Por supuesto. Podemos convertir una anécdota en un texto literario, siempre que esa anécdota nos sirva para trascender lo puramente superficial. No olvides que un relato no deja de ser una obra de arte hecha con palabras, el resultado de tu actividad mental creadora, personalidad e impresiones del mundo que te rodea. Nunca, un chascarrillo. Como señala el gran escritor brasileño Joao Gilberto Noll: “La novela es la búsqueda de algo que pueda trascender la mediocridad de lo cotidiano. La literatura es una forma de resistir”. Verás.

La anécdota cuenta un suceso entretenido, curioso y que, normalmente, causa risa. Está basado en experiencias personales y, por tanto, casi todo lo que aparece en él ha existido o existe (acciones, personajes, lugares…). Normalmente es verbal, muy curioso, sencillo, corto y con tendencia a la originalidad y la exageración. Esa misma exageración lo hace, muchas veces, increíble. Mira estos ejemplos:

El escritor vasco, don Pío Baroja, tomaba un día café en una terraza junto a un señor que leía un periódico. De repente, el señor comentó en voz alta: “Da gusto ver publicado en los periódicos lo que uno escribe, ¿verdad?” “Es verdad. ¿Hay algún artículo suyo? –le preguntó Baroja–“. “No –respondió el otro–. Es que he puesto un aviso en el que vendo media tonelada de castañas”.

Otra anécdota del mismo autor.

A don Pío Baroja nunca le gustó comprarse ropa. Aborrecía de los trajes almidonados o de las donaciones familiares que apenas habían tenido uso. Según él, se sentía tirante, encorsetado, “como si llevara un palo en las costillas”. Una vez su sobrino Julio Caro Baroja le regaló un gabán suyo, casi nuevo, de pelo de chinchilla y grandes bolsillos, que casi no usaba. Como era un poco largo, el mismo don Pío cogió las tijeras y lo cortó sin importarle los bolsillos ni el forro. Al ponérselo y sacar las manos por debajo de los bolsillos, una tía suya testigo de aquello, comenzó a reírse de la chapuza. Entonces Baroja respondió: “Es igual, a mí siempre me invitan”.

Otra. Ésta sobre don Ramón Gómez de la Serna. De todos es conocida la fecundidad literaria del escritor madrileño. Era de tal calibre, que llegó a tener cuatro casas alquiladas en diferentes barrios de la capital de España para albergar la inmensidad de papeles, periódicos y revistas que tenía. Y siempre trabajaba en tres o cuatro libros a la vez. Por ejemplo, en Estoril mandó construir una mesa especial con tableros abatibles que le permitía escribir ocho manuscritos sin tener que moverse.

¿Y qué tal esta?: A la casa de Jacinto Benavente llegó una vez un conocido que no tenía mucho éxito como dramaturgo. Más bien era malo. Durante su recorrido por el domicilio, quedó sorprendido de la inmensa biblioteca del escritor y exclamó:

–¡Vaya, Don Jacinto! Con tantos libros ya se pueden escribir buenas comedias.

A lo que el otro le respondió:

–Pues adelante, amigo mío, están a su disposición.

Como puedes comprobar, cada una de estas anécdotas cumple, paso a paso, las características descritas al principio. Brevedad, sencillez, originalidad y tendencia a la exageración. Que sean verdad o no, es otra cuestión. Lo importante aquí es ver la nula profundidad de todas ellas. Su única función es la de entretener y divertir. Y eso no es literatura.

La anécdota puede servir de punto de partida para contar una historia o ser contada por un personaje de tu relato. Nunca como un relato en sí. Ni por extensión ni por profundidad. Simplemente no encaja. Pero es que ni siquiera encajaría en un microrrelato de tres frases. Lee uno de calidad y verás cómo éste ofrece un mensaje profundo por pequeño que sea. Algo.

“El poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero”. (“Una inmortalidad”, Carlos Almira. ob. Mar de piraña. Ed. Menoscuarto.)

He aquí un buen texto literario. ¿Basado en una anécdota? Tal vez.

 

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