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El triunfo del Partido Popular en la Comunidad de Madrid significará más desigualdad entre las clases sociales, aumento de la pobreza, mayor degradación de la sanidad y de la educación públicas, traspaso de los recursos económicos de la Comunidad a las empresas privadas  con la consiguiente privatización de la mayor parte de los servicios públicos y el desprestigio de los mismos. Exactamente la política que la derecha está haciendo en todo el mundo y que está causando la generalización de la miseria en las clases trabajadoras.

Ante este panorama, debemos preguntarnos cómo es posible que las formaciones políticas de la que se supone la izquierda, no previeron, ni tuvieron información mediante las numerosas encuestas que se realizaban, para haber organizado mejor sus fuerzas y haber realizado una campaña electoral atractiva para su electorado.

Que el PP haya ganado en el 90% de los distritos electorales, entre los que se encuentran los barrios de trabajadores, feudos clásicos de la izquierda,  demuestra que ni el PSOE ni Unidas Podemos conocen la situación de la ciudadanía, incluidos aquellos que habían sido hasta ahora fieles a sus formaciones.

El drama de Podemos e Izquierda Unida es que ya no representan  una izquierda sólida y coherente ni los intereses de las mujeres y los trabajadores.

El Partido Feminista ya advirtió del fracaso de Podemos, y en consecuencia el de Izquierda Unida que se ha hecho su inseparable aliado, y que ha culminado con la dimisión de Pablo Iglesias, antes de que ambos partidos pactaran con el PSOE entrar en el gobierno. Lamentablemente todo lo que predecimos se ha cumplido. La incapacidad de Unidas Podemos para imponer al gobierno sus pretensiones –mínimas por otro lado- dada la debilidad de sus apoyos parlamentarios, la tensión constante que ha mantenido Iglesias con el Presidente, y que el Vicepresidente ha convertido en una representación teatral pública continua, creyendo que con ello cobraba protagonismo, el incumplimiento de las promesas que se hicieron en el acuerdo de gobierno: derogación de la reforma laboral del PP, ley de reducción del precio de los alquileres en vivienda, banca y vivienda públicas, añadido al retraso, quien sabe si se llegará a realizar, del Salario Mínimo Vital. De estos incumplimientos y retrasos han sido cómplices tanto Podemos como Izquierda Unida, al mantenerse férreamente en el gobierno, con lo que se veían constreñidos a no poder criticarlo, como hubiese sido adecuado de haber permanecido en la oposición, que fue la propuesta del Partido Feminista.

A estas promesas que se han diluido como humo, para Unidas Podemos todas las cuestiones que importan principalmente a las mujeres o se retrasan sine día, como la igualdad salarial, o se plantean desde la perspectiva más perjudicial para ellas: legalización de la prostitución y la pornografía, mantenimiento de la permisividad de los vientres de alquiler, y aprobación de la Ley Transgénero que significará la desaparición de los derechos obtenidos por la lucha feminista de varios siglos. La ley que pretenden aprobar pretende abolir el materialismo biológico en el que se han formado hombres y mujeres desde la prehistoria de la humanidad. Pero la ley ha puesto sus aspiraciones en la metafísica “identidad de género”. Ya existen numerosos estudios en los países que promulgaron leyes similares y son demoledores. 

Con estos antecedentes, la campaña electoral realizada por Unidas Podemos -Izquierda Unida ha estado desaparecida sin que podamos entender por qué-  ha sido centrada por Pablo Iglesias en la disyuntiva de elegir entre fascismo o democracia, como si estuviésemos en los años 30 del siglo XX. Esta amenaza ni ha sido entendida por la ciudadanía ni tiene ningún sentido en el momento actual. En este momento ninguna fuerza política defiende una dictadura fascista, lo que se ha impuesto, como en el resto del mundo, es el imperio del Capital.

De tal modo, la izquierda debía haber insistido en los peligros de la liberación y privatización de los servicios que han ocasionado la inoperancia de la sanidad en estos dramáticos tiempos de pandemia, el abandono de los ancianos en las residencias privatizadas, y la clarísima amenaza de que la crisis económica degrade aún más las condiciones de vida de las clases trabajadoras, sin el paliativo de las ayudas públicas.

En vez de ello, Iglesias, en un juego de farsa constante en el que se ha especializado, se ha dedicado a hacer “performans”, abandonando debates con genio iracundo y a difundir la consigna de “fascismo o democracia”, como si la ciudadanía de hoy fuese la de los años 30 del siglo XX y pudiese sentirse amedrentada por la posibilidad de que nuevamente se instaurase una dictadura, y en este caso únicamente en la Comunidad de Madrid.

Al mismo tiempo,  la decisión de Pablo Iglesias de dimitir de todos sus cargos y responsabilidades políticas precisamente cuando su partido está resquebrajado, los resultados electorales son decepcionantes, la crisis económica nos hundirá en la recesión y la derecha se yergue triunfante, es una opción absolutamente censurable. Un político decente, como un capitán de barco, se queda el frente de su organización para resistir ante los acontecimientos adversos y apoyar el proyecto de su partido, que no parece importarle. Es una mala excusa, y además perversa, declarar que le deja paso a las mujeres cuando durante siete años ha acaparado todo el protagonismo, desplazando e incluso prescindiendo a los participantes en la constitución de Podemos, incluyendo a las mujeres.

Izquierda Unida, en una estrategia suicida que la está llevando al desguace, sigue sumisamente los pasos de su mentor, Iglesias. Desaparecida en toda la campaña electoral ahora se descuelga con un comunicado absolutamente impresentable. Haciendo gala del peor triunfalismo habla de que ellos defienden a las clases trabajadoras de la ofensiva de la derecha, cuando son los trabajadores los que han votado al PP. Qué papel ha representado esa formación en los últimos años, a qué destino le ha conducido su alianza con Podemos, que desde el Partido Feminista advertimos repetidas veces, qué errores han cometido y de qué manera piensan subsanarlos, debería ser el motivo de la autocrítica que deben realizar. Y que no tengo ninguna esperanza de que la hagan.

Los que tampoco entienden la situación real de sus votantes son los dirigentes del PSOE. Los españoles se han enterado en estos últimos dos años de que un gobierno social-comunista, como con tanta sorna lo califica la derecha, no ha derogado la reforma laboral, no controla, ni piensa hacerlo, los precios de la vivienda, ni de compra ni de alquiler, que el tan publicitado salario mínimo vital no ha llegado ni al 10% de los necesitados, y la ciudadanía está soportando que existan cuatro millones de parados sin que se tomen –ni se piensan tomar- las medidas para cambiar el modelo productivo, como repiten como un mantra los analistas económicos. El Capital manda en toda Europa, con el inepto gobierno de la Comisión Europea, y no permite que esas mínimas reformas se implanten en España. El PSOE, sumiso a los mandatos de la CE, no ha realizado ninguna de las reformas que había prometido en la campaña electoral de 2019.

Comprobando, a mayor abundamiento, que un gobierno de Ángel Gabilondo no cambiaría un ápice la política de Sánchez, de quien era únicamente una correa de transmisión, sus votantes habituales se han desilusionado. Sin más alternativa que esa nueva formación de Más Madrid, que sólo existe en esa Comunidad, la mayoría de los antiguos fieles del PSOE se han decantado por darle el voto al PP. Y esa es una conducta habitual en los electores,  que ya hemos vivido en España cuando José María Aznar ganó a Felipe González. En este balanceo  constante se mueven los votantes, a menos que, ya mareados, opten por la abstención, que no ha sido esta vez la opción mayoritaria y que no ha cumplido la repetida profecía de que la abstención beneficia a la derecha.               

Mientras tanto, la Presidenta de la Comunidad ha centrado su campaña en hacer gala de la libertad que rige en Madrid para la movilidad y la restauración, como único deseo de la ciudadanía madrileña, reducido ese derecho fundamental al hedonismo más zafio: irse de cañas, vivir a la madrileña.

No parece que después de esta derrota la izquierda, desde sus distintas formaciones, vaya a realizar la autocrítica pertinente respecto a su deriva posmoderna de los últimos años y retomen los principios que siempre la han caracterizado en defensa de los trabajadores y de las mujeres.

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1 Comentario

  1. La izquierda y los llamados progresistas siguen encorsetados en creencias infundadas que vinculan el progreso material con el gobierno socialista.

    Andalucía tras cuarenta años de gobiernos socialistas no ha abandonado su posición de furgón de cola de la economía española, y las recetas económicas «socialistas» han llevado a Venezuela al 4000% de inflación. Por contra países europeos como Alemania gobernados por la derecha, con políticas económicas de derecha, son economías prósperas y han mantenido el estado de bienestar.

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