Qué mejor que ver «Ready Player One» en una multisala cualquiera, de un centro comercial cualquiera, y en el propio día de su estreno además. Película doblada y con refresco. Y no como en la Filmoteca -al igual que las madres, Filmoteca no suele haber más que una-, ese sitio considerado algo polvoriento por muchos, y donde suelo admirar algunos de esos films que el propio Steven Spielberg idolatró siempre. Ya saben, obras de John Ford, Michael Curtiz o David Lean.

O quizá no saben, ni les importa siquiera. Uf, imagínense. Peliculas en versión original, nada menos. Y hasta en blanco y negro en ocasiones. ¡Y sin refresco!

Táchenme de snob y anticuado, pero adoro el cine clásico y una entrada en la Filmoteca no cuesta más que dos euros y medio. Entrar a ver «Ready Player One«, sin embargo, cuesta algunos euros más. Aguardo a que esta comience acomodado en una butaca amplia y limpia, impoluta, mullida, posa vasos incluído, preguntándome qué irá a pasar. No tanto en la película, sin embargo, como con la película.

El propio Spielberg la calificó de movie (peli), no de film. Un amigo muy gracioso solía asegurarme, con su mejor acento pueblerino: «antes las llamaban «piliculas» y ahora las llaman «flims»…». Ví el tráiler de esta «pilícula» en mi móvil y pensé en un videojuego elevado a la enésima potencia. Y eso que nunca fuí muy aficionado a los videojuegos. No tuve más que un Spectrum de pequeño, jugaba en las maquinitas de los bares y para de contar. Aunque hoy comprendo que las tres palabras del título suponen un guiño. «Ready Player One» era ese mensaje habitual de comienzo, en la pantalla, ante una nueva partida.

La que no acaba de comenzar, en una pantalla mil veces más grande, es esta pelí que me intriga e inquieta a partes iguales. Mi prevención hacia el cine de Spielberg data de algunos años atrás. Aunque no siempre fue así. Nacer en 1972 era exponerse a un deslumbramiento inicial, en una sala oscura, gracias a «Blancanieves y los siete enanitos«. Pero también a «Encuentros en la tercera fase«. Y afirmar que «En busca del arca perdida» me conformó como individuo podrá sonar a mera exageración, pero no es tal. O al menos habría de influir mis emociones en mucho mayor medida que Disney –algo en declive entonces-, Bud Spencer y Terence Hill –en declive permanente-, o Superman –en declive y auge sucesivamente.

Un día le conté a un niño de mi colegio que había visto «E.T.» por partida doble y no me quiso creer. ¡Dos veces!…. Pocos valientes conseguían tal proeza. La cola del cine Palafox daba la vuelta entera a la manzana, y nunca quedaban entradas para sesión alguna. Hablo de la era anterior a la hegemonía de las Pelitecas, que el espectacular éxito de Spielberg (& Lucas) acabaría extendiendo por el mundo.

(Obituario de urgencia: hace un mes cerró el Cine Victoria de la calle Francisco Silvela; el glorioso Cine Avenida de Gran Vía lleva años siendo una tienda de ropa; y la entrada al Palacio de la Música sigue tapiada desde ni se sabe… ¡Socorro!).

Juro que «E.T.» hizo de mi vida un lugar más feliz a mis diez años de edad. Incluso a partir de esos diez años de edad. Mi madre insistió en verla de nuevo, después de llevarme la primera vez sin ganas ni conocimiento de lo que la esperaba, y no lo pude creer. Pero ahora sí creo saber lo que me espera ahora. Asesto otro sorbito pensativo a mi Coca Cola. Se suceden tráilers y mas trailers. En la Filmoteca no hay nada parecido, claro. Tan solo films. Los hay hasta mudos. Y yo enmudezco  de repente ante el tráiler de la propia «Ready Player One«. Me froto los ojos. «Próximamente«, advierten unas letras al final. Y los espectadores situados a mi alrededor rien al únisono, en Surround: «Y tanto que próximamente, jajaja…».

Spielberg podrá contar ya 71 años, pero aún vive empeñado en volverse un niño. Descuidando al genial adulto responsable de «La lista de Schindler«, «Salvar al soldado Ryan» o «Munich«. Alguien capaz de comentar: «me gano la vida soñando«. Nada como ganarse el pan soñando con ser Peter Pan (¿qué pasó con «Hook«, Steven?… ¡a priori nada podía fallar!), aunque también se corre el riesgo de quedarse en mero Panem et circenses. En mera Panavision y ya está.

¿Acaso puede alguien rodar algo más distinto, y en un mismo año, que un film como «Los papeles del Pentagono» y una peli como «Ready Player One«?… Sin duda: «La lista de Schindler» y «Parque jurásico«. Nuestro superdotado film-cineasta rodaba la primera de día y montaba la segunda de noche allá por 1993. Y aunque «Los papeles del Pentagono» se halla muy bien hecha, también lo estaba «El puente de los espías» y le salió una americanada impropia de alguien tan americano como él, me parece. Y si «Lincoln» me gusta, aún me gustaría más de entender de qué demonios charlan sus personajes durante la mayor parte del tiempo (la he visto tres veces, y aún me pierdo en tan inteligentes diálogos).

Hubo en cambio algo muy tonto, sonrojante casi, en una peli como «Mi amigo el gigante«. Y pese a que su adaptación de Tintín fue muy vistosa, nunca fue exactamente el Tintín de Hergé, Steven, si entiendes lo que quiero decir (y de tu cuarta entrega de Indiana Jones, mejor ni hablemos).

Surge el logo de Dreamworks y me dejo llevar. Pero a la vez observo cada detalle con suma atención, iInmerso en una peli cuyo chaval protagonista reside, al igual que sus contemporáneos, en una sociedad distópica del futuro. Recuerdo la sociedad de «A.I.». Y ay, casi me echo a temblar. Pero si aquella no funcionó del todo, esta sí lo hace. De hecho es un acierto el no hacernos pasar excesivo metraje en esa realidad de la que todo el mundo huye. Si bien no leyendo libros, al igual que en «Fahrenheit 451» de Bradbury & Truffaut, sino por medio de unas gafas de realidad virtual que permiten acceder a Oasis, ese mundo-juego inventado por un genio a lo Steve Jobs (¿ciencia ficción?…; no crean: abajo mismo, en el vestíbulo de este centro comercial, existe un espacio donde probarse unas gafas exactamente iguales y cazar moscas en el aire).

Antes de fallecer, sin embargo, el creador de Oasis planteó la búsqueda de tres pistas. El ganador del tesoro, por tanto, heredará su emporio por entero. Como «Willy Wonka y la fábrica de chocolate«, vamos, pero dirigido hacia la cultura popular de los últimos cincuenta años. «Ready Player One«, pues, transcurre en un gran videojuego, cuyo argumento sigo sin problemas pese a no haber tenido más que una Spectrum en la infancia. No en vano toda su tecnología obra al servicio de su espíritu -sí: la buena noticia es que el asunto tiene espíritu-, debido a la buenísima intuición narrativa de la novela homónima de Ernest Cline. Y a la labor de un director setentón, cuya carrera comenzó en una era setentera. Y quien sigue soñando como un niño.

Y un niño la már de listo, la verdad. Cada participante de ese juego puede elegir su propio avatar -personalidad alternativa-, y competir con otros miles de personajes entresacados de esa cultura pop. Recuerdo que en las tiendas de cómics de los años ochenta solía toparme con aislados solterones de treinta y cinco años para arriba que aún vivían con su madre, olían mal y se te reían en la cara si no sabías que la Enterprise era la nave de «Star Trek». Individuos conocidos en secreto, y algo despectivamente, como freaks. Bien: pues hoy esos freaks se sentirían como en casa en el interior de ese Oasis. Cuya inmensa y numerosa subcultura -quién lo iba a decir-, es aceptada hoy en día con toda naturalidad por la juventud de medio mundo, retroalimentándose constantemente.

Una juventud cuyo límite resulta cada vez más difuso.  ¿Cuántos cincuentones de hoy en día no visten camisetas de Milú, luchando contra la peligrosa idea de hacerse mayores?… Inmersos en la era tecnológica más incuestionable de la historia, no hay tendencia como la de sentir nostalgia por el pasado.

Lo freak es sinónimo de cool. Así que tranquilo: ya nadie se reírá de tí por atiborrarte de pelis no solo dirigidas sino hasta producidas por un «Steven Spielberg Presents…» (quien, por cierto, se resiste a autocitarse en esta peli cuanto puede).

Nunca, lo confieso, había visto a unos personajes virtuales introduciéndose en otra peli. En otro film, perdón. Y en uno de los más célebres del señor Stanley Kubrick, nada menos. Pero no se trata meramente de verles, sino de participar con ellos. Y cuya peripecia observamos. Nuestros propios avatares de la vida.

¿Clichés?… Oh, desde luego que los tiene. Pero muchísima creatividad también. Y corazón. Pese a toda la zarabanda tecnológica, resulta que todo en el fondo es muy inocente. No cursi. Inocente como una película clásica cualquiera de John Ford, Michael Curtiz o David Lean.

Sonrío al piensar que mis padres, por descontado, jamás entenderían nada de esto. Ni un ápice. Para ellos la cultura, antes de ser popular -pop, a secas-, era cultura y ya está. Y que quienes hemos nacido en la era analógica pero crecido en la digital estamos condenados a extinguirnos como dinosaurios del parque jurásico, hasta desaparecer por completo.

En fin, sé que algún día proyectarán «Ready Player One» en la Filmoteca y quizá vaya a verla por dos euros y medio ocupando una butaca algo más incómoda. Y que allí no habrá pop corn. Ni siquiera cola. Pero de momento nadie es considerado un freak por admirar a John Ford, Michael Curtiz o David Lean. A John Wayne, Gene Kelly o los hermanos Marx.   

Aunque quizá algún día exista una nostalgia similar hacia ese cine clásico, en blanco y negro o no, que muchos consideran cultura. No cultura pop. Y, por lo tanto, una antigualla.

Aún cuando la colorida nave Enterprise se considere hoy más guay que los fascinantes blanquinegros que envuelven a Charles Foster Kane, Harvey, Guido Anselmi o Norma Desmond.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

11 + 18 =