Cuando Abascal vio convertida la Plaza Roja de Vallecas en una violenta y tumultuaria batalla campal, se relamió, respiró satisfecho y babeó de gusto. Objetivo cumplido, ya tenía lo que quería: el macabro ruedo ibérico, el circo sangriento de la violencia. No había más que verlo allí subido, en el escenario desde el que se disponía a largarle el mitin al personal. Se le veía exultante y seguro de sí mismo, pletórico mientras mostraba al público los palos y adoquines supuestamente empleados por los rojos para atacar a los suyos. Ahora sí, por fin, la batalla de Madrid había comenzado.

La Delegación del Gobierno nunca debió permitir el mitin de Santiago Abascal en Vallecas. Había razones sobradas para pensar que aquello terminaría como la marimorema o el rosario de la aurora. El ambiente estaba caldeado al extremo, los grupos ultras de uno y otro signo se habían retado a muerte en las redes sociales y todo hacía presagiar que habría tangana. Así fue. El resultado de la refriega guerracivilista: más de 35 heridos y varias personas detenidas. Un espectáculo deplorable que dice muy poco de un país que cada día da un paso más hacia el enfrentamiento civil. Para eso está aquí la extrema derecha, para resucitar el odio cainita entre españoles y volver a las andadas tras cuarenta años de convivencia en paz y democracia.

Desde el principio se sospechaba que el mitin de Vox en el gran santuario de la izquierda podemita pauloeclesial tenía más de provocación que de acto político en sí. Abascal, con su proyecto en horas bajas y estancado en las encuestas, necesitaba un revulsivo, un golpe de efecto, hacerse visible. El líder ultra se ha propuesto rascar votos en los extrarradios obreros, eso que los de Vox han dado en llamar “el estercolero multicultural”. Así es el nazismo de nuevo cuño. Desprecian a los extranjeros, los tratan como a seres inferiores, sueñan con deportarlos a todos al África tropical, pero a la hora de la verdad, cuando llegan unas elecciones trascendentes, se bajan al barro del barrio a pedirles el voto. Saben que en una democracia es el pueblo el que habla y el que decide, no las élites que están detrás de la ultaderecha.

Pero esta vez no era el granero de papeletas lo que andaba buscando el Caudillo de Bilbao, eso era tan solo la coartada para la reyerta. El premio grande pasaba por la foto de portada, los focos, la resonancia mediática nacional e internacional. Y lo tenía relativamente al alcance de la mano. Bastaba con que él se subiera al atril a soltar su esputo de violencia verbal para que se encendiera la mecha. No se equivocó el jefe voxista. Hubo golpes, empujones, peleas entre ambos bandos. Cargas policiales. El denigrante espectáculo para el género humano soñado por Vox.

Se engaña quien piense que el partido de los herederos de Franco ha llegado hasta aquí para hacer política. A ellos la democracia les importa un bledo porque en realidad no les preocupa la economía, ni la salud pública, ni los fondos o ayudas sociales de la UE. Toda esa burocracia rutinaria y aburrida se la dejan a la derechita cobarde. Ellos están aquí para hacer historia, la épica, la guerra por otros medios o por los medios de siempre, eso da igual. La misión a cumplir es la Reconquista según la tradición del glorioso imperialismo español. Ahí, en la calle y en la barricada, bien como víctimas o bien como verdugos, es donde ellos se sienten fuertes, imbuidos de una tarea divina, placenteramente realizados y satisfechos. El fanático no debate, guerrea. Para eso está hecho. En el atril de las Cortes, Abascal se empequeñece porque, como muy bien dijo en su día el maestro Zarzalejos, el dirigente ultra es “un indigente intelectual”.

Al fascismo el Parlamento le viene grande, le produce incomodidad y miedo escénico porque sus argumentos son sencillamente pueriles, absurdos, anacrónicos y propios de gente de otro tiempo. Pero ahí abajo en la trinchera, con la capucha en la cabeza y la esvástica en la mano, están en su hábitat. Es de manual de iniciación al hitlerianismo. Primero llevar la guerra a la calle, dejarse apalear por el enemigo judeomasónico y bolchevique mucho más numeroso y fuerte, quedar como mártires que dan la vida por la patria. Después pasar a la contraofensiva (acción/reacción), propagar el odio contra quienes maltratan a los sufridos patriotas, acabar con una democracia injusta que arrincona a sus mejores hijos. Así se ganan adeptos a la causa; así se va nutriendo el ejército populista, con legiones de mártires y parias a los que se promete una muerte heroica o el cielo en la tierra.  

La estrategia fascista es tan vieja como el hombre. Cuando empezó a correr la sangre por la Plaza Roja de Vallecas y las dos Españas volvieron a levantarse, una contra otra, sobre sus tumbas para atizarse a conciencia, Abascal contempló jactanciosamente su primera gran victoria. El peligroso mensaje había calado: “¿Veis a esos que nos quieren pegar y no nos dejan expresarnos con libertad? ¿Son esos los supuestos demócratas que vienen a darnos lecciones?”. Victimismo, primera estación del populismo.

Todos aquellos que se manifestaron pacíficamente contra la provocación de la extrema derecha hicieron lo que tenían que hacer. Pero aquellos que dieron rienda suelta a la ira y entraron en el cuerpo a cuerpo con los simpatizantes de Vox hicieron un flaco favor a la democracia. Sin querer y sin saberlo estaban dando el aire y el alimento que necesita el monstruo para crecer. Lo mejor que podía haber pasado ayer es que Abascal soltara su verborrea barata ante un reducido grupo de acólitos y se marchara por donde había venido, al caer la tarde, en medio de una sinfonía de grillos. De esa forma, entre la intrascendencia y el cruel anonimato, habría tenido un minuto de propaganda en el telediario de la noche y no las portadas con los graves incidentes más unas cuantas horas de tertulia en los magacines de la mañana siempre dispuestos a blanquear el franquismo. A aquellos que no han leído demasiados libros de historia y no entienden las causas y los efectos del fenómeno al que nos enfrentamos hay que enviarles un mensaje urgente de SOS: no lo vuelvan a hacer, no lleguen a las manos, no vuelvan a caer en la provocación como pardillos. El fascismo vive de la violencia y la propaganda. No alimenten al trol.

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1 Comentario

  1. Sr Antequera,deje de decir estupideces por favor¿Que es eso del primer enfrentamiento entre españoles?Pues anda que no hay veces que se enfrentan «españoles»,cuando no es por un equipo de futbol es por una cerveza y si es por asuntos politicos cada dos por tres la historia se repite con enfrentamientos en la calle,en los bares,hasta dentro de la familia.
    ¿Acaso no vemos claro que cuanto mas espacio se le de al fascismo mas espacio se toma?
    Hitler gano unas elecciones en las urnas y eso mismo es lo que pretende vox y ya sabe,los que escriben en Diario16 sereis los primeros en ser exiliados con vox gobernando,eso con mucha suerte.

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