Woody Allen las está pasando canutas para estrenar su nueva película. Y eso es una mala noticia. La polémica que rodea al cineasta al reavivarse la acusación de abusos a la hija adoptiva de su expareja Mia Farrow, con el impulso del movimiento #metoo, lo ha convertido en persona non grata para una industria que no se la juega. Y menos aún quiere arriesgarse Amazon Studios, ahora que está empezando con las grandes producciones, así que ahí anda, mareando la perdiz para evitar el estreno de Día lluvioso en Nueva York. Muchos han lamentado esa decisión, al tratarse de uno de los grandes cineastas de las últimas décadas. Sin embargo, ese detalle no debe ser relevante. No debería serlo a la hora de condenar a Allen o a cualquier otra persona si ha cometido un delito, pero tampoco debería ser relevante para condenar a una persona “por parecer culpable”.

[Estoy tecleando estas líneas cuando me salta el aviso de noticias y leo que una modelo afirma haber tenido una relación con Woody Allen a lo largo de varios años cuando era menor de edad. Lo aparco y sigo. Los escándalos, de uno en uno.]

Podemos admirar a Woody Allen o podemos despreciar su cine. Incluso, si es que nos sirve de algo, podemos despreciarlo personalmente. Pero desde que fuera denunciado por este asunto en agosto de 1992, no ha habido ninguna sentencia condenatoria; de hecho, ha sido absuelto. Dos veces. La actitud que existe hacia él, no obstante, es la de obviar los tribunales y condenarlo en la plaza pública que hoy suponen las redes sociales. Y esa moda, con visos de convertirse en tendencia, empieza a ser peligrosa.

En el centro del empedrado, atado a un palo, Allen ha sido juzgado y condenado por esa turba anónima, furiosa y digital con la que resulta imposible dialogar. Pero cuidado, porque se está condenando a alguien por suposición, por impresión, como cuando nos cambiamos de acera o agarramos bien el bolso porque el tipo de la sudadera con andares de rapero con el que vamos a cruzarnos nos da mala espina. Igual es el dueño de una multinacional informática y tiene dinero para enterrarnos en calderilla, pero nos fiamos de nuestra primera impresión.

“Esa presunción de inocencia, rasgo como pocos de civismo y madurez democrática, parece que ahora no es válida para según qué delitos o según qué sospechosos”

Puede que Allen abusara de su hija. Puede que no. Puede que Mia Farrow la animara a contar un bulo, como aseguran dos de sus hijos. O puede que sufriera más que nadie. El que suscribe estas líneas no estuvo allí, en aquellos azarosos días de la pareja Allen-Farrow. Sí estuvieron otras personas, y parece haber tantas declaraciones que defienden que se dieron esos abusos como las que apoyan la teoría de manipulación por parte de la actriz.

Pero entra de pronto un nuevo personaje a escena. La modelo Babi Christina Engelhardt afirma haber mantenido una relación con el actor y director durante ocho años —desde 1976 hasta 1984—, cuando ella era aún menor de edad (entre los 16 y los 25). Eso sí, no lo cuentan en plan denuncia sino para recordar una historia de amor que fue crucial para ella. De hecho, solo tiene buenas palabras hacia Allen, y no quiere saber nada del movimiento #Metoo. Suena raro. Pero la noticia es fresca y parcial, y aún no deberíamos tomar posiciones. Aunque indudablemente muchos, demasiados, no esperarán. Porque Allen “parece” culpable.

Y con ello no puedo evitar recordar la maravillosa obra de Reginald Rose Doce hombres sin piedad (la versión de Estudio Uno, con Rodero y Bódalo, y que me perdone Henry Fonda), que nos advierte sobre lo fácil que es decidir la culpabilidad de una persona cuando nos dejamos llevar por los prejuicios. “¿Y si existe una mínima posibilidad de que sea inocente?”, pregunta el único personaje que se opone a condenar a la ligera al acusado, e insiste: “¿No deberíamos estar completamente seguros antes de mandarlo a la silla eléctrica?”.

Estos párrafos no pretenden ser una defensa de Woody Allen, sino del acuerdo social al que todos estamos sujetos y sin el cual acabaríamos apedreando a las adúlteras, amputando miembros a los ladrones o lanzando al vacío a los homosexuales. Se supone que hemos aceptado el juego tácito del sistema democrático, en el que una persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario. Y eso sí que deberíamos defenderlo, porque mañana podemos ser cualquier otra persona la “sospechosa de ser sospechosa”. No podemos volcar el tablero, porque esa presunción de inocencia, rasgo como pocos de civismo y madurez democrática, parece que ahora no es válida para según qué delitos o según qué sospechosos. Ahora son ellos los que tienen que defenderse cuando son arrastrados a la plaza pública para ser condenados culpables hasta que demuestren lo contrario; aunque en realidad nadie en esa plaza esté dispuesto a escuchar ningún alegato que contradiga el dictamen ya adoptado.

Pero de arrogarse el papel de juez y jurado a querer ejercer el de verdugo dista poco. Un impulso. Un grito incendiario. Y es cuando empieza a amanecer con falsos culpables colgando de los árboles. Aunque sean digitales. Por eso, más que ninguna razón artística, #quieroverlaúltimapelículadeWoodyAllen.

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