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“¿Quién no querría darle un palo al sistema?”

El periodista y escritor Javier Márquez Sánchez presenta en ‘A peseta por estampita’ una variopinta galería de personajes e historias cien por cien reales que encumbraron con cariño el arte del pillo

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Periodista, escritor, editor, músico en sus ratos libres, padre primerizo entregado… y sobre todo un apasionado con todo lo que se propone hacer y por supuesto hace. Javier Márquez Sánchez (Sevilla, 1978) le tiene cogida la medida al pillo, ya sea real o de ficción, como pudimos comprobar en 2021 con su última novela, La ciudad de las almas tristes. Ahora, la editorial que codirige junto al también periodista Rodrigo Varona, Muddy Waters Books, presenta A peseta por estampita, con prólogo de Jesús Lens. La caterva de mentirosos más o menos compulsivos, trileros de poca monta y otros que hacen de la engañifa un arte sin derecho a imitación es de tal calibre y suma calidad que sus más de 300 páginas se beben casi como un sorbo del dulzón espirituoso Southern Comfort.

El pillo o estafador, ¿nace o se hace?

Yo creo que “lo” hacen, lo hacen las circunstancias que vive. Aunque inevitablemente tiene que haber un talento innato que creo que es imposible de aprender. Una cosa es la técnica y otra el talento para ejecutarla. Por cierto, que yo eliminaría la “o”: en el libro hablo de pillos estafadores. De los estafadores a secas ya se habla bastante en las páginas de política y economía de los diarios.

¿Por qué existe, a nivel general, una empatía incomprensible hacia el timador en vez de congraciarnos todos a una con la mala suerte de sus víctimas?

Porque, por lo general, ese pillo estafador o timador del que hablo en el libro suele tener como víctima a gente que pretendía aprovecharse de él. La víctima propicia de un estafador es aquella que se cree más lista y que va a ser capaz de sacar duros a pesetas, y el buen estafador deja que lo siga pensando, que se confíe, hasta que de pronto se encuentra desplumada y aún no sabe cómo ha sido. Así que en este caso empatizamos con el malhechor haciendo valer el famoso dicho de que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

Con la excepción, claro está, de aquellos profesionales de la estafa de guante blanco y alto escalafón social y político que atrapan en sus redes a aquellos ciudadanos con demasiados números rojos en su cuenta corriente… ¿no lo cree así?

Claro, eso es. De ahí, por ejemplo, el éxito mundial de La casa de papel. Ahí vamos con los ladrones de cabeza porque en general es gente que lo ha pasado mal o que atraviesa malas rachas y se unen para robar los grandes fondos. No están atracando a un padre de familia sino al propio sistema. ¿Quién no querría darle un palo al sistema?

Si tuviera que elegir la gran estafa de la Historia, ¿se atrevería con alguna en concreto más allá de los casos recogidos en su libro?

Las religiones. No los credos, ojo. Hablo de las religiones como sistemas e instituciones que tergiversan el mensaje original para pegarse la vida padre. Que se haya cogido una figura como Jesucristo, su modo de vida y sus enseñanzas, y dos mil años después tengamos ese pedazo de Vaticano y esos palacios arzobispales y toda la demás monserga… Francamente, aquí alguien le ha dado gato por liebre a los devotos. Y así se acaba cada diciembre celebrando el cumpleaños del salvador de los pobres y los desheredados con opíparos festines. Con un par.

Desde los tiempos del Lazarillo de Tormes, este país se ha identificado de una manera muy especial con un tipo muy sui géneris de timador. ¿Qué peculiaridades tiene el ‘pillo a la española’?

Que es, ante todo, un superviviente. No es un profesional organizado, ni siquiera se plantea que volverá hacerlo, hasta que necesita hacerlo. Desde Lazarillo o Rinconete y Cortadillo hasta Juncal tienen perfiles muy similares, aunque estamos hablando de ficción. Pero en Sevilla, al menos antes, no era difícil encontrarse con perfiles como el de Juncal, el tipo que te da un sablazo hoy en el bar, mañana te intenta colocar un reloj que en realidad es pura filfa… Y lo hace para pagarse una buena cena, que mañana, Dios dirá.

“La gran estafa de la Historia son las religiones. No los credos, ojo”

¿Existe una manera de timar ‘made in Spain’ o al estilo de Los tramposos que no tiene nada que ver con las del boato que nos han exhibido desde Hollywood?

Yo creo que antes sí la había, esa que te comentaba: un timo de supervivencia. Sin violencia, sin arruinar a nadie, solo sacarle lo que lleve en el bolsillo con alguna engañifa. Como el trilero, la estampita o el tocomocho. Pero hoy día la gente no es tan confiada como antes, así que los que se meten al tema van a por grandes botines, a sacarle a la abuela hasta el último euro o cosas así. Y eso ya es mucho más feo. Sobre eso no apetece escribir.

Como indica en la introducción de su libro, los chanchullos de los estafadores de su libro “no acaban con ministros en sus consejos de administración”. Pero éstos sí que son timos y lo demás cuentos chinos… ¿Por qué nos seguimos quedando con cara de póker ante tanto chorizo con corbata de seda e incluso les reímos las gracias en forma de votos?

Porque van bien vestidos. En este país tenemos algo raro, como un complejo de pobre o algo así, y si alguien que va vestido con un traje te miente o te estafa, te cabreas, pero bueno, hombre, no es un criminal, mira lo bien vestido que va. Así que volvemos a confiar en él, solo porque a lo mejor, la alternativa no “parece” tan de fiar. Recordemos cuando Podemos irrumpió en el Congreso en vaqueros y camiseta, o con coletas y rastas; los editoriales de prensa eran para echarse las manos a la cabeza. ¿Cómo iba a ser seria esa gente si no llevaba corbata? En cambio, M. Rajoy, sea quien sea, debe vestir de traje, por eso no logran identificarlo.

¿Realmente quien roba a un ladrón debería tener cien años de perdón, como dice el dicho popular?

Más que de perdón, diría que de indulgencia. Nos cuesta perdonar a alguien que delinque, porque está mal y mañana nosotros podríamos ser la víctima. Pero no lo vemos con malos ojos, y nos conformaríamos con una pena mínima.

¿No somos demasiado condescendientes con todo tipo de amantes de lo ajeno, sobre todo si viste de Armani?

Hace unos años se dieron millones de euros de los impuestos de los españoles a grandes bancos para que no lo pasaran mal. Hoy los bancos dejan pueblos sin oficinas, obligan a las personas mayores a manejarse con internet y cajeros y ponen a los ciudadanos, los que los rescataron, condiciones leoninas. Y a final de año reparten dividendos cojonudos. Pero el Gobierno te obliga a tener una cuenta bancaria para la mínima gestión. Si eso no es la gran estafa del sistema capitalista, mejóramela.

¿Hay timos ‘simpáticos’ y fraudes ‘antipáticos’? ¿Dónde está la frontera entre ambos?

En dos aspectos: la ejecución y las consecuencias. Si un artista del timo arruina a una familia, nos sorprende el acto pero lo condenamos. Si un raterillo le roba 50 euros a punta de navaja a una persona, somos indulgentes aunque lo despreciamos. Pero si un timador le saca dinero a una persona o institución sin consecuencias graves, en ese caso no nos sentimos mal admirando su técnica y nos permitimos divertirnos con ello.

Ciertamente todas y cada una de las historias de timos, robos y otras apropiaciones indebidas recogidas en su libro gozan de un estilo impecable y una absorbente lectura. ¿No siente que podría haber escrito una docena de novelas con todo este material casi sin despeinarse?

Más de una de las historias recogidas dan para novelas excitantes, porque se desarrollan en épocas históricas muy interesantes y la propia crónica de los hechos resulta fascinante. Por eso, de hecho, las tengo por ahí anotadas para valorar su posible salto a la ficción… Ya veremos.

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