Todos los días me despierto con la radio. Siempre me ha gustado. Es una agradable sensación que estas voces que forman parte de tu vida se vayan imponiendo al sueño y te vayan depositando en la vida real. Un pequeño empujón que te sitúa en tu día a día, como una de esas liebres que se utilizan en atletismo para alcanzar el ritmo deseado.

Pero durante los últimos días, me estoy quitando. La voz que se entremezcla con mi sueño sólo aporta negatividad, grandes dosis de mal rollo que van llenando de angustia y ansiedad mi despertar. Hasta ahora, mientras se mezclaban la cal y la arena, me incorporaba a mi vida diaria diluyendo en ella lo que había escuchado y se imponía la rutina que me hacía olvidarlo o, al menos, tomar distancia con todo ello.

Después, si tenía tiempo, leía los periódicos mientras tomaba un café aportando una mirada crítica a la noticias, gracias a que en mi mente ya convivían diferentes tipos de pensamientos provenientes de temas familiares, laborales, personales… Luego, la vorágine de la vida se imponía en sus diferentes frentes provocando una estabilidad emocional difícil de explicar, pero real.

Ahora, cuando me despierto me espera el día de la marmota. Pero cada vez más negativo. En la radio se empeñan en hacer sangre de la desgracia y en ahondar en las guerras partidistas, como si en este momento la ideología fuera la vacuna contra el virus. Hicimos, contra no-hicisteis; hacemos, contra no-estáis-haciendo; hubiéramos-hecho, contra sois-de-los-que-aciertan-las-quinielas-los-lunes… Y así continuamente.

Los periódicos, las televisiones y las redes sociales no se quedan atrás, salvo honrosas excepciones (también en la radio) que son muy de agradecer. Pocas, pero alguna hay.

Antes tenía otras opciones para desconectar, pero ahora estoy enclaustrado como la gran mayoría, salvo los que trabajan para que este país no se pare del todo y a quienes agradezco su esfuerzo y valoro su riesgo.

Necesito y quiero saber la verdad de lo que pasa. Por supuesto. Exijo que me contesten a las famosas 5 w’s del Periodismo… pero no ahora. Porque no puedo hacer nada. No me puedo echar a la calle a protestar, no tengo opciones de votar, no puedo ir a ningún sitio a pedir explicaciones, no puedo hacer una huelga… y tampoco es el momento.

Ahora quiero saber sólo lo necesario que me permita mejorar mi actual vida diaria de enclaustrado. Pero quiero que mis representantes institucionales se encierren (virtualmente) juntos en una clausura como la de los cónclaves vaticanos, para buscar juntos soluciones sin que nada de ello –salvo las decisiones que afecten a mi día a día actual– trascienda hacia mi hasta que todo haya pasado, como en la Capilla Sixtina.

Y para no dejar la ciudad eterna, quiero, pido y exijo que durante esta cuarentena me proporcionen pan y circo, al estilo de la época del Imperio Romano. Quiero que quienes me imponen que me quede en casa (nada que objetar) hagan que mi día a día sea lo más llevadero posible. Porque mientras esto dure no puedo asumir nada más. Ya luego, si eso, veremos si Roma paga a traidores.

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