Audiencia Nacional José María Vázquez Honrubia ha concluido que esa multa y esa redención con la comunidad es lo que le toca a un hombre como Costa que ha colaborado “de una manera excepcional” con la Justicia “para atajar la lacra de la denominada corrupción política o de los políticos”.

“Por tanto, sí puede considerarse que esta relevante y continuada colaboración efectiva con la Justicia puede y debe enmarcarse en el principio esencial de reparación del daño, pues toda esta colaboración supone una disminución del resultado antijurídico del delito, es una forma de reparación del daño en cuanto procura una restitución del orden jurídico perturbado, restaurando la confianza en dicho orden”, concluye el magistrado.

La estrategia de Costa de tirar de la manta quedó al descubierto durante las sesiones del juicio en la Audiencia, donde confesó que el PP valenciano se había financiado con dinero negro y apuntó directamente a su jefe, el presidente de la Generalitat, quien supuestamente lo supo todo desde el principio y no hizo nada para evitarlo. “Francisco Camps ordenó trabajar con la Gürtel”, declaró con rotundidad ante la sorpresa de los asistentes.

Tras el juicio, Costa fue condenado a cuatro años de prisión por un delito continuado de falsedad documental por la financiación irregular de las campañas electorales del PP valenciano de los años 2007 y 2008. El magistrado ya tuvo en cuenta el atenuante de confesión para imponerle esa pena, si bien ahora, ante la petición de la defensa, ha optado por librarle de la cárcel.

“Ha seguido colaborando con la Fiscalía y órganos judiciales cuando menos en tres procedimientos de análoga significación delictiva seguidos en Valencia”, escribe el magistrado en su resolución aludiendo a casos como la construcción del circuito urbano de Fórmula I y el “caso Imelsa”.

Eso sí, tras argumentar que los delitos que cometió Ric pudieron provocar “alarma social” y afectaron a “intereses generales constitucionalmente protegidos”, el juez está de acuerdo con la Fiscalía en que la suspensión de la condena de prisión se vea condicionada a la multa y a los trabajos comunitarios para evitar que se pueda “trasladar al condenado una indeseable sensación de impunidad”. Costa puede respirar tranquilo por fin. No irá a la cárcel, que es tanto como irse de rositas. Pero cuidado, que más de uno en la “familia” ya lo considera un delator.

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