El escritor Daniel Jiménez (Madrid, 1981) opta en su nueva novela por lanzar una enmienda a la totalidad del proceso creativo establecido sin rechistar y decide matar a su mentor literario. Así, tal cual. El reconocido y premiado Ray Loriga aparece muerto en un hostal del barrio bonaerense de La Boca. A partir de ahí, Las dos muertes de Ray Loriga (Galaxia Gutenberg) se convierte en un trepidante ejercicio de introspección donde el autor de la aclamada Cocaína –su debut como escritor– indaga en su propia existencia, no exenta de episodios tormentosos.

De ahí que Jiménez haya decidido tomar la literatura como una suerte de terapia placentera donde pone a prueba no sólo su brillantez como narrador sino también su templanza y equilibrio, recursos que evidentemente le han ayudado a sobreponerse a situaciones personales nada favorables. Para ello no ha dudado un instante en adentrarse incluso en terrenos literarios pantanosos foco de todas las miradas de la crítica especializada. En la línea de su anterior Cocaína o de la exitosa Ordesa de Manuel Vilas, Las dos muertes de Ray Loriga redescubren a un autor valiente, sincero y, sobre todo, en estado de gracia literaria.

 

¿Por dónde podemos tomar su nueva propuesta literaria: por la parte de la provocación, por la del cóctel explosivo o mejor por la del órdago a lo comúnmente establecido literariamente?

Probablemente combine esas tres características. Entiendo que puede ser una propuesta narrativa provocadora por lo que tiene de osado matar a un escritor vivo y tratar, aunque sea simbólicamente, de suplantarlo. Intuyo que puede ser “explosivo” porque plantea abiertamente la mezcolanza de géneros con la intención de trascenderlos. Y sin duda es una apuesta firme por lo que tiene de arriesgado no plegarse ante ciertas convenciones literarias que facilitan la escritura y, en último caso, la lectura.

 

¿En qué momento y por qué decidió comenzar su segunda novela con la aparición del cuerpo sin vida de su colega Ray Loriga en un hospedaje del barrio bonaerense de La Boca?

Conocí a Ray Loriga en la Feria del Libro de Madrid, tal y como se cuenta en la novela, y en ese mismo instante supe que quería “matarlo”. Solo así podría escribir sobre él con total libertad, sin ataduras y sin miedo a su posible reacción. Mis circunstancias vitales y el descubrimiento de la historia del doble, de la que es mejor no desvelar nada, fueron determinantes para que el cadáver de Ray Loriga apareciera allí.

“Los escritores tendemos a tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos”

 

Su nueva propuesta evidencia un guiño burlón e incluso provocador hacia el particular microcosmos de los escritores. ¿Augura un buen recibimiento en el gremio o teme que le preparen una emboscada tras su osadía literaria?

Los escritores tienden, tendemos, a tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos. Por eso es tan importante no perder el sentido del humor, y ejercitarse en la parodia, la ironía y la burla. La buena literatura es provocadora por naturaleza porque, entre otras cosas, nos obliga a enfrentarnos a lo que somos y a lo que creemos ser. En cualquier caso, no creo que nadie en particular se pueda ofender por esta novela. Hasta es posible que más de un aludido se sienta halagado.

 

Ni que decir tiene que habrá pedido permiso al interfecto Ray Loriga para que se dejase ‘matar’, ¿no es cierto? ¿Qué cara puso cuando conoció sus intenciones?

Primero se puso serio para decir que “la prensa le había dado por muerto muchas veces”, y añadió que, sin ir más lejos, su amigo Juan Cruz ya tenía perfilada su necrológica. Luego se empezó a reír y dijo: “Me encanta que me mates, Daniel”.

 

Ya desde su primera novela, la aclamada Cocaína, usted fluctúa con la experimentación de lo real, lo posible y el universo de la pura ficción literaria. ¿Siente que rompiendo estas fronteras se siente más libre y creativo o no tiene por qué ser necesario ir tan lejos?

La escritura es, o debería ser, un ejercicio de libertad absoluta. Si no es así, no tiene sentido escribir. No, al menos, para mí. Yo escribo así, “rompiendo fronteras”, como usted dice, porque necesito hacerlo así, y porque no puedo, o no sé, o no quiero hacerlo de otra forma.

“La escritura es, o debería ser, un ejercicio de libertad absoluta”

 

Ray Loriga mantiene desde los 90 su nombre cincelado con mayúsculas en la historia reciente de la literatura española. ¿Y Daniel Jiménez? ¿dónde se coloca el listón?

Ray Loriga se ha ganado a pulso el que su nombre forme parte de la historia de la literatura española. Como ha dicho él mismo, cuando uno empieza a escribir pretende llegar a ser uno de los mejores; si no para qué hacerlo. El problema, como también dice Ray, es que los nombres se olvidan en los cócteles. Lo importante, por lo tanto, son las obras. Ellas deben ser capaces de sostenerse por sí solas.

 

Esa tendencia actual al cóctel de géneros literarios en las obras de ficción, ¿es un camino aún con mucho por explorar o ya parece que todo el campo está trillado?

Depende del talento y la destreza del autor el que una novela de esas características parezca novedosa o repetitiva, estimulante o aburrida. La literatura es un campo de maniobras y a veces, como parece ser en estos momentos, se da el caso de que muchos escritores estamos ejercitándonos con las mismas armas y las mismas estrategias. Para un escritor plagiarista, esto no es algo forzosamente negativo; más bien al contrario.

 

El hecho literario es el verdadero trasfondo de su novela, más allá de la ‘anécdota’ de la muerte prematura de Loriga. ¿Cómo lo afronta cada vez que asume el riesgo de un nuevo proyecto literario?

Escribir es un oficio arriesgado per se. Es temerario, deficitario y solitario. Cada vez que me siento a escribir me planteo su necesidad, su utilidad y su pertinencia. Pero nunca llego a ninguna conclusión satisfactoria. Por eso sigo escribiendo. Y lo seguiré haciendo con la misma ilusión, el mismo temor y la misma expectación que siento al despertarme cada mañana.

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