Aunque pueda parecerlo, no voy a hacer un análisis sobre lo que ocurre en Cataluñaa. Ni puedo ni debo. Ni tampoco creo que aportara mucho más después de los ríos de tinta y las horas de emisión que llevamos a cuestas. Y lo que te rondaré, morena.

Pero no pretendía hablar de ello, sino de lo que sucede entre quienes no estamos allí, entre quienes armados y pertrechados de un teléfono móvil o una tableta se creen en posesión de la verdad y actúan como dueños y señores de la misma.

Hablo de los grupos de whatsapp y redes sociales que todo el mundo tiene. Esos grupos de madres y padres del colegio, de compañeros que fueron juntos al instituto hace tropemil años, del gimnasio, del trabajo y hasta del grupo de campeonato de parchís o de la asociación de coros y danzas a la que una pertenezca. Me refiero a gente que no tiene más cosas en común que ese nexo de unión en concreto, y cuyas ideologías pueden estar tan lejanas entre sí como la Tierra de Platón.

Pues bien, siempre hay alguien en esos grupos que enciende la cerilla. Coge su bandera de la verdad absoluta y afirma –o más bien ordena- que hay que ponerse en el perfil de whatsapp tal o cual bandera, y hay que colgarla en el balcón, y hay que pasar a todo el mundo tal o cual mensaje que ha dicho un escritor, un político o una directora de cine y que luego resultan no haber dicho. O compartir unas fotos que luego resultan estar retocadas o ser de otro momento o lugar. Tanto da, porque cuando se descubre la superchería ya a nadie le importa. La mecha ya ha prendido.

La dinámica es clara. Alguien sienta cátedra con su opinión. Entonces otro alguien, cuya opinión es coincidente, le refuerza y empieza el desfile de bromas, chistes y burlas, mensajes con la consigna de “pásalo” y exhortaciones a acciones colectivas de todo tipo. Nadie pregunta qué opinan los demás, nadie se plantea que alguien pueda pensar de otra manera o que, simplemente, no quiera compartir en ese grupo otra cosa que los deberes del cole de los críos, la próxima clase de spinning, los recuerdos del instituto, el reparto de trabajo o las fotos del campeonato de parchís o de la exhibición de bailes regionales.

Obviamente, hay grupos y grupos. Si se trata de personas cuyo nexo es una determinada ideología, iniciativas de activismo, la pertenencia a un sindicato o a un partido o grupo político, es otro cantar. Pero eso ni siquiera hace falta decirlo, cae por su propio peso.

Y también hay otros grupos, escasos por desgracia, donde se puede hablar desde distintas perspectivas, y la gente respeta lo que piensan los demás, y se enriquece con ello. Pero en estos momentos he descubierto que, por desgracia, son un islote aislado en un enorme archipiélago y hay que preservarlos como un bien escaso. Que casi merecerían la declaración de especie en vías de extinción o de patrimonio de la humanidad.

Tal vez solo sea que yo soy rara, o demasiado celosa de mi intimidad. O tal vez peque de precavida. Pero ni me gusta manifestar mis opiniones cuando carezco de confianza para hacerlo, ni me gusta que las manifiesten ante mí personas a las que no se lo he preguntado. Ni mucho menos que me las impongan como si se tratasen de verdades universales. Porque la cosa llega hasta el punto que un abandono o bloqueo del grupo en cuestión se interpreta como una adhesión al otro bando, al de los engañados porque no han sido tocados con la varita mágica de la razón absoluta.

Por eso, y aunque no creo que nadie me haga el menor caso, me arriesgo a hacer un llmamiento a la reflexión. O, ya que estamos, dos. Pensemos con quién hablamos y si es el foro adecuado para soltar soflamas. Y pensemos también que hay una diferencia entre hablar y hacer monólogos, entre debatir y pontificar, entre razonar e imponer. Difícilmente se puede apelar al diálogo si no somos capaces de mantener uno en un grupo reducido de personas.

La situación es difícil, pero no hace falta echar más leña al fuego, que ya vamos aviados con lo que tenemos, y con lo que nos queda.

Por eso, no querría acabar estas líneas sin dar las gracias a todos aquellos que de verdad me enriquecen con el diálogo y la reflexión y, sobre todo, con su respeto. Seguro que saben muy bien de quiénes hablo.

Y, como diría una buena amiga, no encendamos una cerilla en redes sin ser conscientes de que puede causar un incendio. Porque luego no hay bombero que lo apague.

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