Tres cosas. Tres cosas significa e implica el positivo en la prueba de coronavirus de Sergio Pérez.

En primer lugar se abre un maravilloso abanico de posibilidades. Imaginemos que Hamilton da positivo y se queda sin correr dos carreras, como va a sucederle a Pérez. El campeonato, a fecha de hoy aburridísimo y cantado, ganaría en emoción, y Bottas (pero sólo Bottas, ay) tendría una posibilidad real de impedir que se siga endiosando a su compañero de equipo: estamos un poco hartos. La F1 mantiene su interés gracias a pilotos como Leclerc y Verstappen, que van más allá de sus máquinas, pero es desmoralizador ver al mismo tío sumando pole tras pole, record de todos los tiempos, y victoria tras victoria (poco le queda ya para ser también el máximo encestador). La F1 perdió público y clientela en la época de Schumacher, y corre el peligro de que le pase lo mismo (en realidad pensamos que ya le está pasando).

En segundo lugar el coronavirus abre la posibilidad de que se castigue a un piloto sin correr, el máximo castigo que sólo sucede cuando pierde todos los puntos de su superlicencia, y es algo tan aleatorio e imprevisible como la lluvia.

Para evitar el castigo los pilotos tienen que vivir como prisioneros, como antiguos gladiadores del circo romano aunque en la actualidad las jaulas sean de oro y tengan piscinas, maquinitas y un maravilloso sistema de calefacción y aire acondicionado.

Lo tercero es cuando se castiga a alguien sin que haga nada malo. Porque ¿qué de malo tiene que Pérez haya ido a visitar a su madre? ¡A su madre, caramba, a su madre! Los ciudadanos del mundo en general, y los españoles en particular, hemos sufrido todos ese tipo de castigos so pretexto del coronavirus: ¿qué podía tener de malo que una persona pasease en solitario a las dos de la noche por una ciudad o por el campo? A nadie podía contagiar ni nadie podía contagiarlo. Lo de Pérez es más complicado de solucionar, porque es lógico que no pueda correr durante dos carreras, lo otro sería sencillo, y seguro que si el comité de expertos de Salvador Illa nos escuchase lo solucionaría en un parpadeo.

Hay una cuarta consecuencia, y esta última tiene su encanto.

El positivo de Pérez le ha dado a Houlkenberg, ese excelente piloto a quien nunca ha amado la suerte, de volver a asentar las posaderas en un bólido de la categoría reina. Y en un coche con el que no sería imposible que consiguiese su podio tan ansiado y merecido (recuerdo al lector que es el piloto en la historia de la F1 que más carreras ha disputado sin lograr subirse a los cajones).

Aplaudimos a Pérez por haber ido a ver su madre. Y agradecemos esta circunstancia que nos hace recordar las carreras en las que llueve, pues abre nuevas posibilidades para los pilotos menos afortunados.

Tigre tigre.

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