Me ha costado trabajo encontrar una noticia de ayer en la prensa digital, se ve que no era muy importante porque se ha difuminado rápidamente. Casi medio centenar de muertos, la India, un incendio en una fábrica de bolsos. Dormían allí, para evitar los gravosos gastos de desplazamiento; ganaban algo más de una docena de euros… al mes.

¿Qué responsabilidad real tienen las grandes empresas sobre los lugares a los que la globalización les ha permitido llegar con sus posaderas contables? Dirán que a toro pasado es más fácil hablar pero qué se le va a hacer, debemos reparar el daño ya que no lo vimos antes: si hubiéramos regulado la opción de moverse fuera con unos márgenes legales limitantes, la economía habría crecido más lenta y racionalmente, el calentamiento global no habría sido casi súbito y no se habría descapitalizado la oferta laboral en los países que llamamos desarrollados en favor de poblaciones no protegidas por Estados de Derecho…

Ahora tenemos unos países emergentes, en crecimiento exponencial, no porque estén generando una riqueza redistribuida sino porque son explotados sin freno por parte de empresas dirigidas por buscadores de rentabilidad, éstos que manejan fondos de inversión con el único objetivo de tirarse en una tumbona en un supuesto paraíso durante una semana, arrojarse al relax de un “spa” lleno de masajistas (que no necesitan relajarse) o comer en restaurantes-michelines de cosas pequeñas, de colores raros, texturas inéditas y combinación imposible fingiendo solemnidad.

Allí, allá, en esos países se está fraguando el futuro: sin cultura, con tecnología; sin derechos, con trabajos penosos; sin dignidad, con entretenimientos; sin Naturaleza, con macrociudades suicidas… les voy a decir una ingeniosidad: cada vez tengo más claro que el futuro no sucede sino que lo copiamos de lo que supuestamente tenemos la vaga sensación que deberá ser, o sea, lo visto en una pantalla: Blade Runner, parece mentira que para vivir y dejar vivir a nuestra descendencia estemos imitando tan cutremente una puta película (preciosa).

El problema del cambio climático es económico, cómo no. Quiero decir que no tiene solución… no podemos cambiar de un día para otro esta mole de consumo energético, yo me pongo aquí estupendo y usted tiene un móvil, una táblet, un portátil o un ordenador personal además de electricidad e internet para leerme: o sea, una ruina ecológica. Por ahí no hay solución. Y el capital lo sabe, por eso le da igual lo que manifestemos, es para nada. Hay que parar.

Debemos promover una responsabilidad legal total circunscrita al lugar de constitución de las empresas, independientemente de donde ejerzan su labor. No creo que sea difícil rastrear los movimientos y los fraudes de ley construidos para esquinar esto. O sea, que una empresa pueda invertir donde le dé la gana, pero una trabajadora podrá demandarle los derechos vigentes en su jurisdicción de origen, por ejemplo: supongamos que una empresa española fabrica ropa en no-sé-dónde, pues en caso de accidente (como estos quemados hindúes o aquel millar de mujeres de Bangladesh) le sería aplicable toda la legislación laboral, penal… de nuestro país; esto, repetimos, incluiría investigación para penalizar la deslocalización y la falta de actividad productiva real, porque sí, hay que perseguir la economía puramente especulativa.

La única forma de enfriar el calentamiento global es enfriar la economía, enfriar el consumo. Les propongo un hedonismo tecnológico: los hedonistas griegos entendían el placer como ausencia de sufrimiento y establecían el método para conseguirlo en un cálculo, en el momento en el que una necesidad está satisfecha: no se debe ahondar en esa dirección. Tenemos que poner de nuestra parte, ¿de verdad hay que tener lo último en todo y caduco?

No soy memo, esto no se puede hacer depender de las voluntades, por eso hay que legislar sobre los movimientos económicos de las empresas y frenar su avaricia, por eso hay que ralentizar la economía pero, lógicamente, comenzando por quienes disfrutan de beneficios pornográficos: hay que bajar los beneficios sin tocar los sueldos, ya sé que me espetarán que entonces no invertirán: ¿de verdad? Entre nada y algo, la empresa siempre elige algo salvo que esté mal gestionada; la cuestión es que si puede elegir entre algo y todo: no lo dudará, usted tampoco lo haría. Y ya sé que eso elevaría el precio de una multitud de cosas que… lo siento, ¡no necesitamos! La domotización, la climatización, el transporte, las redes sociales, la sanidad, la educación… todo ha de ser redefinido desde una nueva perspectiva pragmática. Pensemos qué nos place de verdad, por favor, hedonismos de verdad.

No se trata de revertir la globalización sino de decelerarla poco a poco, aunque huela a proteccionismo se trata en realidad de no dejar indefensa a la fuerza de trabajo de la mayor parte del planeta, expuesta a una explotación en nombre del crecimiento que nos ha llevado a la locura en todos lo sentidos. Esto es izquierda, no el sovietismo ridiculizante; a esto es a lo que tienen miedo las derechas. Y por aquí debe rodar la lucha ecológica, es un todo-en-uno: lo otro será cosmética. Hay que parar.

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Francisco Silvera. Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016). -Libro de los silencios (2018) -Pintar el aire (2018, en colaboración con el pintor Miguel Díaz) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es. Libro de los silencios ha sido galardonado por el jurado del XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA de 2019 en la modalidad de relatos.

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