Probablemente desde su origen, desde que tuvo conciencia de sí mismo y de su propia vida, el ser humano descubrió su fragilidad, su mortalidad y su caducidad como individuo ante un inmenso mundo ignoto.

Alertado quizá por la pérdida de sus seres queridos en primera instancia y de su propio envejecimiento en segunda, el hombre descubrió que tarde o temprano llegaría un momento en que su realidad individual y personal dejaría de existir, por más que lograse sobrevivir a los percances diarios.

Sin embargo, ser consciente de sí mismo fue uno de los hechos más impresionantes de su historia, pues le ayudó a elevarse en la escala animal como el ser más privilegiado de todos los que habitan este planeta.

Muy probablemente esa misma conciencia le llevaría a crear un mundo intangible, el mundo espiritual, o sea, el arte, la magia y la religión y sus divinidades como única vía de escape a su limitación vital, asegurándose de algún modo una inmortalidad que la naturaleza física no podía otorgarle.

Con el paso del tiempo, esa conciencia favorecida por ese mundo espiritual le permitiría evolucionar al margen de su naturaleza animal, pues su cerebro comenzaría a almacenar experiencias individuales que transmitiría a sus congéneres de generación en generación.

De ese modo, generó el conocimiento, un mundo de experiencias acumuladas que cada vez se iría incrementando más, apoyado nuevas experiencias erigidas sobre experiencias pasadas.

Mientras su naturaleza animal evolucionaba relativamente despacio, su capacidad intelectual comenzaba a acelerarse cada vez más. Su naturaleza individual finita tenía que contentarse con la reproducción animal para seguir perpetuándose en sus descendientes, mientras que el conocimiento perduraba generación a generación en la civilización independiente del individuo, como si fuese casi inmortal.

La tecnología desarrollada mediante el conocimiento ayudaría a acelerar aún más la cultura y el saber común, hasta el punto que el ser humano llegaría a olvidar el origen de muchos de esos conocimientos. A olvidar los conocimientos previos que dieron lugar a esos avances, a los propios creadores de los mismos e incluso a usarla sin necesidad de un previo entendimiento de su funcionalidad.

La tecnología le dotaría de una capacidad única, la capacidad de transformar su entorno, su presente y su futuro y, por ende, transformar el entorno de su planeta. Un entorno cada vez más sensible a la evolución humana y menos a la calmosa evolución natural.

Llegado a este punto, el ser humano se dio cuenta que la brecha entre individuo y conocimiento era tal, que se hacía insostenible vivir una existencia tan limitada en un mundo de conocimientos que se hacía cada vez más extenso.

En ese momento sintió verdaderamente la necesidad de perdurar, de vivir al menos más tiempo, pues ya la promesa de la eternidad espiritual le quedaba demasiado corta para su ansia de conocimiento personal.

Mediante el uso de la tecnología editó y modificó el genoma humano retrasando notablemente el envejecimiento celular, tratando de aliviar así esa angustia existencial.

El ser humano comenzó a vivir más y más años, sintiéndose feliz por haber logrado doblegar a la naturaleza creadora y forzar la evolución animal, como si se tratase de una de las antiguas divinidades a las que adoraban sus ancestros.

Pero un buen día comenzó a enfermar de una afección que no tenía cura, pues no era física ni material, y el individuo que sobrepasaba una determinada edad comenzaban a desconectar de la realidad del mundo para convertirse en un “abanto”, en un torpe muerto viviente ante sus congéneres.

Y aunque la ciencia se esforzaba por encontrar una cura, ésta era inviable, pues no era posible alterar tecnológicamente la conciencia humana. La conciencia pertenecía a un mundo espiritual que no era tangible, por lo que no podían intervenir en ella.

Finalmente llegaron a la conclusión que el ser humano es limitado y temporal, y nace y se desarrolla en una época concreta y esa época es la que le dota de sus capacidades para sobrevivir en ella.

Cuando la sobrepasa en exceso no puede seguir viviendo en un mundo en el que la tecnología y el conocimiento siguen evolucionando por encima de su temporalidad, dado que su conciencia fue forjada para vivir otra época pasada.

Resultó que el ser humano pese a ser elástico era fruto de la época de su concepción, por lo que si se trataba de forzar su consciencia, su mente se desconectaba ante la imposibilidad de seguir adaptándose, de seguir aprendiendo, pues ya no comprendía los conocimientos futuros.

Algo así, como tratar cargar la última versión de software en un hardware obsoleto, que hace que todo funcione mal y lo que apenas logra funcionar, lo haga muy lentamente.

Y como en la antigua fábula de “La zorra y las uvas” del griego Esopo, alguien proclamó a los cuatro vientos “pero ¿quién quiere ser inmortal?”, tratando de mantener intacto con un desprecio el orgullo humano ante lo que se le hacía verdaderamente inalcanzable.

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