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¿Quién ganó y quién perdió en las elecciones colombianas?

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Ganó teóricamente el Centro Democrático del expresidente Alvaro Uribe, pero fue una victoria pírrica y absolutamente alejada de las expectativas que tenían los líderes de dicha formación ante estas elecciones. Para el Senado, se quedaron muy lejos de las aspiraciones que tenían y que se cifraban entre 23 y 26 curules, incluso algunos llevados por el delirio y no por el conocimiento de la realidad sobre el terreno hablaban hasta de treinta senadores. Pues nada de eso ocurrió: el Centro Democrático conservó intacta su presencia en esta cámara y prominentes figuras del uribismo, como Alfredo Rangel y José Obdulio Gaviria, se quedaron sin el escaño. La misma suerte corrieron las dos apuestas militares de Uribe, el Coronel Plazas y el General Barrero, ambos a mucha distancia en votos de entrar en el Senado de la República. Ganaron pero fue una victoria amarga e inesperada en su dimensión, que se esperaba de una magnitud mayor. Si debemos destacar su éxito en la Cámara de Representantes, pues el Centro Democrático casi dobló su presencia.

Por el contrario, los partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, pese a perder algunos curules, tres en el caso de los liberales y cuatro en el caso de los conservadores, han mantenido casi intacta su cuota política –pese a su descrédito total en la sociedad y haberse convertido en auténticos cementerios de políticos clientelistas, oportunistas y corruptos- y siguen presentes en la vida parlamentaria con una nutrida (¿o pútrida?) presencia que les servirá para dotar al futuro presidente de sus favores a cambio de cargos, embajadas, prebendas y consulados. Sus hijastros políticos, Cambio Radical –cuyo nombre es una contradictio in termini, pues no está ni por el cambio ni es radical en nada- y ese engendro llamado partido de la U –fundado por Santos y Uribe, todo hay que decirlo-, consiguen una buena presencia en el Senado con 16 y 14 escaños, respectivamente, todo un éxito porque hace unos meses nadie hubiera apostado por ambas fuerzas. En la Cámara, más o menos se repite la misma tónica, aunque hay que señalar el inesperado éxito de la Lista de la Decencia, que consigue entrar en las dos cámaras del legislativo colombiano. Y curiosamente entra como movimiento de la izquierda pero sin erosionar electoralmente al Polo Democrático.

En lo que respecta al resto de fuerzas, hay que señalar los buenos resultados de la Alianza Verde, que dobla sus escaños de 5 a 10 en el Senado y una presencia casi testimonial en la Cámara con apenas nueve representantes. Sobre el Polo Democrático se puede decir que con que haya sobrevivido es bastante después de tantas crisis, escisiones, traiciones y rupturas internas. Es evidente que el tirón del Senador Jorge Enrique Robledo ha tenido un peso fundamental en su supervivencia política y en que se haya salvado del naufragio a sus cinco senadores, aunque en la Cámara no tuvo tanta suerte y se quedó con apenas dos representantes.

Ya hablando de la disputa presidencial, pues es evidente que estas elecciones legislativas se convirtieron muy a su pesar quizá en la primera vuelta en esta larga carrera, hay que destacar la estrepitosa derrota del candidato de la derecha, Alejandro Ordóñez, cuyos resultados no han sido inesperados por su derrota sino por su escaso volumen. En los días previos a la consulta interpartidista, sus partidarios todavía esperaban una sorpresa –que nunca llegó en forma de victoria- o al menos situarse como segunda opción asegurándose su presencia en la fórmula presidencial junto a Iván Duque. Su 6% es raquítico y decepcionante tras llevar casi un año de campaña electoral. Más sorprendente fue el resultado de Marta Lucía, ya que sin aparato político, enfrentada a los conservadores y con poco apoyo dentro de las filas del uribismo, sino más bien lo contrario, que consiguiera pasar del 20% es un gran éxito. Lo de Petro no era una elección intrapartidista, era otra cosa: un plebiscito para aclamarlo y legitimarlo ante sus seguidores. Una suerte de baño de masas al estilo de los que deleitan y encantan al máximo líder norcoreano, Kim Jon-Ul. Qué gastadera de plata tan innecesaria.

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Pero, quizá, el gran vencedor de estas elecciones ha sido Vargas Lleras. Ha demostrado que tiene algo más de dos millones de votos a su disposición para las próximas elecciones presidenciales, pues el voto de Cambio Radical está cautivo y es suyo, y que de conformar una alianza con otros sectores de la derecha –incluido el uribismo- puede ganar las próximas elecciones presidenciales. Vargas Lleras es, sin dudarlo, el candidato del Establecimiento colombiano. Tiene todo para ganar: maquinaría, apoyo mediático, dinero para la campaña y el conocimiento de los bajos fondos de la política colombiana. Si consigue ganar a Duque por un solo voto y colocarse en la segunda vuelta contra Petro, opción no descartable, será el futuro presidente de Colombia. Las perspectivas de Sergio Fajardo han decrecido notablemente y esa es la desventaja que tiene la indefinición política; la izquierda ya tiene su candidato, que es Petro, y la derecha los suyos, Vargas Lleras y Duque. Ahora comienza la segunda lucha dentro de la derecha por definir quién será su próximo candidato, pero en esa batalla ya está fuera Fajardo, incluso acosado por el estigma de ser apoyado por el Polo y el partido de los verde o las sandías, como lo llaman algunos vulgarmente. Pocas mimbres para hacer un cesto, desde luego.

¿Y quién más ganó en estas elecciones? La vieja política de las maquinarías, el voto clientelar, los caciques locales, las estructuras partidarias de toda la vida, el peso del voto comprado en los departamentos costeños, el voto inducido a través de favores y servicios y, sobre todo, la corrupción, pues la nómina de corruptos que seguirán dentro del sistema y han sido reelegidos es impresionante; esos han sido los grandes ganadores de estas elecciones y no otros, no se equivoquen. Que los cuatros partidos más desacreditados del país en todos los términos –el liberal, el conservador, la U y Cambio Radical- hayan obtenido más del 50% de los votos indica que algo huele a podrido en Colombia y que mucho le falta a este país para alcanzar el necesario grado de modernidad política que le haría falta para encarar, de una vez por todas, los grandes retos y desafíos que tiene ante sí. Pueden estar contentos los amos y señores de esta nación pues realmente visto lo visto nada ha cambiado y seguirán haciendo a su antojo lo que les dé la real gana, tal como han hecho siempre. Mejor dicho, como diría Lampedusa, todo ha cambiado para que nada cambie, y los colombianos sigan pensando que están viviendo en el  país más feliz  del mundo. Qué tragedia.

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