lunes, 14junio, 2021
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Regresión

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Se ha sentado en la mecedora de la galería, ahora cubierta. Cuando se construyó, era un balcón al sur con amplias vistas. Al fondo a la izquierda, la Mambla. De frente, la frondosidad de uno de los pocos sabinares que quedan en la comarca. A la derecha, el valle que surca el pequeño Maravillas.

Poco después de su construcción, hubo que acristalar la galería porque, a pesar de estar resguardada del cierzo por la ladera, Larrival no es La Manga y salvo los dos escasos meses de verano, sentado allí te quedabas helado. Ahora, incluso en las tardes de invierno, si hay sol, se está a gusto allí disfrutando del atardecer.

Hoy, está solo en casa. Se ha servido una Estrella de Galicia, 0,0 y ha seleccionado Asfalto, en la lista de Spotify que suena por el equipo instalado en el salón. Escucha la melodía, mientras disfruta del suave balanceo de la mecedora y del frescor ligeramente amargo de la cerveza fría. Suena ahora “Días de Escuela”. Atilio, sigue mentalmente la canción “…Formados frente a una cruz y ciertos retratos, entre bostezo y bostezo, gloriosos himnos pesados…”. Pronto la historia de la canción le evoca recuerdos pasados. De su niñez. Le viene a la mente el único momento de su vida en el que ha sido consciente de que era feliz. No recuerda el juego, pero si el momento. Las risas y el estado de plena euforia. Eso le ha llevado al toldo que reposaba extendido en la galera, en la cochera sin puertas de Adolfo, que anudaron a los cabrios del tejado y que una vez retiraron el remolque quedó durante casi un mes colgado del techo. Lo llamaban la ballena y allí entraban por el fondo, dónde había un trillo apilado junto a la pared que servía de escalera, y se metían en el vientre del gran mamífero marino a saltar dentro de la gran barriga. Hasta que llegaba Adolfo con una vara de avellano y comenzaba a dar zurriagazos en los bajos del toldo y te amorataba los tobillos y cuando salías, la espalda. ¡Cuántas veces tuvo que colgarse de una de aquellas vigas para que no supiera que estaba allí!

Recuerda la escuela, aquel primer cristal roto y la carrera contra los mayores para que no les pillaran. El acongoje de una sala oscura del ayuntamiento, el gesto serio del alcalde y los concejales y el miedo a la cárcel por haber cortado los chopos recién replantados para confeccionar las porterías de fútbol. Y las grandes ollas que llenaban de agua en la fuente y ponían a hervir en un infiernillo de petróleo donde echaban aquella plasta amarilla que decían que era leche en polvo y que no había forma de disolver los grumos. Y la estufa de serrín que sólo calentaba el aire alrededor de la chapa en el suelo de madera. Y al “Gallego” y su carabina, con el “Culocosido” gritando desde una de las porterías, “¡a qué no me das!” Y el disparo y el perdigón alojado entre el labio superior y los dientes del “Culocosido” y este diciendo “¡cabrón, joputa, se lo voy a decir a tu madre!”. Y la vara llena de nudos que le trajo Canuto a la maestra en señal de rebeldía, porque le había roto la anterior en su cabeza. Y el compás de madera de la pizarra volando hacia la cabeza del “Ajero” porque se había tirado un pedo, mientras el maestro explicaba la lección de trigonometría. Y los cuadernos que les vendía don Félix, otro maestro, diciendo que se había quemado la fábrica cuando en realidad eran un regalo de la Caja de Círculo que el hombre, para poder comer a fin de mes, vendía a los alumnos. Y a Cauto traduciendo al francés, “un sello de 80 céntimos” como “un sellé de ochenté centimés” Y al maestro replicarle “sienteté que estarés muy cansé”. Y los meses en los que pusieron de moda, ya fuera de la escuela, cuando estudiaba ya en el Instituto, la potasa con la que hacían grandes petardos y explosiones. Y esa piedra de más de quince kilos volando por los aires y aterrizando en el tejado de la única casa abandonada de la plaza. El fuego en el mes de agosto, con los campos a punto de recolección, producido por uno de los petardos de veinte centímetros y cinco de diámetro que quisieron explosionar con un casquillo de bombilla de coche y una pila de 9 voltios y que acabó partiéndose por la mitad y expulsando la pólvora ardiendo hacia el cardal, junto al monte. ¡Menos mal que la divina providencia apagó el fuego antes de llegar al trigal! Una gran sonrisa recorre la cara de Atilio. A pesar de todo, ¡Qué felices recuerda aquellos años!

Y sin embargo, no lo fueron. Porque los recuerdos son esquivos y selectivos. Entre esos recuerdos no están los duros días en los que había que andar medio kilómetro, hasta la fuente vieja, a coger el agua con calderos que luego usaban para beber y cocinar. Ni los picotazos de las gallinas en el culo, mientras defecabas en el corral. Tampoco están los días de invierno en los que su padre, cartero peatón, tenía que esperar en el terraplén de la carretera al coche de línea de las siete de la mañana que traía el correo de la capital. Los días de cierzo cortante, lluvia incesante o nieve con ventisca sin resguardo posible porque los de la Demarcación de Carreteras no permitían ni un chabolo junto a la nacional. Y luego la Bultaco, las dos barras de levadura industrial para el panadero en el transportín, junto a las cartas y carretera y manta. Con lluvia, nieve o sol. Y todo por el sueldazo de quinientas pesetas que no daban ni para llegar al día quince de cada mes. Tampoco quiere acordarse de cuando el maestro le suspendió Historia de España porque le había anunciado que en septiembre su padre estaba pensando en enviarle a un colegio de frailes en Palencia dónde la educación no tenía coste para ellos. Para el maestro significaba el cierre de la escuela.  Durante sus primeros años de Instituto, más de la mitad del sueldo de su padre se iba en pagar la pensión en un Colegio Menor de la capital. La matrícula era gratis, pero la estancia no. Y mientras él lo pasaba mal en un sitio lleno de pequeños hijosdeputa, sus padres se quitaban de comer para que él pudiera tener una oportunidad en la vida fuera de aquellas sesenta fanegas que habían mal alimentado a su abuelo y a sus siete hermanos.

*****

Regresión

Idealizar los recuerdos es injusto y está fuera de toda lógica. Casi por primera vez, algunas de las historias que acompañan este artículo son vivencias propias de mi niñez. Vivencias que recuerdo con cariño pero que no se ajustan a la realidad del mundo que entonces me rodeaba. En ellas, no están las risas de un maléfico cabo gordo y cabrón de la Guardia Civil que, con sólo tres años de edad, me ponía las esposas apretadas sólo para hacerme daño y pasar el rato disfrutando con  mi sufrimiento y mis lloros mientras se ponían tibios a vinos en la taberna que regentaba mi padre. Tampoco está el miedo a hablar mal de Franco, incluso en la intimidad del hogar. Ni el Cara al Sol que cantábamos obligatoriamente al entrar en la escuela al menos mi primer y segundo año de escolarización. Ni la misa diaria a la que me obligaban a asistir, ya muerto Franco en aquel Colegio Menor que llevaba su nombre. Ni la afiliación obligatoria a la OJE, ni el uniforme de gala también obligatorio que mis padres tuvieron que costear aún pasándolas canutas.

Confieso que no sabía nada de Ana Iris Simón hasta hace una semana. No es que ahora la conozca, pero al menos ya tengo unas pocas referencias sobre su personalidad y sobre su dedicación. No ver la TV es lo que tiene, que no acabas sometido a la marabunta de la coyuntura coetánea que diría el malogrado Golfález. También confieso que hasta que tuvimos una bonita charla en un grupo de amigos de Twitter acerca del significado del discurso que esta escritora de 29 años dio hace unos días en Moncloa ante el propio Pedro Sánchez, no sabía nada de esa intervención. Y puestos a ser francos, también confieso que una vez oído el discurso de apenas cuatro minutos, era el único ilusionado con las palabras pronunciadas y con la idea de que la intención, era sacar los colores al ejecutivo por su falta de valentía en tomar medidas sociales y su nulo ejercicio como gobierno de “izquierdas”. Porque con los discursos pasa como con los recuerdos, que recoges lo que más te conviene. Y a mí me sonó a música celestial izquierdista eso del desmantelamiento industrial como peaje a la UE, convertir España en el Chiringuito de Europa (ella dijo el Marina D’or), la globalización como forma de desmantelar las condiciones laborales (la aldea global frente a la local), decirle a la cara a Sanchez Castejón que en España el 40 % de los jóvenes está en paro y que los que trabajan cobran la mitad que sus padres, abuelos en los 80. Del mismo modo, me fascinó un retazo para la solución, como la reindustrialización del estado y eso de que actualmente les robamos la mano de obra a los que antes les robamos el oro.

Ahora, ya en frío y una vez analizado el discurso pormenorizadamente, en la intervención hay también muchos retazos de clasismo franquista como la familia tradicional como forma de vertebrar la sociedad, esa insistencia en reclamar como progreso el tener coche e hipoteca y los beneficios fiscales a la familia y a la natalidad como forma de evitar las migraciones y de fomentar la repoblación de España por nuevos españoles. Los que tenemos una edad recordamos aquel mantra de que follar es pecado y de que la única intencionalidad del sexo debe de ser la reproducción.

Y luego está el lío de mezclar épocas como si todas hubieran sido iguales y coetáneas. Si sus padres en 1992 podían vivir de la cartería, era porque durante los primeros años de la transición (1976-1979) las huelgas con seguimiento masivo en Correos lograron multiplicar por diez los salarios. Desde la de 1976, en la que fueron militarizados a la gran huelga del 78 en la que cientos de miles de cartas estuvieron meses viajando en tren por toda la geografía española, para acabar muchas de ellas abandonadas en vagones en Chamartín y Barcelona. Mi padre, cartero peatón con cinco horas de jornada, ganaba poco más de quinientas pesetas al mes en 1968. En 1980, gracias a las huelgas llegaba hasta las 20.000 pesetas. En 1985, mi primer salario de sustitución en verano fue de 47.500  pesetas. En 1968, una queja de un “enemigo” podía suponer el despido sin ningún tipo de verificación, garantía, ni derecho. En 1980, el despido debía ser justificado y motivado. En 1960, un cabeza de familia en mi pueblo mal vivía con cuarenta hectáreas de terreno. Los hijos, que se tenían como mano de obra barata, acababan desperdigados en seminarios y colegios de frailes dónde eran educados. La mayor parte de ellos, acostumbrados al hambre y las carencias, por si acaso, se enganchaban a la carrera seglar en la empresa Iglesia, S.A. Hoy, cinco agricultores labran las 1.200 hectáreas cultivables del término municipal. Pero al contrario que sus abuelos, son millonarios, entre otras cosas por las subvenciones de la PAC. Ellos tampoco tienen hipoteca porque pueden permitirse comprar un tractor que vale 100.000 euros a tocateja. Tienen coches, casas con todas las comodidades y la mayor parte de ellos, piso en la capital dónde pasar los inviernos y dónde alojar a sus hijos mientras estudian.

Que Ana Iris Simón haga una alegoría del fascista Ramiro Ledesma, fundador de las JONS (juntas de ofensiva nacional-sindicalista), que acabó integrándose en la Falange, en su libro “Feria” no ayuda a dispersar las dudas sobre los motivos de su discurso. Que estemos viviendo una coyuntura en el que el fascismo vuelve a resurgir, obviando los peligros y los muertos acaecidos por su culpa a lo largo del siglo XX, tampoco. Pensar que esta crisis demográfica, no tiene nada que ver con el hijoputismo liberal que impera, es como mínimo ingenuo, cuando no directamente una oda al fascismo. Los jóvenes no tienen hijos porque no pueden permitírselo. Porque al contrario que sus bisabuelos, no necesitan mano de obra barata, ni tienen la salida de entregarlos a la iglesia que se muere de inanición a pesar de los millones de euros que se lleva del erario. Porque al contrario que sus abuelos, a ellos si les importa no tener que darlos de comer. Y dadas las condiciones actuales de derechos laborales y los salarios que se están pagando, la verdad, traer hijos al mundo es una irresponsabilidad social en muchos casos.

El abandono del campo, no es de ahora. Los pueblos llevan desangrándose desde al menos los años 60 del pasado siglo, cuando la explosión industrial en focos centralizados en Euskal Herría, Madrid, o Barcelona, atraían como moscas a unos jóvenes cada vez menos dispuestos a pasar la vida con una sotana y más proclives a mejorar económica y socialmente en una fábrica. Los más ansias por hacer fortuna rápidamente, se fueron a Francia, Suiza o Alemania, donde ataban los perros con longaniza. Los pueblos no se llenan con subvenciones a la natalidad o exenciones fiscales a las familias. Los pueblos se llenan, primero con puestos de trabajo, aunque visto el caso de Valdorros, mi pueblo, con más puestos de trabajo que habitantes, ni siquiera el trabajo es el pegamento suficiente para estabilizar población. La población se queda con servicios. Con un médico que pase consulta todos los días. Con un pediatra que atienda a los niños sin necesidad de tener que coger el coche y desplazarte sesenta kilómetros. Con unas urgencias hospitalarias a menos de 15 minutos. Con una escuela dónde puedan iniciarse en la educación los críos. Con una red de autobuses que te lleven y te traigan a la localidad central de la comarca, dónde está el instituto. Con una red de internet al menos como la de la capital, en velocidad y precio. Con viviendas sociales de los ayuntamientos. Con la industrialización de la España rural y no con las sombrillas y los hoteles rurales dónde los clientes ponen quejas porque el gallo canta a las seis de la mañana y despierta a sus señorías de juerga hasta las cinco.

Como no me canso de repetir, la pobreza y desigualdad es el caldo de cultivo del fascismo. Y aquí, hay mucho empeño en blanquear sus peligros porque quienes tienen el poder, son los mismos que lo tenían con el dictador. A ellos no les va a ir peor. A los pobres sí. Porque nos jugamos la vida.

Leía el otro día un artículo de la ministra Nadia Calviño en eldiario.es titulado “Un plan de futuro para los jóvenes” en el que en 1.238 palabras la ministra hacía uso de la retórica de siempre, mucho texto para no decir absolutamente nada. Cuatro pinceladas para la galería: inversión, reformas, recuperación y 150.000 millones y ninguna solución de cómo hacer esas tres cosas, ni en qué proyectos invertir esa descomunal cantidad de fondos públicos.

La solución no puede venir de las políticas que llevan aplicándose desde que el mal actor Reagan y la beoda Thatcher comenzaron a infamar a la sociedad y a apostar por la ley de la jungla en el que las reglas las impone el más fuerte y lo que hoy es blanco mañana puede ser negro si le convienen más a quién ejerce el poder. Porque esas medidas son las que nos han llevado a la desregularización del empleo, al crecimiento de la pobreza y a la desigualdad social del tamaño de la falla de San Andrés. La solución pasa irremediablemente por apostar por la sociedad frente al individualismo, por los servicios públicos gestionados por la administración, frente al negocio de unos pocos, del servicio al ciudadano, frente a la imposición, de imponer las reglas que impidan el fraude del recibo de la luz y el timo bancario, de la industrialización ecológica, frente a las sombrillas y los borrachos, las centrales fotovoltaicas que permitan cultivar a la sombra de sus estructuras, frente a la producción de electricidad con gas importado o carbón, la de los derechos laborales frente a la irresponsabilidad de los empresarios cuyo único fin es la ganancia especulativa. La sanidad pública y universal entendida como accesible en cualquier punto del país, y la educación pública frente a los inventos de una escuela privada que se sostiene con fondos públicos dónde los padres crean guetos que evitan el contacto de sus hijos con lo que consideran “malas influencias”. La agricultura ecológica fija población e impide la degradación del medioambiente. La PAC no pueden ser subvenciones sin más a las hectáreas cultivadas y sin que se ajusten a proyectos de mejora. La justicia no puede ser un verso suelto, sin ningún tipo de control basada en la plutocracia nepótica y con amplias muestras de fascismo. La policía no puede ser el lugar de concentración de neofascistas y debe estar sometida a la ley y al servicio del ciudadano sea cual sea su filiación política y no el bastión del nazismo y el martillo de republicanos, rojos y antisistema. La administración no puede ser el chiringuito de sinvergüenzas que llenan cajas B, que adjudican por cohecho o que pagan sobrecostes.

La filosofía debe de ser materia obligatoria en la escuela. Porque pensar nos hace libres. Y pensar no es repetir como papagayos las estupideces que dice la TV donde una presentadora es capaz de comentar sin sonrojarse que el gran William Sakespeare, el paladín de las letras inglesas, acaba de morir de covid o dónde un pazguato te dice que el Coloso de Rodas no pudo construirse en el 280 a.c. y destruirse en el 226 a.c porque en el 226 a.c. es anterior al 280 a.c. y por tanto, no estaba aun construida.

No es verdad que nuestros padres vivieran mejor que nosotros, aunque tengamos nostalgia de unos derechos de los que ya no gozamos por nuestra incapacidad para mantenerlos. Así, si como parece, a los jóvenes no les importan las cosas que le importaban a nuestros padres, es muy posible que ellos si sufran la tan temida regresión. Es lo que tiene creer que tener un bar disponible a la una de la madrugada es un derecho irrenunciable y tener jubilación o un médico pagado por el estado una batalla de viejos.

Vivimos en una sociedad infantilizada, analfabeta cultural pero sobrada de arrogancia, dónde el majadero desconoce su necedad y está orgulloso de ser estúpido, precisamente porque no solo no es consciente de que lo es sino que además se cree un erudito.

Como decía Napoleón, el tonto es más feliz que el sagaz porque siempre está contento de sí mismo.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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