El pasado domingo 2 de febrero se conmemoró el Día Mundial de los Humedales. Esta simbólica fecha fue creada en 1997 –haciéndola coincidir con la firma del Convenio sobre los Humedales en Ramsar (1971) –, para disponer, al menos, de un día al año en el que poder entrar a analizar la crítica situación en la que se encuentran para intentar dar la vuelta al inquietante futuro que nos espera. Para ello, frente a la actual explotación intensiva y cortoplacista alimentada por la economía de mercado, se hace especial hincapié en el potencial valor medioambiental y socioeconómico que aportar una gestión responsable y sostenible de los mismos. En esa dirección, de cuidado del medio y aprovechamiento de sus recursos ecosistémicos, apunta la actividad salinera artesanal.

Las salinas artesanales son medianas o pequeñas explotaciones –alguna de ellas de carácter familiar–, con unas “limitaciones técnicas” y perspectivas económicas (mercados y abastecimiento de industrias locales), que han dado lugar a un inigualable “equilibrio” medioambiental sobre los Paisajes de la Sal. Además, sus instalaciones están construidas con materiales que ofrecen poca resistencia al desgaste propio del paso del tiempo (madera, ladrillos, piedras, mortero de cal, muros de barro y vegetación, etc…), como demuestra el hecho que, tras un reducido espacio del cese de la actividad, cuesta interpretar la distribución de sus instalaciones.

NOTA: Las Salinas del Pajazo (Villargordo del Cabriel), tras siglos de actividad, estuvieron activas hasta 1991. Actualmente se encuentra en una fase de destrucción acelerada que muestran el escaso impacto de sus materiales sobre el territorio. Fuente: Paisajesturisticosvalencianos.com.

Al valor cultural y económico que aporta este tipo de instalaciones debemos sumar, como no, la potenciación que su actividad supone para la biodiversidad salina pues, gracias a que los estanques y canales llevan a cabo, a lo largo de todo su circuito, un proceso de concentrado en el gradiente salino, podemos encontrar una biodiversidad que, sin dicha intervención, sería difícil encontrar en un espacio tan reducido.

NOTA: Las Salinas de Fuencaliente (La Palma), fue creada a finales de la década de los sesenta del siglo XX y en menos de tres décadas pasa a convertirse, gracias a la biodiversidad generada por su actividad, en Espacio Natural de Interés Científico (1994). Fuente: Salinasdefuencaliente.es.

Esta relación de respeto entre la actividad artesanal y la conservación de los Paisajes Salinos fue rota con la introducción de los modernos sistemas de explotación industrial. Las viejas salinas artesanales fueron sustituidas por un nuevo modelo de gestión basado en lo intensivo, es decir, en la transformación del entorno con grandes balsas, la circulación de maquinaria pesada, la instalación de enormes tubos para pozos y grandes espacios para el almacenaje de la sal.

Este sistema industrial si bien dio solución, desde el punto de vista macro, a las exigencias de los sectores químicos y agroalimentarios, a nivel local rompió con el equilibrio medioambiental y socioeconómico de amplios territorios. Por una parte, allí donde se implantó de forma física, puso fin al modelo artesanal de cosechar sal y, de otra, con la irrupción de la sal refinada de bajo precio, también abocó al cierre de todas aquellas centenarias instalaciones encapaces de competir. A su vez, el fin de un oficio también suponía, para muchas comunidades, el de su elemento identitario más característico.

Nota: Las Salinas de Añana fueron reactivadas a comienzos de siglo XIX a través de un Plan Director. El cese de la actividad había puesto fin a la principal seña de identidad y sustento económico del territorio que, tras su revalorización, pasa de nuevo a convertirse en la alternativa socioeconómica de la población. Fuente: Vallesalado.com.

A las pérdidas socioeconómicas y culturales debemos sumar la medioambiental. En ese sentido, la intensiva actividad industrial de los Paisajes Salinos, en contraste con la cosecha artesanal, los expone a residuos, agotamiento del agua y una elevada salinidad que amenaza de forma inmediata a la biodiversidad y, posteriormente, expone a todo el medio a su más que inmediata desaparición.

Es por ello que, el Convenio Ramnsar de 1975, urge a los Estados a conservar los humedales como dique contra los desastres medioambientales (inundaciones y sequías), fuente de salud para un mundo contaminado (almacenamiento de carbono y purificación del agua), y sostén de la biodiversidad frente a las extinciones.

Los territorios que suman a los criterios Ramnsar para forma parte de su prestigiosa lista no deben olvidar que, en la labor de regeneración o conservación de los Paisajes salinos amenazados, la recuperación de la actividad artesanal y la limitación de la industrial, forman parte de las actuaciones que pueden ayudar al medio y, sobre todo, a muchos pueblos que luchan por recuperar su identidad y encontrar una alternativa económica a sus comunidades.

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