Llevamos unos meses escuchando con mucha frecuencia estos términos en boca miembros de Podemos y del PSOE. Creo que merecen unas aclaraciones, porque estos partidos se aplican el apelativo de “progresistas”.

En nuestra lengua progresista se aplica al “sector más radical del liberalismo, que se constituyó en partido político” (Diccionario de la RAE). ¿Qué tiene de “progresista” el partido de Podemos, que apoya el régimen venezolano de Nicolás Maduro? Por su parte, al creyente se le denomina “conservador” ¿y qué opinamos de la Teología de la Liberación, ¿fue una corriente progresista o conservadora? En la palabra “progresista”, convertida en cajón de sastre, caben todos y todo. Así empezaron los totalitarismos.

A principios del s. XIX, el que proclamaba “la armonía entre la ley del individuo y la ley de la asociación, entre la sociedad y el hombre” era “progresista” (Donoso Cortés). Pérez Galdós conoció un tipo de «progresista blindado» y otro de «progresista fósil». Por los años en que nació Picasso,  “el partido democrático progresista”  proclamaba la unidad de la patria en la que implantar la democracia, pues el porvenir es el “punto de partida y condición ineludible de mayores progresos”.

Para ser “progresista” hay que ser primero liberal y no defender una política intervencionista. El progresismo en política es ideal en la democracia participativa pero no en la partidocracia que tenemos instaurada en España. El progresista lucha por una evolución beneficiosa para hombres y mujeres en su vertiente individual y social. Estos militantes trabajan para que todos los ciudadanos, sin distinción alguna, tengan igualdad de oportunidades y para que sus derechos individuales y colectivos sean respetados.

Deben modificar el sistema electoral y parlamentario con una proporcionalidad pura, listas abiertas, revocación de los elegidos, reducción y eventual desaparición de los aparatos opresivos del Estado. No son necesarios tantos y tantos inspectores ni los demás cuerpos de este tipo.

Llamamos “progresistas” a distintas doctrinas políticas, filosóficas, sociales, económicas, etc., que se caracterizan por la defensa de los derechos de igualdad, libertad y justicia, que se encaminan al progreso social permanente.

No tiene por qué estar vinculado el progresismo únicamente a los partidos de izquierdas, pues también hay progresismo en la derecha política. Ortega y Gasset escribió que “progresismo” era palabra “muy bella e incitante, cual un divino acicate: todo cabe dentro de su esquemático y cóncavo sentido. Mas en los políticos progresistas, el progreso significa una peculiar política concreta y limitada; esta política es, naturalmente, la suya” (1916).

Pero el progresismo se evalúa negativamente por su voluntad de cambio constante, al convertir el cambio en un valor en sí mismo. No considera que es el camino para alcanzar un fin establecido. Además, tienen un doble metro a la hora de medir las violaciones de Derechos Humanos en los regímenes de izquierdas y en los de derechas. El Premio Nobel Juan R. Jiménez mencionaba ejemplos de “progresistas” retrógrados, en Españoles de tres mundos.

Javier González Serrano afirma: “Normalmente, la palabra progresista se ha acuñado más bien desde la parte de la izquierda para intentar englobar a todas aquellas personas que en un momento dado creen o defienden que los derechos colectivos son derechos de todos… Es una palabra mal usada en términos políticos”.

Podemos es un partido político que en absoluto puede ser progresista, igual que los partidos republicanos de izquierdas como ERC, CUP o PSOE. Son partidos progresistas que inciden en el ámbito social por encima del económico y del social. El equilibrio no existe porque el alcance del bienestar social tiene que estar acompañado de derechos y libertades para los ciudadanos. Porque “progresismo” será lo que practican nuestros políticos cuando gobiernan en cualquier institución, pues todos ellos “progresan adecuadamente”.

En el inicio de esta legislatura, Pedro Sánchez propone una agenda “progresista” con ocho acuerdos, que van desde la educación a las pensiones, pasando por el fortalecimiento del Estado autonómico y la generación de nuevos derechos. El frente popular del PSOE y Podemos se convierte así, realmente, en el grupo de reaccionarios del siglo XXI. Quieren una fosilización de la sociedad, con impuestos altos, subvenciones a los amigos, despilfarro del dinero público, aumento de la burocracia, etc.La primera labor de un gobierno es crear riqueza para después distribuirla entre la población y una garantía de la igualdad de oportunidades para todos. Esta directriz no la veo en el PSOE y Podemos, pero sí observo la protección de los intereses del partido, del sindicato, del colectivo de las feministas, de otros colectivos y de los amigos.

El problema es que somos una sociedad desmemoriada sin capacidad de análisis, reflexión o pensamiento, más allá de cuatro frases vacías como modernidad y progresista, en las que todo cabe, incluso algo tan viejo como el fascismo de Mussolini. Podemos apreciar que las incoherencias llegan a extremos como aliarse con los nacionalistas, cuyo paraíso político es el medievo con sus fueros. El nacionalismo es una regresión, todo lo contrario al progresismo, porque el estado moderno se basa en ciudadanos con derechos y obligaciones, no en territorios, fueros ni privilegios. A menudo, los “progresistas” se resisten a reconocer el desarrollo de España y los avances producidos en educación e innovación que justifican el capitalismo, porque crean prosperidad. No se debería de confundir el auxilio social con el progreso.

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