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Pulsión de muerte colectiva

Francisco Tomás González Cabañas
Licenciatura en Filosofía (USAL) (1998-2001). Licenciatura en Psicología (UP) (1998-1999)- Licenciatura en Ciencias Política (UCA)(1999-2000) y Licenciatura en Comunicación (UCES) (2000-2001) Desistió de culminar los mismos y continúo formación autodidacta. Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Publica su segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Publica su tercer libro, primero de filosofía política, “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Publica su cuarto libro, segundo de filosofía política, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015.
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En “La revolución molecular” Guattari, Félix, traza un diagnóstico con respecto a Hitler y el nazismo, que para su concepción demostrará que ha sido una expresión de los fascismos imprescindibles con los que convertidos en máquinas deseantes, nos cercenamos precisamente la posibilidad misma de encausarnos en un deseo que sea una propiedad de un nosotros que nos integre cabalmente. Independientemente de sus “ageanciamientos (multiplicidad del devenir rizomático) y de los nuestros, la mirada la fijaremos en uno de los elementos que usa para dejar al rojo vivo el análisis up supra mencionado. 

En la historia como el pleno del acontecer, lo cruento de la primera guerra mundial, libra para el común, una pulsión de muerte colectiva, que se transformará en un caldo de cultivo, en una condición necesaria, para lo que la humanidad vivirá después con la eclosión de la muerte en condición totalitaria, hegemónica e indiscutible en la segunda guerra mundial. 

Recordemos que en “Más allá del principio de placer” Sigmund Freud propone la noción de pulsión de muerte, que clínicamente será muy criticada, pero que en humanidades no deja de ser un elemento teórico indispensable para entender y entendernos desde el lugar en el que hablamos, pensamos, escribimos y creamos. 

No podemos apartar la mirada coyuntural, del suceso inaudito que nos embarga y preguntarnos a partir del mismo, que en la imposibilidad de prever las consecuencias a futuro, lo cierto es que inesperadamente de un tiempo a esta parte, como nunca antes (tal vez como reacción ante la perspectiva silente en las que nos encontrábamos) la pulsión de muerte colectiva emerge desde la oscuridad a la que la hubimos de confinar tras tanto dolor e incomprensión. 

Seguramente la negación como defensa, durante algunas décadas nos posibilitó una aparente o falsa tranquilidad de haber creído que nos íbamos a librar de la presencia de la muerte (como pulsión, es decir como noción que adviene) sin invocarla, sin aceptarla en su natural realidad, en tal fantasía en la que contribuye el maquinismo en que la técnica nos hizo adictos, en la persecución de supuestos deseos propios, que en verdad no son más que dispositivos de negación, del dolor, del sufrimiento, del fracaso, del fin, de la muerte, de todo lo otro de lo humano que nos constituye en la misma intensidad con lo que nos hace aparentemente, y circunstancialmente, felices y plenos. 

En tal tránsito el malestar de la cultura se reconvirtió o resignificó en la cultura de la hiperfelicidad, en la hipertrofia de la máquina deseante de la que nunca nos cuestionamos habernos transformado, la catexis social no es más que el hedonismo insulso de que la muerte como entidad debe ser negada, expulsada o confinada a un ámbito por fuera de nuestra subjetividad y por ende del nosotros. 

Para evitar la angustia de su presencia, sortear su naturaleza, nos inoculamos un veneno que nos mata, a los efectos de no convivir con la muerte como posibilidad ineluctable. 

En tal desarrollo, podemos afirmar, bajo tal sesgo de posibilidad y contexto, que la pandemia es una reacción ante tanta negación. Necesitábamos un vendaval de tal magnitud para volver a comprendernos en nuestros límites, temores, contradicciones y vacilaciones que nos hacen humanos. 

Lo imposible de aquel olvido de la muerte, ahora se reconvierte en su presencia contundente y nata. El flujo y reflujo, la velocidad, que no es más que el tránsito de un lugar a otro, es la clave que nos impone y exige que construyamos un emparejamiento o una armonía en nuestras dimensiones conceptuales, que son precisamente las radicalmente humanas. 

Además de las medidas urgentes e importantes que se toman a nivel sanitario, las políticas públicas, deben orientarse a que en los estamentos que fuesen, se trabaje sobre esta dimensión de pulsión de muerte colectiva que fluye con una intensidad inusitada en los tiempos actuales. 

Sería absurdo, burdo y pretencioso (cómo en definitiva es la tentación del que profiere palabras) que tal como los galenos de la vieja usanza, escribamos recetas de qué hacer y cómo hacerlo para un conjunto de seres humanos en estos aspectos dilemáticos que se les presentarán a todos y cada uno, más temprano que tarde y más allá de que den cuenta de tal presencia o no dentro de sus experiencias. 

El horror no puede ni debe ser normalizado en tren de evitar la naturalidad de que la vida es tal por su contraparte la muerte y que no estar firme (es decir enfermos) no implica la necesidad de pretender que nunca atravesemos circunstancias que nos hagan sentir desafiados por tales complejidades. 

Contribuyamos a que las generaciones venideras salden sus diferencias por intermedio de palabras, sin el uso de la imposición al otro, por caracterizaciones de ningún tipo (por ende siquiera sanitarias) y sin naturalizar las exclusiones y la marginalidad, y que sobre todo la muerte en su condición de pulsión, no sea más que tal cosa, que de tal manera, el resto de lo que hagan o dejen de hacer, tendrá más que ver con la vida, como expresión de hacer convivir los deseos individuales de cada quién, sin que por ello, se aplacen, se anule, se cancelen o se nieguen.  

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