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El relato romántico en Cataluña ha ganado

Carles Castillo Rosique
Diputado del PSC
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«La asamblea de majaras ha decidido, mañana sol y buen tiempo», parecía decir el gobierno catalán hasta ayer, pero Rajoy ha conseguido convertir este discurso con abundantes claroscuros, en un relato romántico en el que todos hemos podido contemplar cómo un pueblo pacífico y en masa, con las manos levantadas, quiere ejercer su derecho democrático al voto y son golpeados y arrastrados por los pelos por unos imitadores de Robocop. Y por la noche, rueda de prensa para explicarnos que lo que ha sucedido y que todo el mundo ha visto en Internet y distintas televisiones no ha tenido lugar. Como en cualquier república bananera.

A nadie se le escapa mi opinión extraordinariamente crítica con toda esta suerte de partida de trileros que ha sido el referéndum catalán. El procés ha sido utilizado para esconder miserias, propias y ajenas. Ha sido frecuente en estos días leer o escuchar la metáfora del choque de trenes, uno conducido por Puigdemont y otro por Rajoy. Yo mismo, hace algunas semanas, denunciaba en estas páginas las semejanzas que encontraba entre la deriva soberanista y el campesino aragonés –interpretado por Miguel Ligero en Nobleza baturra– que, sobre un pollino, caminaba sobre la vía de un tren y decía divertido «chufla, chufla, que como no te apartes tú». También en aquel artículo denunciaba la falta de nobleza en todo este esperpento que nos lleva a toda la ciudadanía en pendiente y sin frenos.

Pero hoy toca hablar de otras cosas. Nadie ha tirado a Junqueras por una escaleras; que sepamos, ninguna anciana madre de consellers ha sido arrastrada por los pelos a la puerta de un colegio; ningún energúmeno –sí, he dicho «energúmeno»– le ha roto los dedos de una mano a Carme Forcadell. Puigdemont ni siquiera sintió, para ir a votar, la necesidad de vestirse la chupa de cuero que se echaban por encima los que luchaban por las libertades contra el franquismo, cuando preveían que la policía los iba a moler a palos. Más de setecientos heridos han ocupado las portadas de todos los medios de comunicación de los más importantes países del mundo, todos ellos completamente inocentes.

El inefable Rajoy Brey ha mandado a las calles de Catalunya a las fuerzas de seguridad a apalear al pueblo catalán y, para colmo, no ha conseguido detener las votaciones más que en un porcentaje pequeñísimo. Ya da igual quién tenga razón. Es difícil concentrar menos inteligencia política en un solo presidente del gobierno.

España tiene un problema con el PP. Aquí no existen de manera significativa y con representación parlamentaria frentes nacionales, alternativas por Alemania (léase España) o similares porque quienes en el país germano, galo o en los Países Bajos se decanta por estas opciones, en España vota al PP. Los de Génova 13 viven de los votos de un amplio espectro de ciudadanos que van desde una democracia cristiana más o menos europea hasta un porcentaje elevado de nostálgicos del franquismo que sueñan aún con la España defendida por los Tercios de Flandes. Lo hemos visto estos días con el Cara al Sol en Cibeles o con reacciones extemporáneas y anacrónicas impensables en un país democrático.

Me contaba un buen amigo que reside en una localidad de las afueras de Madrid que el pasado 29 era la fiesta mayor del pueblo (90.000 habitantes) y el concierto tradicional que en tal fecha da la banda municipal terminó con los sones de la Marcha granadera, el público puesto en pie y vítores a España, el Rey y la Guardia Civil. Por cierto, diré como curiosidad que esta partitura tiene en común con los himnos de San Marino, Bosnia-Herzegovina y Kosovo que carece de letra. Quizá el detalle merece una reflexión. El inusual fervor patriótico que hemos contemplado en algunas localidades y el «a por ellos» que escuchamos días atrás tampoco han ayudado. Debo confesar que en más de una ocasión he pensado si tanta exageración anticatalana no estaba orquestada por el propio Puigdemont. Es difícil dar una explicación más plausible a tal falta de inteligencia.

Rajoy debería dimitir por muchos motivos pero la nefasta gestión que ha llevado de este asunto, la imagen que ha proyectado en el exterior y la enorme fractura social que ha contribuido de manera efectiva a provocar, por sí solas, bastan para que un gobernante con un mínimo de decencia se fuera a su casa y permitiera que alguien con más cintura política se hiciera cargo de esto. Puigdemont, tras embarcarnos en esta chaladura y ser incapaz de concitar los consensos imprescindibles en un problema político de esta magnitud, mejor estaría en algún parque de Girona dando de comer a las palomas. El problema es que el pueblo catalán que ayer ha sido arrollado por los antidisturbios, y ese sí que no va a dimitir. A los ojos del mundo, hoy es un pueblo mártir que clama por sus derechos democráticos en un relato romántico en muy buena parte ficticio pero que casi nadie se atreve a negar.

Es responsabilidad de todos –también apelo a los de la familia socialista– empezar desde hoy mismo, 2 de octubre, a amasar el cemento imprescindible para recomponer unir los ladrillos de este muro que ayer saltó por los aires. Cojamos aire, hablemos claro y bajito y pongámonos a trabajar.

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