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Quisicosa

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Había una vez, en una granja cercana, una familia de granjeros que gustaban de dar paseos por el campo. En uno de esos paseos, la hija pequeña, Marianela, vio lo que parecía un pequeño cachorro de perro, acurrucado al pie de la senda por la que transitaba. Sin pensárselo dos veces, la niña se agachó y recogió al cachorro, lo arrulló como si fuera un bebé y se lo llevó en su regazo hasta la granja.

Al llegar, el padre de Marianela le dijo que no era un perro sino una cría de zorro y que probablemente moriría porque se lo había quitado a su madre y era tan pequeño que sin leche no sobreviviría. La casualidad hizo que esa misma tarde, una de las cerdas que transitaban libres entre las encinas de la granja, se pusiera de parto. Al padre, se le ocurrió que, igual si dejaban al cachorro de zorro entre los cerdos recién nacidos, la cerda no se daría cuenta y amamantaría al pequeño zorro como si fuera uno de sus hijos. Así lo hicieron. Tras la venida al mundo de la cuarta de las crías de la cerda, colocaron al pequeño zorro junto al resto de marranos. Luego vinieron un quinto, un sexto y hasta un décimo cerdito.

No se sabe si la casualidad o la propia naturaleza, pero el caso es que la cerda acogió como uno más al pequeño zorro al que cuidaba y daba de mamar como a los demás de sus hijos.

Pasaron los meses y los cerdos y el zorro fueron creciendo. Los cerdos, a los tres meses, ya eran más grandes que el zorro, pero todos parecían participar en los mismos juegos y vivir de la misma forma. El zorro parecía uno más de los cerditos. Es más, tal y cómo se comportaba, el granjero estaba convencido de que el zorro se creía uno más de la piara.

Llegó el tiempo en el que los cerdos eran tres veces en tamaño que la zorra. Y mientras sus hermanos vagaban por la dehesa entre encinas buscando bellotas, la pequeña raposa, parecía tener más apego por correr tras de las gallinas, las perdices o rebuscar entre la hierba huevos de codorniz o de cualquier otra especie que anidara en el suelo. Los otros cerdos, sus hermanos, con los que se había criado, no entendían el extraño comportamiento de ese deudo que, aunque era bastante más pequeño, tenía otro color y hasta otra forma, era uno de ellos. Había nacido de la misma madre, se había alimentado de la misma leche y había recibido las mismas enseñanzas que ellos. Sin embargo, no le gustaban las bellotas, no le gustaba el grano que Marianela les echaba entre las encinas para que lo degustaran y no le gustaba escarbar con su hocico en busca de jugosos brotes subterráneos. Para ella, era más divertido meterse a hurtadillas en la cochera, en busca del comedero de los perros, matar y desplumar pollos, y sobre todo, entrar en el gallinero en busca de las delicatessen que ponían las gallinas.

Marianela, se enfadaba muchísimo con la zorra. Porque aunque se la había encontrado en el bosque, como su padre la había puesto a mamar de la cerda y esta no la había rechazado, en su interior quería que la raposa se comportara como un cerdo. Y eso, era imposible. Por muy cerdo que se creyera, por mucho que quisiera y jugara con sus hermanos cochinos, la zorra, seguía siendo zorro y se comportaba como lo que era, un depredador.

Cuando el granjero, harto de perder gallinas, comprendió que no se puede luchar contra la naturaleza y que una vulpeja no es una cochina y que por mucha leche de cerda que haya mamado, por mucha crianza con otros cerdos y por mucho que la zorra siguiera a su madre adoptiva como uno más de sus hermanos cochinos, un zorro es un depredador y no un cerdo.

Una mañana, sin que Marianela lo supiera, ató a la raposa con una cuerda, la subió en la caja de la pickup y emprendió camino rumbo a la sierra. Llegado a uno de los senderos a más de sesenta kilómetros de la granja, emprendieron andando una ligera subida rumbo a la cima. Cuando llevaban una hora de camino, más o menos, sacó unos huevos de la mochila, los colocó junto al tronco de una robusta haya, le quitó la cuerda a la zorra y dejó que degustara el rico manjar.

Cuando el animal, terminó de degustar la docena y media de huevos que el padre de Marianela le había puesto en el tronco, se encontró con que el granjero ya no estaba en los alrededores. Intentó seguir su olor, pero la fina lluvia que había empezado a caer, disipaba con rapidez el rastro del granjero.

Cuando en uno de los claros, vio a varios animales comiendo del cadáver de un pequeño corzo, se sintió atraída por el olor. Se acercó con mucho reparo. Uno de los que comían, dejó de hacerlo y gruñendo, la enseñó sus dientes. Pero tras olerla el trasero, pareció perder interés por la comida y comenzó a centrarse en ella.

Pronto, aquellos animales que comían aquello que parecía atraerla también a ella, se convirtieron en su nueva familia.

*****

Quisicosa

 Instagram es mi pastor, nada me falta.
 Salmo 33.
  
 «La educación es nuestro pasaporte para el futuro, porque el mañana pertenece a la gente que se prepara para el hoy»
 Malcom X
  
 «La filosofía del aula, en una generación, será la filosofía del gobierno en la siguiente»
 Abraham Lincoln
   

Cada vez que hay elecciones y no logramos convencer al electorado, plumillas cantamañanas, sociólogos de pacotilla y politólogos del Reader’s Digest presentan sesudos análisis que intentan explicar la derrota y cuya única solución siempre es que no hay diálogo ni autocrítica.

Antes de seguir, voy a recordar que este artículo no es un trabajo de doctorado, ni tiene ninguna base científica. Simplemente es una opinión y advierto que ya sé, de antemano, que a muchos de mis compañeros ideológicos no les va a gustar.

Pasados cuatro días desde las elecciones en Madrid, me encuentro con un artículo en ElPlural.es en el que dicen que según el último barómetro del CIS, el 58 % de los madrileños se sitúan en la escala política a la izquierda del cinco (siendo 1 la extrema izquierda y 10 los fascistas de extrema derecha).

Por otra parte, en el periódico global leo un artículo en el que se entrevista a dos chavales de Fuenlabrada que, según sus propias declaraciones, se consideran «de izquierdas pero no de extremo» y que han votado a Nuestra Señora de Chucky pepera, en nombre de la libertad. Claro que en esa misma entrevista, ellos mismos dicen no entender mucho de la vida, ser todavía unos críos y haber votado por la libertad de «poder salir, ir a los bares, reunirse con los amigos,…»

Lo primero que me vino a la cabeza tras leer el artículo fue, si eres un crío y no entiendes mucho, ¿cómo sabes que eres de izquierdas? Si no sabes nada de economía, de justicia social, si no te interesan los servicios públicos, si no crees en los derechos y sobre todo en las obligaciones con la sociedad, ¿cómo coño sabes que eres de izquierdas? ¿Por qué le has oído a tu padre decirlo en casa? ¿Por qué tienes algún conocido homosexual con el que hablas de vez en cuando? ¿Por qué no te importan los negros o los magrebíes siempre que no sean la pareja de tu hermana?

Hemos creado una sociedad infantiloide que sólo cree en derechos. Los chavales no ven la TV y se mueven a través de la red. Instagram y Twitter son “su pastor y nada les falta”.

Vistos los resultados, elección tras elección, la constante hijoputez de validar con el voto las políticas de empobrecimiento, de descontrol, corrupción y como en el caso de Madrid, muerte de 8000 ancianos por dejación, visto el empeño que tiene el pueblo que se considera de izquierdas en votar una y otra vez al PSOE, responsable directo de las políticas económicas que acabaron con los derechos de los trabajadores, que acabaron con la dignidad de las pensiones, que introdujeron las ETTs en el mercado de trabajo, que comenzaron con las puertas giratorias en las empresas que antes nos habían quitado a todos nosotros para dárselas al capital privado, que convirtieron a España en el chiringuito de Europa, empiezo a pensar que estamos equivocando el discurso y que en esta sociedad egocéntrica, yonqui del consumo y acostumbrada a confundir deseo con realidad, costumbre con derechos y a no importarle más allá del día a día, no podemos introducir derechos, sanidad o educación pública, pensiones o vivienda pública como ofertas de programa electoral porque, al parecer eso le importa una mierda a una gran mayoría de los ciudadanos o más bien, sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando atruena. El sábado hubo una manifestación en Arganzuela contra unas chimeneas industriales que han instalado junto a un colegio con más de 900 niños, un parque y numerosas viviendas. Cuatro días antes el 51,1 % en ese barrio, votaban a los partidos de la extrema derecha (el 40,7 % al partido responsable de la tropelía). Como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Nos estamos enfrascando en discursos de la izquierda del año 78 sin darnos cuenta que gracias a la educación concertada, a la puñetera televisión, las redes, al consumismo y a una educación de los niños sin valores, sin establecer límites o negativas (todavía recuerdo aquello que me decían en la guardería cuando mi hijo era pequeño de que a los niños no se les puede decir que no porque se traumatizan), la sociedad de hoy se parece poco o nada a la de los años 70 del pasado siglo. Los chavales no saben ni quién era Franco, y muchos de sus padres tampoco porque jamás llegaron a estudiar esa parte de la historia en el instituto. Todos ellos, chavales y padres cuarentones, están tan acostumbrados a conseguir lo que quieren y tan ipso facto, que les importa una mierda que jamás vayan a poder comprarse una vivienda, tener un trabajo fijo, un salario decente, un médico que les cure cuando lo necesiten o una jubilación. Porque lo ven todo tan lejano que no son conscientes de lo que han perdido sin ni siquiera llegarlo a tener.

¿Qué es ser de izquierdas en el año 2021? Muchos de ese 58 % que se considera de izquierdas y que han votado al PSOE, a Mas.Madrid o incluso al PP, consideran su ideología en función de valores que el PSOE y los medios de la caverna franquista ha vendido como medidas de extrema izquierda y que sin embargo en el resto de Europa fueron ofertadas por la democracia cristiana. Estar a favor del divorcio, del aborto e incluso de la eutanasia, no es ser de izquierdas. Ser socio de la Cruz Roja, tener apadrinado un niño indio, no ver mal la igualdad de la mujer, ser contrario al maltrato animal, comprar productos ecológicos, reciclar la basura, o tener un coche eléctrico no es ser de izquierdas. Al menos como hemos entendido la izquierda tradicionalmente.

Las elecciones, al final no son otra cosa que una campaña publicitaria. Y al igual que no puedes ir a las Ventas a pedir el voto en una corrida de toros, proponiendo la eliminación de ese espectáculo, desgraciadamente no les puedes decir a esos padres que en gran mayoría llevan a sus hijos a colegios privados concertados, porque así creen evitar que sus hijos se junten con la chusma, que vas a suprimir el concierto sin antes haber asentado la idea de que la igualdad de oportunidades se basa en que todos puedan estudiar independientemente de las condiciones económicas de los padres y que sólo en los colegios públicos se garantiza la libertad en la enseñanza. No puedes mostrar simpatía (puedes hacer como la derecha, obviarlo y luego si gobiernas hacer lo que crees conveniente) con el movimiento ocupa en medio de una campaña de publicidad en constante bombardeo a través de la TV, la radio y la prensa franquista de miedo a la ocupación, sin antes haber asentado en la sociedad que la vivienda es un derecho y no un bien de especulación, por mucha propiedad privada que sea. No puedes cerrar barrios, pueblos, ciudades o autonomías con la excusa de que es para evitar aglomeraciones y con ello la expansión del virus, mientras obligas a los chavales a ir a clase en un metro o autobús atestado de gente. No puedes obligarles a que se queden en casa, mientras los sobrinos del rey pululan por España con absoluta impunidad, tú vas por ahí a dar mítines o mientras dejas que Madrid se llene de franceses. No puedes dejar, por miedo a la prensa canalla, que una presidenta de una Comunidad se te enfrente día a día, incumpliendo los acuerdos tomados por todos respecto a la pandemia, porque al final, quienes no están duchos en el tema de la legalidad y las competencias, lo que verán es que tu no les dejas salir de casa, salvo para ir a trabajar, que lo de las aglomeraciones es en coño de la Bernarda y que es ella, es la nueva Willian Wallance que les guía hacia la libertad.

En este país, no le puedes recordar a la gente sus miserias. Ni demostrar que eres más listo. Y sobre todo, no puedes hacer notar que eres un peligro para quienes cortan el bacalao. Porque te pasará como a Pablo Iglesias que, a base de una campaña constante de desacreditación en la que volverán contra ti hasta tus propias debilidades como intentar tener una vida mejor para tu familia lejos de la ciudad, acabarás siendo querido por una pequeña parte de personas y odiado por una gran mayoría. Desde la izquierda, por envida, a la derecha por envidia y recelo. Resultó que, harto de tener cien cafres todos los días en la puerta de su casa, sin que la policía hiciera nada (si hubiera sido a Rajoy, habrían estado allí media hora), sin que la fiscalía tomara cartas en el asunto y sin que los jueces aplicaran la Constitución y protegieran sus derechos y los de sus hijos, harto de las infidelidades de Pedro Sánchez y de ese partido que jamás va a hacer nada por la gente sin que los poderosos den permiso, harto de ser el punching ball de la prensa cicuta, Iglesias decidió dejar la política, no sin antes prestar un último servicio a su partido presentándose a las elecciones de Madrid para que no peligrara su exclusión del parlamento. Y sí, resulto que mejoró los resultados de las últimas autonómicas pero que también fuera un revulsivo para que su innumerable club de haters acudiera en masa a votar contra él y a favor de la Chucky pepera, su archienemiga.

¿Madrid es fascista? ¿España es fascista? Desde mi punto de vista España, salvo raras excepciones, es un país aborregado, lleno de gentes insulsas, obsesas del consumo y con un alto grado de egoísmo y egocentrismo que creen que la libertad es hacer lo que a uno le sale de los cataplines, sin ninguna clase de empatía hacia los demás y con un alto grado de ignorancia social que llevamos en el ADN tras siglos y siglos de una iglesia metomentodo, de una educación en valores antisociales y de sumisión señorial. España sigue siendo aquella que se levantó contra la ilustración francesa para poner a un corrupto sátrapa absolutista (el Mastuerzo) en el trono después de habernos vendido precisamente a los franceses.

Y un aviso. Decía Arnaldo Otegui en un mitin en Anoeta unos días después de cumplir su condena de 6 años, que ellos (EH-Bildu) estaban dispuestos a colaborar en la democratización del estado con otras fuerzas de izquierda, pero que si se demostrara que es imposible esa democratización, al final la única salida sería la independencia de las distintas nacionalidades. En Madrid acaban de ganar con mayoría absoluta los fascistas (la falangista y los del moco verde). Es muy posible que dado el clima manipulador de la prensa casposa, y la constante insistencia de alguna izquierda de difundir todos los días en las redes las manipulaciones de la derecha y su brazo ejecutor, la prensa franquista, si hay elecciones adelantadas, vuelvan al gobierno de la nación. Pero hay un dato objetivo. En Euskadi y Cataluña cada vez son más residuales los fascistas españoles. El PP es una fábrica de hacer nacionalistas tanto en Cataluña, como en Euskadi. Así que, de seguir así, en unos años, esos de la España, una y no cincuenta y una, acabarán perdiendo Euskadi y Cataluña como perdieron Cuba, Filipinas y el protectorado marroquí.

Siempre inventarán algo a lo que aferrarse para eliminar culpas. Que al pueblo le preocupe más la independencia de quién no quiere formar parte del mismo club, que tener futuro como ser humano, debería hacernos pensar en que sociedad enferma vivimos.

La única forma de ganar elecciones es pudiendo educar en la libertad y en el debate, en la importancia de la justicia social para evitar que nadie quede fuera del sistema, … Y justamente la educación es lo primero que se cargó el PSOE y lo segundo en controlar el PP, después de haber convertido el poder impunicial en la jauría de sus perros guardianes.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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1 Comentario

  1. La gente no vota a la izquierda (no incluyo al PSOE que según algunos no es de izquierda) porque allí donde la izquierda de verdad alcanza el poder y pone en practica sus programas intervencionistas la libertad se termina y la economía se hunde. Como en Venezuela donde la inflación alcanzó el pasado año el 4000%.

    Que los defensores de la izquierda citen a Otegi como «hombre de paz» y compartan el proyecto nacionalista de convertir a España en una nueva Yugoslavia segregando a los españoles por etnias (una nación para cada «pueblo») como allí sucedió, tampoco contribuye a hacer atractivo para muchos votar a la izquierda.

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