Este 31 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Raúl Alfonsín, y como cada año se sucederán las notas en las que se recordará su accionar al frente de la Presidencia de la República, su férreo trabajo en pos de la defensa de la democracia, su trabajo cono defensor de los derechos humanos durante la dictadura trabajando desde la Asociación Permanente por los Derechos Humanos, e incluso habrá quienes escribirán para criticar su política económica, habrá de todo por estos días, más aún por cumplirse la primer década de su fallecimiento y como somos tan adeptos a resaltar los aniversarios múltiplos de cinco, encontraremos de todo.

Pero queremos aprovechar esta fecha para rescatar otra faceta del Presidente Alfonsín. Queremos rescatar una anécdota de cuando Alfonsín ya no era Presidente de la República y debió soportar que se lo juzgara, de manera errónea e injusta, en medio de la crisis de 2001. En aquella época arreciaban las críticas a los políticos por doquier, y cualquiera se sentía con la liberta de juzgar, sin prueba alguna, la honorabilidad de las personas, pero como dijera el propio Alfonsín, ‘la bandera de la libertad sola no sirve, es mentira, no existe la libertad sin justicia. Es la libertad de morirse de hambre, la libertad del zorro libre, en el gallinero libre, para comerse con absoluta libertad las gallinas libres’.

Cuando murió Alfonsín, la crónica que retrataba a su histórico custodio Daniel Tardivo dio cuenta de una anécdota memorable, decía entonces el Diario La Nación que ‘el guardián sentía la renovada bronca de Alfonsín. «Que se vayan todos, que se vayan todos -repetía entre dientes Raúl cuando escuchaba los cánticos. ¡No somos todos iguales! » Ya residía en el octavo piso de un edificio de departamentos de la avenida Santa Fe. En el quinto tenía sus oficinas. La Argentina era un polvorín y no había distingos: todos los políticos eran acusados de ineptos y de ladrones. Alguien avisó por teléfono a Tardivo que había una manifestación frente al domicilio de don Raúl. «Voy a bajar, Danielito», le advirtió. Tardivo manejaba lentamente el coche y trataba de disuadirlo. «No, voy a bajar igual, ¿sabés? -insistía Alfonsín, lleno de ira-. Pará acá. ¡Pará ya mismo! » Cuando Daniel dobló en la esquina, Alfonsín levantó la traba y abrió la puerta. El custodio tuvo que frenar para que el ex presidente no se lastimara. Alfonsín salió con ánimos de plantar cara y, si era necesario, agarrarse a piñas. Tardivo dio aviso por radio y se tiró desesperadamente a tierra para cubrirlo y sacarlo del tumulto. Eran ochenta contra dos. Los exaltados lo insultaban y Alfonsín les devolvía el obsequio con argumentos gritados y también con puteadas largas. Tardivo se había puesto en el medio, pero no podía impedir que le pegaran por detrás: el caudillo recibió patadas en los tobillos y trompadas en los riñones. Su custodio lo arrastró como pudo, y vio que aparecía un patrullero, y en un impulso lo metió en el edificio y cerró la puerta.’

La historia había puesto a Alfonsín frente a los zorros libres que creían que contaban con la libertad de hacer lo que quisieran, pero le plantó cara a la situación y como aquel 2 de abril de 1987 cuando se plantó en el púlpito de la Iglesia Stella Maris y le exigió al cobarde de Monseñor Medina que si contaba con pruebas sobre casos de corrupción las presentara ante la justicia o cuando resignó su cargo y planteó, entre sus pocas exigencias previas al traspaso de mando, ‘en esta verdadera orgía de calumnias que estamos viviendo, que se debe en buena medida al hecho de que las reglas jurídicas vigentes no garantizan la defensa adecuada del honor personal quiero decir, digo en cuanto a esto, que se habla de la corrupción, que quién tenga pruebas acuda a la justicia. Nosotros lo acompañaremos. Quién no tenga pruebas acuda a la fiscalía de investigaciones, porque estaremos detrás para procesar al sinvergüenza. Pero quién diga simplemente por cualquier medio que hay corrupción vagamente, sin hacer la imputación que corresponda ante la justicia o ante la fiscalía para detener al sinvergüenza, es en sí un sinvergüenza’.

Por eso Alfonsín es un ejemplo, porque tuvo el coraje de decir las cosas, pero fundamentalmente, porque supo hacer las cosas como se debían hacer, de manera honesta.

Cuando hoy en día muchos hacen de la honestidad una cualidad distintiva la figura de Raúl Alfonsín se engrandece día a día, y no solo por como dice la imagen que todos hemos compartido respecto a que no tuvimos que acompañarlo a ningún tribunal de justicia, sino porque con su proceder y sus valores es un faro de referencia para vivir la vida, fiel a los principios y los valores, poniendo el valor de lo colectivo por sobre el reconocimiento individual, haciendo las cosas que se deben hacer de la manera que se deben hacer, sin importarnos los votos, importándonos el futuro de nuestros hijos.

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