El tiempo pasará, la pandemia será un mal recuerdo y la sociedad se reacomodará tras el aislamiento social que estamos viviendo desde el 20 de marzo en que el Poder Ejecutivo Nacional decretó que, con algunas salvedades, todos nos quedáramos en casa, y entonces nos preguntaremos ¿Qué pasó mientras (aparentemente) no pasaba nada?

Hoy la emergencia que vivimos producto del coronavirus, sumada a lo que hemos dado en llamar la dictadura pandémica impiden que sepamos mucho de lo que ocurre y, peor aún, cuestionan que se discuta qué es lo que pasa porque eso es distraer esfuerzos que deben ser utilizados para un interés mayor.

Aunque muchos de nosotros paramos nuestras actividades, el mundo no se paró. El mundo siguió girando, y con él muchas actividades que no dependen del accionar físico de los individuos y qué, en general, suelen impactar de manera más decidida en nuestra vida cotidiana.

Podemos esperar a hacernos las preguntas a que todo pase, pero quizás muchas de las respuestas lleguen tarde, por ello es importante realizar algunas de ellas ahora para no lamentarnos luego de no haber alzado la voz a tiempo.

La primera pregunta es obvia y evidente. ¿Qué estamos dispuestos a permitir en nombre de la emergencia? Y de ella se desprenden un sinnúmero de interrogantes. Compartimos algunos de ellos.

¿Hasta cuándo estamos dispuestos a entregar libertad a cambio de una supuesta seguridad? ¿Cuál es la situación límite en la cual ya no estamos dispuestos a hacerlo? ¿Es una cuestión de límites o una cuestión de tiempos?

Nunca antes imaginamos que por no ser residentes en un Municipio o una Provincia no íbamos a poder ingresar a ellos, y mucho menos imaginamos que esto podía ocurrir en democracia. Muchos se han llenado la voz criticando a los países de régimen comunista argumentando que no había nada más sagrado que la libertad y que no había nada que la pudiera restringir, sin embargo hoy relativizan aquellas afirmaciones y aceptan ‘la dirección planificada de la economía, que tiene en cuenta, regula y controla el mercado en función de los intereses de la sociedad’, en este caso la salud pública, y aceptan además que ‘el Estado dirige, regula y controla la actividad económica conciliando los intereses nacionales, territoriales, colectivos e individuales en beneficio de la sociedad’. Pues bien, ambos entrecomillados pertenecen a la constitución cubana.

Cuando todo esto termine, ¿Recordarán las cuestiones que hoy proclaman o muerto el perro se acabó la rabia y, como canta Serrat, terminado todo ‘vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza’?

Cierto es, como dice el Presidente Fernández, que de una situación económica mala, por catastrófica que sea, se puede volver, pero de la muerte no. Ahora bien, la sociedad como tal, aunque duela decirlo, estuvo dispuesta a sacrificar una parte de sus integrantes en pos de su bienestar general, sin ir más lejos, muchos son los compatriotas que hoy viven una situación acuciante por haberlos hecho a un lado durante mucho tiempo en pos de nuestro bienestar económico. Ya comienzan a escucharse voces, incluso en el oficialismo gobernante, que plantean que la actual situación no puede mantenerse in eternum, que la economía no puede mantenerse en stand by, puesto que cuando el Presidente afirma que ‘En este momento no me preocupa el déficit fiscal’ eso implica, por definición que en algún momento comenzará a importarle, ¿cuándo será ese momento? ¿Cuál es la cantidad de muertes ‘tolerables’ para permitirse volver a una vida ‘normal’? La economía ya estaba en una situación compleja antes de las medidas adoptadas por el Gobierno. Cuando esto pase la economía estará peor, de esto no hay dudas. La pregunta es ¿Cuánto más mal es tolerable?

Como afirmara el Presidente de River Plate, Rodolfo D’Onofrio, ‘cualquier medida tomada ante una pandemia parecerá exagerada. Cualquier medida tomada después parecerá insuficiente’, pero ¿Cuál es punto de inflexión en el que las medidas dejan de parecer, para ser exageradas ? Argentina luchó mucho por el estado de derecho y desde hace casi un mes éste se encuentra aletargado en nombre de la emergencia. La Justicia de feria, el Congreso Nacional ‘funcionando’ por teleconferencia pero sin legislar, el Ejecutivo gobernando por decreto y normas menores (https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/digesto_emergencia_sanitaria_coronavirus.pdf) que aunque públicas, exhiben la disfuncionalidad en la que se encuentra el Estado nacional. Quizás el punto cúlmine hayan sido las compras que, muy por encima de los precios máximos estipulados por el propio gobierno, realizara el Ministerio de Desarrollo Social. Lo curioso de este hecho es que el ministro en una primera instancia justificó la compra afirmando que ‘En dos rubros (aceite por 1,5 litro; y azúcar por 1 kg) la oferta superó los precios testigos. Ante la necesidad de llegar a comedores y merenderos con esos productos que forman parte de la canasta básica, se decidió realizar la compra’, aunque horas después despidió a los responsables de la compra… sin considerarse él uno de ellos, obviamente. Entonces cabe preguntarse ¿Cuál es el nivel de discrecionalidad para negocios y negociados que está dispuesto a tolerar la ciudadanía argentina? En el pasado eligió mirar a un costado si no ponía en juego su bienestar temporal, aunque eso parecía una etapa superada, ¿Es así?

Como el mundo no se detiene, la economía tampoco, y hay quienes siguen haciendo grandes negocios en medio de la pandemia. ¿Cuáles son las empresas que, pese a todo, siguen proveyendo al Estado? ¿Cuáles son las nuevas empresas que comenzaron a proveer al Estado? Y en ambos casos, ¿En qué condiciones lo están haciendo?

En definitiva, la pregunta que sobrevuela por sobre todas las otras preguntas es si el fin justifica los medios. En nuestra opinión no los justifica sino que los condiciona.

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