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Revueltas en Cádiz, prende la mecha del descontento social

La huelga en Navantia evidencia el malestar en la calle que Sánchez no logra apaciguar

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Ya no son las encuestas y sondeos que dan ventaja al bloque de las derechas, es que el descontento social está en la calle. La huelga indefinida del metal en Cádiz, a la que están llamados más de 27.000 trabajadores, promete ser un serio toque de atención para Moncloa. La jornada de protesta ha arrancado con barricadas, cortes de tráfico y revolucionarias hogueras a las puertas de Navantia, Dragados y Airbus. Un incendio en toda regla. Una movida.

Esto ya no son los cuatro nazis tronados promoviendo la razia contra los gais de Chueca; esto ya no es la mascarada de los cayetanos de Ayuso protestando infantilmente contra las medidas sanitarias en pandemia; esto ya no es Cataluña revolviéndose contra la España centralista que no la escucha. Esto es la gente, el obreraje, el pueblo que ya no aguanta más socialismo líquido, ni más izquierda de mercadotecnia, ni más falsa progresía posmoderna y de diseño. Y, sobre todo, es la resaca de una cruenta reforma laboral, la de Rajoy, que el Gobierno no se atreve a derogar.

Hoy, justo cuando Sánchez saca pecho de su acuerdillo con los sindicatos para parchear las pensiones (dejando aparte a la patronal), va y le estalla una revolución en los muelles sureños de España. Una lástima. Haría bien el presidente en no perder de vista la explosión de indignación popular porque en este país los incendios históricos y políticos suelen empezar por Cádiz. En Cádiz se refugiaron los liberales para escapar del absolutismo y del francés y aquello terminó con La Pepa gloriosa, con la victoria en la guerra de la Independencia y con Napoleón de vuelta en París con el sable entre las piernas. Si fue el pequeño dictador corso quien dijo aquello de que “cuando China despierte, el mundo temblará”, la misma sentencia valdría para Cádiz. Sánchez, como buen bonapartista que es, debería temerle a este sismo bajo riesgo de acabar derrotado también en su particular isla de Santa Elena.

Cualquier gobernante español tiene que tener mucho ojo con lo que ocurre en Cádiz porque hoy son los compañeros del metal y de los astilleros los que se levantan pero mañana serán los pescadores, los marineros y los ácratas rapsodas de las chirigotas, los más peligrosos de todos, consumándose así la gran revuelta nacional. Cádiz puede ser el gran carnaval de luz y color, la fiesta, la alegría y el humor, el jardín de las delicias con manzanilla y pescaíto frito, pero también el infierno de El Bosco del sanchismo. Un día el proletariado de Cádiz, de natural noble, amable y pacífico, baila, bebe y canta coplas y seguidillas conformes con lo poco que tienen, pero en cualquier momento, cuando la paciencia se colme, cuando el monstruo del paro se agigante, cuando crujan las tripas y cunda la rabia, estallará la insurrección popular. Así que mucho cuidado con Cádiz, tierra de arte, humor fino y retranca, pero también tierra de pólvora y fuego.

Hace demasiado tiempo que esta provincia duerme el sueño del abandono y la miseria. Uno de cada cuatro gaditanos no tiene trabajo y vive de la economía sumergida, del trapicheo, de lo que va saliendo. El oficio de jornalero ya no lo quiere nadie, los señoritos conservan sus privilegios (hasta la familia Alba está encantada con Sánchez), la droga sigue entrando a espuertas por Algeciras, la escuela pública fracasa, los inmigrantes vagabundean sin oficio ni beneficio y los llanitos del Peñón se mofan al otro lado de la verja. Aquello es un polvorín humano que puede estallar en cualquier momento (quizá ya lo haya hecho), una preciosa mina de ira para el populismo demagógico del nuevo fascismo abascaliano. A la abnegada y honrada gente de Cádiz ya no le valen las rentas vitales que nunca llegan (dicen que se retrasan por el atasco burocrático, no hay quien se lo crea). A los gaditanos cada vez les cuesta más trabajo creer en las promesas del sanchismo que rara vez se cumplen. A aquellos supervivientes de la España sabia y milenaria ya no les sirve el cuento utópico de la falsa reconversión industrial y de un Estado de bienestar que estará en otra parte porque allí, en los extrarradios portuarios de España, solo se ven olivares secos, astilleros abandonados y guetos rurales y urbanos. Antes al menos quedaba la esperanza sevillana de Marinaleda y la utopía del comunismo posibilista de Sánchez Gordillo, pero ya ni eso.

La barricada vuelve a arder en la Andalucía secularmente olvidada. Obreros encapuchados le aguan a Sánchez su fiesta de las pensiones parcheadas. El fuego de Cádiz prende con fuerza. No es la extrema derecha, qué va, es el viento del pueblo. Son los marineros en tierra de nadie de Alberti que se rebelan contra su mala suerte y un señor que vive en un castillo, allá lejos en la Meseta, que ni los entiende ni se acuerda de ellos.

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3 Comentarios

    • Tiene usted toda la razon,Jaume,los empresarios no tienen patria ni entienden de nacionalidades.Airbus se puede ir a donde quiera,lo mismo que han hecho esas casi 8000(ocho mil)empresas que desde octubre han dejado Cataluña para irse casi la mitad a Madrid,territorio enemigo.
      ¿Queriamos economina de libre mercado,es decir Capitalismo?Pues es lo que hay.

  1. Conozco el género y no hay peligro de que nadie pierda su trabajo porque todo en este sector es tan improbo como ocasional en un mundo de peonadas, contratos muy eventuales y en riesgo de desaparición. Siempre, hasta los contratos que abren las fábricas están en el alero, y si no que les pregunten a los del astillero Elcano de Sevilla o a los astilleros de Huelva en que queda de la gran cartera de pedidos, tan inagotable que un día anunciaban. Fíjense todas y todos en este sector, cualquier iniciativa susceptible de traer cambios positivos para el sector obrero sin duda estará encabezado por gremios del metal, quienes presentarán batalla hasta el final, contra PP, PSOE o su Puta Madre, pués están hasta los cojones de esta panda de burgueses falsos e hijos de las más grandes rameras. Pregunten ustedes a Unai o a Álvarez a quien deben su fuerza, aunque siempre miren para otro lado sino recuerdan siquiera en color de su caja de herramientas.
    Estamos con vós, rapaces.

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