Llovía, pero a pesar de la lluvia Madrid, Mad Madrid, seguía oliendo a aceite y gasóleo y suciedad, es decir: a mierda. Mad Madrid olía a mérde, y Javier Panizo, el célebre ensayista autor de Las Carpetas del Tiempo, luchaba por mantener el equilibrio en los abarrotados vagones del metro, debía estar atento para que los autobuses no le empapasen al pasar sobre los charcos que se forman al borde de las aceras, pero… lo hacía sonriendo.

¿Por qué demonios sonreía el ensayista? ¿No se daba cuenta de que vivía en una ciudad horrible y durísima? ¿Se había vuelto de repente idiota?

-Qué bien que no vivo en Barcelona.

Cada vez que le empujaban, cada vez que un taxi o un autobús lanzaba una tromba de agua contra los transeúntes, cada vez que alguien le miraba torvo y con fiereza, agrandaba la sonrisa y repetía.

-Ay, qué bien que no vivo en Barcelona.

Porque en Barcelona, en el gris mes de octubre de 2019, era habitual encontrarse con polis enmascarados y asustados, porra en mano, y con manifestantes furiosos pidiendo independencia, o lo contrario:que la separación jamás sucediera.

Se imaginaba Panizo a la gente crispada a partir de las imágenes que iban aterrizando en la prensa y las redes sociales. Se imaginaba el desconcierto y la incomodidad. Eran muchísimos, y hasta eran demasiados. Demasiados los que querían la independencia y demasiados los que no la querían. El paisaje hacía pensar en el principio de una guerra abierta.

Y se solazaba y abrazaba a sí mismo, el ensayista pensando que no estaba allí, que no tenía que mirar a nadie con mala cara por ser de una ideología distinta a la suya.

-Ah, qué egoísta soy -se reprochaba, aunque sin remordimientos.

Puro egoísmo por su parte, pero ya había llegado a su casa, y se hallaba repantigado frente al televisor repasando los mejores momentos del espectáculo que los actores -sin conciencia de serlo- ofrecían al mundo. Una señora abrazada a una bandera era empujada al suelo y pateada, un doberman mordiendo a un chico que lleva otra bandera distinta.

¿Qué mas le daban a él las banderas, de dónde fuesen? Lo grande, la maravilla, era no estar allí, no vivir en Barcelona. Porque el salseo -los chistes, los comentarios, los artículos de uno u otro bando o de ninguno- hasta tenían su gracia: cuando se recibían arropado por una manta de tanto de tacto agradable y sentado frente a una inofensiva pantalla.

2019 y octubre: Coge Panizo uno de sus cuadernos y escribe una nota. La lee en voz alta. Es mala. No merece la pena. Arranca la página y la arruga antes de tirarla a la papelera.

Cierra los ojos, apaga el televisor y se olvida de todos sus problemas, que quedan borrados bajo el mantra que repite por enésima vez sin alzar la voz, apenas un susurro suave como las nanas que se cantan a los niños:

-Qué bien que no vivo en Barcelona.

Y momentos después, bajo la manta de tacto suave, se queda profunda y felizmente dormido.

(Mecanografía: MDFM)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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