De todo lo que hemos pasado durante esta pandemia, hemos aprendido a valorar más a la familia, tanto a la que tenemos en casa y con la que hemos pasado esta pandemia, como a la que hemos tenido lejos y no hemos podido ver durante estos tres meses. Nos hemos dado cuenta de que los necesitamos cerca, que hemos notado su ausencia, sus abrazos, sus besos, sus risas y sus llantos. Y en el fondo, hemos sido afortunados, porque podíamos comunicarnos con ellos por teléfono, por videoconferencia, no como nuestros antepasados hace cien años.

Los adolescentes sobre todo, han sufrido mucho estando encerrados y sin poder tener contacto directo con sus amigos, han llorado mucho, han estado enfadados con el mundo, con la situación que les superaba, con ellos mismos y con nosotros los adultos. Los adultos también hemos echado de menos a los amigos, esas comidas juntos, las salidas, las confidencias, las charlas, su cariño y cercanía.

Y nos hemos dado cuenta de lo pequeños que somos frente al Universo. Ya sabemos que se nos escapa de las manos, que ni mucho menos controlamos nada, y que nos ha hecho sentir muy pequeños y vulnerables. Nosotros que nos creíamos los reyes del mambo, el ombligo del mundo, que nos creíamos invulnerables y poderosos… nos hemos dado de bruces con la cruda realidad, un virus microscópico, ínfimo, nos ha puesto a sus pies, nos ha vapuleado, nos ha sacudido y lo peor, se ha cobrado muchas vidas demostrándonos que hasta el ser más pequeño, si se dan las condiciones óptimas, puede hacernos mucho daño.

Yo, como decía Rosa María Sardá, no creo que de esto vayamos a salir mejores, pero si más temerosos, más conscientes de que somos seres vulnerables. Los refugiados seguirán muriendo a las puertas de nuestro país, mientras la mayoría de nosotros miramos para otro lado, no sé si por cobardía, por miedo a que nos recuerden que nosotros también fuimos refugiados en México, Francia, Argentina… o simplemente porque no queremos que nada perturbe nuestra zona de confort, nuestra vieja realidad, nuestra comodidad.

Ni siquiera los dirigentes de los países más poderosos van a permitir que no haya más guerras ni mucho menos que desaparezca el hambre en el mundo, porque ellos necesitan que existan países pobres a los que explotar, donde poder probar sus vacunas, sus nuevas armas, sin que nadie levante la voz. Porque a quién le importan esos pobres diablos en países que nos son lejanos, que no tienen riqueza, unos porque han sido exprimidos como un limón por alguien más poderoso, del mal llamado primer mundo, y otros porque en sus tierras no hay nada que le interese al mundo occidental.

Pero al menos este confinamiento nos ha dejado mucho tiempo para pensar incluso en ellos, los más desfavorecidos, los más vulnerables. Y nos hemos dado cuenta de que si el mundo estuviera mejor repartido, habría dinero, recursos y víveres para todos los habitantes, y que nadie debería sufrir por el hambre o la guerra.

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