Nadie puede decir que Rafael Nadal no se moja cuando vienen mal dadas. Si un temporal arrasa las Islas Baleares ahí está él como el primero, achicando agua y barriendo lodos con una escoba. Si estalla una epidemia de dimensiones bíblicas, no duda en ponerse en primera línea de combate y recaudar fondos para los afectados junto a otros grandes de nuestro deporte, como su amigo Pau Gasol. Por encima de sus ideas políticas, que las tiene como cualquier otro hijo de vecino, es un hombre que suele hablar con inteligencia y sensatez, dos cualidades que por desgracia parecen escasear en buena parte de nuestra clase política cainita y descerebrada.

Hoy el titán de Manacor, el mejor deportista español de todos los tiempos, ha concedido una entrevista al diario El País en la que envía un revés de derecha a todo aquel que esté teniendo malas tentaciones de sacar la tijera implacable, como ya hizo Mariano Rajoy en 2012, cuando con solo 20 decretos, y en apenas dos horas de trámite parlamentario, acometió la mayor operación de demolición de los servicios sociales de la historia de la democracia al rebajar en 10.000 millones de euros el gasto en Educación y en Sanidad. “Tenemos un buen Estado de Bienestar que debemos proteger más que nunca porque viene una situación económica y social muy dura en la que va a sufrir mucha gente”, asegura Rafa Nadal. Touché.

Todavía no hemos superado el brote epidémico y la patronal y las derechas ya están lanzando al viento sus primeras cantinelas neoliberales, preludio de lo que está por venir. Pablo Casado, aunque no se lo haya dicho abiertamente a Carlos Alsina en su tercer grado radiofónico matinal, está barajando aceptar un rescate de España por parte de la Unión Europea que endeudaría a nuestro país para varias generaciones, tal como ya le ocurrió a Grecia en el año 2008. Por su parte, Antonio Garamendi, presidente de los empresarios españoles de la CEOE, ya reclama contención del gasto y el déficit públicos, moderación en los salarios y flexibilidad laboral para que las empresas puedan despedir libremente y afrontar la ruina económica que se nos viene encima. De Vox qué se puede decir a estas alturas más que está en contra de un impuesto a los ricos y de un ingreso vital mínimo para millones de personas en apuros al considerar que esas medidas para “subvencionados y chiringuitos socialistas” son propias de gobiernos bolivarianos (la Iglesia católica, por cierto, va en esa misma línea ideológica).

“Muchos van a perder sus empleos y hay que ser solidarios; se debe ayudar desde todos los sectores, laborales y empresariales, el Gobierno… Todos debemos ser solidarios. Si las empresas no están protegidas, los trabajadores tampoco van a estarlo. Hay que encontrar un equilibrio para poder seguir viviendo en un país que, en mi opinión, es admirado en la mayor parte del mundo”, asegura Nadal, a quien por momentos dan ganas de quitarle la indumentaria de tenista, sacarlo de Roland Garros y meterlo en política para que ponga un poco de cordura entre el personal. “Tendremos que volver a esforzarnos para volver a ser un país de destino, porque nuestro turismo es un motor y ahora está totalmente destruido. Tendremos que reinventarnos y saber hacer buenas campañas de publicidad y saber vendernos otra vez bien. No podemos infravalorarnos. Tenemos que proyectar confianza hacia el exterior porque de lo contrario vamos a sufrir muchísimo. Tenemos que trabajar desde ya en esto”, explica el campeón de la raqueta.

La política debería ser esa actividad humana decente hecha por líderes razonables y sensibles a los problemas cotidianos de la gente. Lamentablemente ya todo es circo, retórica vacía y farándula. Quedan pocos estadistas de verdad. Los vocingleros y exaltados han sustituido a los buenos cerebros de la Transición. Rafa Nadal, con su elegancia deportiva natural, su fair play esencial para el respeto a las reglas del juego, su compromiso social y sus ideas tan claras como una mañana soleada sobre la tierra batida en las pistas de París, ha puesto una vez más la bola en el ángulo perfecto, lejos del alcance de los lentos de reflejos. Sin más Estado de Bienestar, sin una mejor Sanidad pública que la que ahora tenemos –que por cierto no era la más potente del mundo, tal como nos habían contado−, España está predestinada al desastre y a una catástrofe humanitaria sin precedentes. El final de ese partido de infarto con match ball incluido lo está viendo venir nuestro mejor tenista. Sin duda, nos hacen falta más nadales y gasoles nobles y arremangados y menos fanáticos que no hacen más que ladrar con rabia, fuera de sí, en medio del apocalipsis.

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