Mariano es un tipo hosco, irascible, torvo y hasta desagradable. Un desaborío y de malafollá que dirían en el sur. Un tipo incapaz de hacer un solo favor a nadie si no hay interés de por medio. Un mal ciudadano que solo tiene derechos y ningún deber. Un caradura que es capaz de robarle el trozo de pan a quién sin él se muere de hambre. Un perfecto caballero español, de patillas anchas, pelo peinado a raya, traje y corbata los domingos, amigo de no faltar a misa ningún día de los que el cura celebra, pero nada temeroso de dios.

No hace ni siquiera dos veranos que Mariano, en uno de esos paseos que el da por la villa, no como los demás por el gusto de pasear, por ver como crecen los trigos o si las cebadas granan, por la pasión de oír cantar a los pájaros, de ver correr las libres, de envolverse en una fotografía en la que los corzos pastan en medio de los girasoles recién nacidos, o de enfadarse porque se comen los brotes, acercándose a la orilla de un arroyo, observó que Eutropio había dejado una pequeña bomba de agua a gasolina, con la que todas las tardes regaba los veinte surcos de patatas, las tomateras, los pimentales, las matas de calabacín y un cuarterón de matas de fresa. Para Eutropio, un pobre tullido que depende de su burra para desplazarse y para el que regar con la bomba el medio celemín de huerta es mayor proeza que para la NASA alcanzar la órbita lunar, llevar y traer todos los días el cacharro supone un esfuerzo enorme e inútil. Por eso, desde que llegaba junio hasta casi finalizado septiembre, dejaba el motor asentado en su asidero, en el arroyo. Nunca hubo problema de robo alguno. Nadie, en su sano juicio y que conozca a Eutropio le robaría lo que le da el sustento. Nadie salvo Mariano, cuyos escrúpulos se fueron de vacaciones cuando cumplió los siete años y aún andan por ahí dando tumbos.

Ahora hará como un lustro que al pobre Quirino se le murieron, nadie sabe por qué, de la noche a la mañana, los dos mulos con los que el buen hombre aún se ganaba el pan arando majuelos, bajando pinos del Peñascal o labrando pequeñas huertas, como la de Eutropio, en las que es imposible meter un tractor. Cuando eso sucedió, toda la vecindad se volcó en ayuda de Quirino, cada uno con lo que pudo hasta juntar lo suficiente para que éste se hiciera con otro mulo con el que salir adelante. Mariano no solo no participó,  sino que, además, le recriminó al pobre Quirino que llorara como una mujer para dar pena a sus vecinos en lugar de ser un hombre y afrontar con dignidad lo que dios nuestro señor le había puesto como prueba.

Hoy es fiesta en Sorroval. Vecinos y veraneantes disfrutan de la fresca que por fin ha llegado tras un inusual sofocante día de junio. Bartolo, el de los aceituneros, tiene una decena de amigos de la universidad a cenar en la bodega. La inexperiencia y la inconsciencia le ha hecho que, en lugar de hacer fuego con los manojos puestos en horizontal, lo haya hecho con ellos puestos en forma de tipi indio. La construcción antigua de la bodega, situada bajo lo que fue la casa del abuelo, ha hecho que las llamas alcancen un travesaño que se sostiene con el muro de la chimenea. Este ha prendido como una yesca. De ahí al suelo del primer piso de la casa y después al resto del edificio. Los vecinos, llamados a emergencia a través de las campanas de la iglesia, se han puesto todos a colaborar en la extinción del incendio. Unos con cubos, otros buscando las mangueras en el ayuntamiento e intentando embocarlas en la bocas de incendio nunca utilizadas. Alguno ha llamado a los bomberos de la capital. Mariano, observa el trajín de los vecinos, sentado cómodamente en el poyo de la puerta de su casa, con una sonrisa entre los labios. Está harto de la guerra que dan los de la capital que no le dejan descansar. Su casa es paredaña a la bodega de los aceituneros y sin embargo una voz interior está diciendo “¡que se jodan!” mientras ríe en su interior. “Así dejarán de dar por culo”. Alguno de los vecinos le han echado en cara que esté en la puerta observando, sin hacer nada, mientras el edificio aledaño se consume bajo el fuego.

Cuando llegan los bomberos, a Mariano le ha mudado la cara. Ahora corre hacia sus vecinos suplicando ayuda. Su casa ha empezado también a arder. El suelo del primer piso es común en ambos edificios. Sus vecinos, exhaustos por los centenares de cubos que han acarreado desde el pilón (nadie ha sido capaz de embocar las mangueras) hacen lo que pueden por sofocar un incendio que, de levantarse el cierzo, acabará con medio pueblo.

Finalmente los bomberos logran contener el incendio. Mariano les increpa porque, según él, no hacen nada por apagar el fuego de su casa. Están echando el agua en un pajar aledaño. No entiende que un pajar sea prioritario a su casa. Pero los bomberos saben que no pueden hacer nada por el edifico en llamas. solo impedir que el fuego se expanda.

 

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Renacimiento o continuidad

 

Decía la gran Rosa María Artal en este artículo que «La más terrible consecuencia para la comunidad que ha traído la pandemia del coronavirus es la deshumanización, hija de haber considerado el egoísmo motor de la sociedad». Y también el rayo de esperanza de que tras la peste del siglo XIV vino el Renacimiento, volver a nacer tras la muerte y el oscurantismo.

La deshumanización no es consecuencia, sin embargo de esta pandemia vírica, sino fruto de un sistema que precisamente por su insistencia en lo individual, en el egoísmo, en la insolidaridad, en la falta de empatía con los congéneres, en poner por delante cualquier cosa que tenga que ver con la economía, sobre las personas, sobre sus derechos (entre los que está el de la salud) yo vengo llamando hijoputismo. Y precisamente por ello, porque ese hijoputismo despiadado se ha colado en las entrañas del pensamiento soy pesimista. Esto no se cura de la noche a la mañana. Y lo que es peor, vistas la actitudes de un pueblo incívico, que pasa de cumplir normativas, que se cree más listo que nadie, que ataca a los Técnicos en lugar de a los responsables políticos que son los que toman las decisiones, vistas las aptitudes intrínsecas al genoma humano español, la picaresca, ojalá me equivoque pero creo que pasada la pandemia, muchos creerán que todo ha sido un amargo sueño y seguirán a lo suyo, que no es precisamente lo nuestro, que no es precisamente lo que nos conviene y que deberíamos cambiar para convertir este sistema de mierda que se acaba cebando siempre con los más débiles, en un sistema de justicia social en el que lo público prime sobre lo privado, en el que las personas estén antes que la economía, en el que la sociedad esté por encima del individualismo.

No hay nada más humano que el miedo. El miedo nos previene del desastre por lo desconocido. Este sistema de hijoputismo inocula su virus de individualismo a través de ese medio. Miedo a un posible cambio inoculado a golpe de titular de prensa sobre ciertas personas, sin ningún dato científico y a base de manipulaciones para que, primero no te fíes de ellas y segundo encuentres el antídoto perfecto al miedo: los culpables asignados. Durante siglos, los culpables de los desastres sociales eran judíos, gitanos, moros, etc. Hoy el propio imbécil americano insiste en cambiarle el nombre al COVID-19 por el de virus chino. Y eso a pesar de que el paciente cero podría estar en una instalación militar norteamericana en Maryland. Los chinos, como culpables. Al sistema del hijoputismo le interesa que se ponga el foco de culpabilidad en China, principal enemigo económico de este hijoputismo, no porque quiera cambiar el fondo del sistema, sino porque ha sabido comerles la merienda a los poderosos pasando por encima de ellos y sustituyéndolos en el escalafón.

Desde que me encuentro confinado en casa por esta pandemia, he podido observar otro virus mucho más peligroso que el covid-19. Es el virus de las tertulias televisivas de las mañanas en las que periolistos condenados por mentir son catedráticos en prevención civil, toreros analfabetos, expertos en enfermedades víricas y, mentirosas compulsivas, insolidarias y defensoras acérrimas de los hijoputistas, cuyo patrimonio está a buen recaudo en sociedades off-shore en paraísos fiscales, dando lecciones sobre el gasto publico en sanidad. Unas tertulias cuya única misión es asustar al personal y mover el foco de la responsabilidad hacia quién compadece en rueda de prensa, cuando debería estar en cuarentena porque su pareja es positivo en el covid-19, en lugar de hacia los indeseables que durante años han desmantelado la sanidad pública llevándola a la situación actual de 3 camas de UCI por cada 100.000 habitantes. Estos periolistos además tienen la desvergüenza de preguntar por qué en un país como Alemania, que tiene cuatro veces más plazas en cuidados intensivos que España (13 por cada 100.000 h), los muertos son unas 23 veces menos habituales que aquí.

España es un país de listillos y jetas. Siempre lo ha sido. Ahí está el Lazarillo de Tormes (1554) para demostrarlo. Por eso, y no porque sea un país Mediterráneo, el día de San José el personal, a pesar del confinamiento establecido para todos en el RD que establece el Estado de Alarma, la Ertzaintza tuvo que poner orden en las salidas de Euskadi hacia Laredo. Por eso ese mismo día la policía tuvo que impedir el éxodo masivo de valencianos a sus segundas residencias. Por eso en Madrid, ese mismo fin de semana la DGT tuvo que advertir, ante las retenciones de salida, que hay confinamiento y que nadie puede viajar sin motivo. Por eso, alguno de mis vecinos que en situación normal sacan al perro nunca o casi nunca, ahora lo pasean cinco veces al día y en eternas caminatas. Por eso me contaba por teléfono un compañero que su vecino, perfecto caballero español que nunca aplaude a los sanitarios públicos en ese gesto de solidaridad y reconocimiento, el otro día, que casualmente le pilló en casa, puso el himno nacional a todo volumen. Después y para rematar la jugada cogió el coche, en pleno confinamiento para llevar a su cuñada al centro de Madrid, donde vive, porque también a pesar de las restricciones de movimiento, como perfecta señorita española, viene a ver a su padre, persona de riesgo por ser mayor, que vive paredaño con su otra hija.

Necesitamos una vacuna para el covid-19 que llegará tarde o temprano. Para ello ya están investigando los chinos y al parecer en estado avanzado. De la vacuna que necesitamos contra este hijoputismo existen suficientes datos para su inoculación desde hace años. Pero cuando se lucha contra creencias en lugar de contra sufrimientos que la ciencia acaba comprendiendo y poniendo solución, el único remedio es la educación. Y por desgracia en este país, los borregos, siempre han ido encabezando el rebaño.

Ojalá esta pandemia que está llevando a la deshumanización total, dejando que los abuelos mueran por falta de espacios adecuados para su cura, que podrían tenerse empleando el dinero que se regaló a los bancos, (un bloque completo del Hospital Infanta Sofía de Madrid está cerrado, mientras se ha dilapidado el dinero público (deberíamos saber quiénes son los beneficiarios de esas obras) en camastros en el IFEMA y se quiere medicalizar hoteles) lleve a esos indeseables a la concienciación de que, la enfermedad, como el fuego, no distingue y afecta a todos por igual y que hoy son otros y mañana somos nosotros. Y aunque solo sea por egoísmo aprendan que empatizar, priorizar lo social de lo individual es el único camino para ponernos a salvo ahora y en futuras pandemias.

 

Salud, feminismo,  república, RESPONSABILIDAD, y muchas más escuelas.

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