Por lo visto, las derechas tienen prisa por pasar página cuanto antes al drama del coronavirus. El “trifachito” madrileño se ha propuesto saltarse a la torera el estado de alarma y abrir la capital de una vez por todas para que la gente se eche a la calle, los comercios reanuden sus negocios y fluya otra vez el dinero. “Alegría, alegría, el virus ya es historia”. Esa es la última consigna ultraliberal que ha calado en mucha gente. Sociológicamente, la cosa es tal cual como en Tiburón, el clásico de Spielberg en el que un alcalde desalmado se empeña en abrir al público las playas de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra en contra de la opinión de los expertos, mientras el monstruo babea ante el festín de bañistas que se prepara ante sus ojos de un vacío frío y negro. Todo aquel que ha visto la terrorífica película sabe cómo acaba la historia y no tiene más que sustituir al político yanqui por Martínez-Almeida y al bichejo verde coronado por el escualo, que no escuálido, como dirían los ágrafos de Twitter.

Uno de cada cinco españoles saldrá depresivo del confinamiento, de modo que muchos están dispuestos a dejarse arrastrar por los delirios ultraderechistas e incluso dan por buena una virulenta neumonía a cambio de una bocanada de aire fresco, una carrerita a orillas del Manzanares o un paseo en bici por El Retiro. El mensaje ultra de que el Gobierno es un ente comunista, totalitario y paternalista, una especie de Gran Hermano orwelliano que pretende secuestrar la libertad y los derechos de los ciudadanos, ha calado hondo. Las derechas lo saben y ya han empezado el macabro juego de las presiones. La patronal, la banca y el Íbex35 presionan Vox; Vox presiona a la derechita cobarde, o sea PP/Ciudadanos; y estos a su vez presionan al ministro de Sanidad, Salvador Illa, que al final es quien se come el marrón y la dura papeleta de levantar el confinamiento para que sea lo que Dios quiera.

No es España un país caracterizado por el cumplimiento de las normas, el respeto al bien común y el civismo con los prójimos. Aprendemos a base de multas y garrotazos. Si podemos eludir impuestos los eludimos. Si nos dan la oportunidad de escaquearnos del trabajo lo hacemos. Y si podemos dársela con queso al vecino le sacamos hasta los ojos. A diferencia de las sociedades protestantes, la picaresca forjada a la sombra del cura y el señorito (como en el Lazarillo de Tormes) forma parte de nuestro ADN, como ya se ha podido comprobar estos días de cruda reclusión en los hogares. Mientras una buena parte de honrados y respetuosos ciudadanos (la mayoría sin duda) guardaba la cuarentena con diligencia, otros (no pocos) subían al coche y se escapaban a la sierra o a la costa, abrían clandestinamente las trastiendas de los bares (como en los años de la Ley Seca americana) o se compraban un chucho por Internet para engañar a la policía y poder salir a pasear. Nos guste o no, así es este pueblo que lleva la calle en las venas, la taberna en la cabeza y el cachondeo en la sangre. Un escandinavo puede estar un año encerrado en su cabaña, en medio de la más absoluta oscuridad, y terminar suicidándose sin importunar al Estado ni saltarse una sola norma. Un español no. Un español es ingobernable e irredento, obstinado y montaraz. Antes de volverse loco o sentirse esclavo se salta la ley, sale a la calle con furia y con rabia, en medio de la peste, y monta una romería, una Verbena de la Paloma o un Motín de Aranjuez, si hace falta.

Somos una estirpe fenicia, pillos por necesidad y golfos por historia y tradición. Cómo habrá visto el desmadre de Madrid Francisco Igea, vicepresidente de Castilla y León, que resignado ha terminado por afirmar: “Es algo que nunca pensaría tener que decir en mi vida política, pero me asombra decir que Quim Torra ha sido más sensato. No diré más”. Y tras alabar la gestión paciente y sensata de la Generalitat de Cataluña en la “desescalada”, ha añadido otro par de verdades como puños: “No sé en qué país vivimos, no sé si hay alguien consciente de que nos hemos jugado la vida de miles de españoles, no sé sí hay alguien que quiera ser responsable”.

De haber un rebrote de la pandemia, Dios no lo quiera, esta vez no será culpa de Fernando Simón y su equipo de sesudos expertos, sino de esos políticos que llenan la cabeza de pájaros al personal y también de nosotros mismos, el pueblo, los españolitos siempre maltratados e irracionales y siempre dispuestos a jugarse la vida por unas cuantas monedas del patrón o un par de cañas en la tasca de al lado. A fin de cuentas, de algo hay que morir.

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2 Comentarios

  1. Es triste y más que obvio que hace falta otro gran “hostión” y si es posible ( que no lo deseo ) mueran un par de famosillos en su triste a para levantar conciencia social. Da igual España que Los Ángeles que Lis Países Bajos. La media intelectual del humano medio es muy baja. Se ha demostrado una y otra vez.

  2. Estoooo, ¿y qué tiene que ver todo esto del coronavirus, y su forma de infectar, con un paseo en bici?

    ¿Estos gobernantes están dotados de más de una neurona?

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