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Puigdemont o el miedo de Sánchez a la derrota

Domingo Sanz
Domingo Sanz
Nacido 1951, Madrid. Casado. Dos hijos y tres nietos. Cursando el antiguo Preu, asesinato de Enrique Ruano y la canción de Maria del Mar Bonet. Ciencias Políticas. Cárcel y todo eso, 1970-71. Licenciado en 1973 y de la mili en 1975. Director comercial empresa privada industrial hasta de 1975 a 1979. Traslado a Mallorca. de 1980 a 1996 gerente y finanzas en CC.OO. de Baleares. De 1996 hasta 2016, gerente empresa propia de informática educativa: pipoclub.com Actualmente jubilado pero implicado, escribiendo desde verano de 2015.
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análisis

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El 10 de enero de 2016 Puigdemont fue investido presidente de la Generalitat de Catalunya, aunque quien lideraba la coalición vencedora en las catalanas de septiembre de 2015 era Artur Más, pero los necesarios escaños de la CUP le negaron sus votos a pesar de que venía de organizar la consulta popular del 9N de 2014 en la que participaron cientos de miles de catalanes y por la que el Estado le ha embargado las cuentas.

Siendo honestos, debemos reconocer que en aquel mes de enero de hace siete años muy pocas personas podían imaginar algunas de las cosas que después sucedieron. Siga leyendo, si lo desea, e intente recordar si conoce alguien que anunciara entonces como posibles estas dos premoniciones.

Nueve meses después Sánchez fue derrocado por un contubernio de diputados y barones del PSOE aliados con Felipe González y el Grupo PRISA, siendo después todos ellos tan inútiles en la gestión del periodo de transición que habían abierto que consiguieron que los afiliados encumbraran de nuevo al destronado.

Y hoy, siete años después, desde un exilio europarlamentario que ganó en mayo de 2019 convenciendo a sus votantes (tal como hizo Sánchez en mayo de 2017 en las Primarias del PSOE), Puigdemont está marcando las agendas política y legislativa y proyectando sobre la Moncloa la sombra de una derrota electoral que, si sucede, tendrá mucho que ver con la prepotencia verbal que el propio Sánchez se permitió contra el catalán el 6 de noviembre de 2019.

Sigo sin recordar a nadie de mi entorno que anunciara entonces alguno de esos dos futuros que se hicieron realidad, pero, en cambio, si usted escribe hoy “Sánchez Puigdemont fiscal” en Google, los titulares que le mostrará la primera pantalla corresponden todos a aquel 06/11/19 fecha, a pesar de que han pasado más de tres años. Dirán cosas parecidas a estas tres que copio:

Pedro Sánchez presume de que la fiscalía depende del gobierno para prometer que traerá a Puigdemont”.

Los fiscales cargan contra Sánchez por poner en duda su independencia…”.

Sánchez tensa su campaña al sugerir que controla la fiscalía”.

Quizás aquella chulería le sirvió para que el PSOE perdiera solo tres escaños respecto de los conseguidos en las elecciones celebradas cinco meses antes, pero ahora queda menos de un año para la nueva cita con las urnas y no solo Sánchez no ha cumplido, sino que nada indica que la agenda 2023 de Puigdemont ante la Justicia europea le permita conseguirlo.

Y, para más inri, hay noticias definitivas que confirman la eficacia política de la estrategia del catalán. Por ejemplo, el 22 de diciembre pasado la Agencia EFE desde Bruselas: “Junqueras se queda sin opción de entrar en la Eurocámara”, lo que demuestra al mismo tiempo que si Puigdemont se hubiera entregado a la justicia española tras el 1/10/2017 hoy no sería eurodiputado y que sí lo sería Junqueras si hubiera decidido exiliarse con su President.

Desesperado Sánchez ante la incapacidad de responder a las preguntas sobre el incumplimiento de su promesa que le lloverán durante este año electoral, lo primero que se le ocurrió fueron las reformas legislativas de la sedición y la malversación, con un más que dudoso recorrido en Europa.

Y, quizás incapaz de distinguir entre deseo y realidad, se le ocurrió convocar la cumbre hispano gala en Barcelona, lo que ha permitido conseguir dos “éxitos” de tal alcance que solo un visionario suicida cavando su propia tumba podría atreverse a intentar.

Porque los humanos normales somos incapaces de comprender como no pudo prever Sánchez que con lo de Macron en Barcelona conseguiría, no solo que muchos de ERC y JxCat volvieran a manifestarse juntos por la independencia de Catalunya, sino también devolver a Puigdemont a las portadas. Yo mismo acabo de comprobar que llevaba un año sin incluir ese apellido en ninguno de los títulos de los más de 80 artículos que he enviado a publicar.

Y, en contra de la creencia en el final del “Proces” que Sánchez no deja de repetir, hoy es imposible explicar el éxito de la manifestación convocada por Vox en Madrid ayer sábado sin entender que muchos de sus asistentes por lo que acudieron fue para responder a los independentistas que asistieron a la convocada dos días antes en Barcelona. Les movió el mismo impulso que a los que siguen sacando la bandera de España a sus balcones desde octubre de 2017.  

No ha resultado extraño, pues, que, acorralado por sus propios errores, ayer también y desde Valladolid, Pedro Sánchez haya cometido la indecencia intelectual de comparar, de manera plenamente consciente, a los “nostálgicos” que se manifestaban en Barcelona “por una España rota” con los “nostálgicos” que se manifestaban en Madrid por “una España uniforme y excluyente” cuyo nombre, mejor que cualquier otro, es el de franquista.

Parece mentira que Sánchez siga sin darse cuenta del significado histórico de haber ganado en 2018 la primera moción de censura desde que se celebran elecciones democráticas, y tampoco de que las dos victorias sucesivas que legitimaron en las urnas su éxito en el Congreso demuestran que más de 40 son demasiados años para no haber convocado a la sociedad a participar en la construcción de una nueva Constitución desde el principio hasta el final.

Hoy es Ayuso la que, intuitiva y atrevida donde las haya, ha convertido en mensaje del miedo los cambios imprescindibles para limpiar las herencias autoritarias que degradan la democracia española, y no pasa día sin que advierta que Sánchez traerá una república para transmitir el terror a una nueva guerra civil, consiguiendo que Sánchez se agarrote tras morder el cebo de la madrileña, quien podría perder Madrid por sus excesos, pero contribuirá a ganar el gobierno de España para los autoritarios más peligrosos.

Me temo que la suerte está echada y no me atrevo a especular, pero, me pregunto: ¿se atreverá Sánchez a abrir el gran melón ante una victoria arrasadora de los independentistas catalanes en sus municipales, incluida Barcelona?

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