En la radio que tenían junto a ellos, sonaba Every Breath you Take, de los Police.

El verano estaba en plena ebullición. Todos sus amigos, ayudando a sus padres en la cosecha. Aún no habían empezado la trilla, pero las algarrobas y los yeros estaban ya en la era. Pronto vendrían las cosechadoras y comenzarían con las cebadas tempranas. Luego el trigo.

Así las cosas, Zoilo se aburría bastante. Sin trabajo que desarrollar y a falta de campos que recolectar, pasaba los anodinos días buscando algo con lo que divertirse, como el asalto a los cerezos del Tío Boñigas o la producción de pólvora blanca a base de Clorato potásico y azufre con la que construir aquellos enormes petardos que explosionaban a distancia, a través de un cable eléctrico, mediante una chispa que producía un casquillo de una lámpara de coche sin cristal, enganchada a través del cable a una pila de nueve voltios.

Ese día, Zoilo y sus colegas, aburridos de todo, estaban sentados en la escalera de la plaza que daba acceso a la iglesia. Zoilo comentaba con sus compinches, que deberían ir buscando otros cerezos porque los del Tío Boñiga, estaban en las últimas. Uno de los amigos, les dijo a los otros tres que esa tarde sería la última que estaría ocioso. Su padre le había ajustado como agostero. En su casa, las cosas estaban mal desde que habían cerrado la fábrica de jabón. Y les hacía falta el dinero. Todos estaban más o menos igual. Salvo Zoilo que era estudiante y tenía vacaciones, los demás pasaban las horas robando cerezas para no aburrirse, porque no tenían trabajo. Ya nadie contrataba aprendices como años atrás. Todos se habían puesto a trabajar al dejar la escuela. Uno como aprendiz en un taller de mecánica. Otro como peón de albañil, el otro como mozo de almacén y el último como dependiente en una droguería. Todos los negocios de sus patrones habían echado el cierre y les habían dejado en el paro, sin salario y sin futuro. Darían cualquier cosa por no tener que estar allí.

Por fondo de la plaza, detrás de la gran fuente de seis chorros, se acercaba Aniano. Venia caminando junto a otro tipo al que no conocían. Aniano les señalaba con el dedo.

– ¡Que hay chavales! Dijo Aniano. Este es Auxibio, el que tiene la granja de pollos en la cuesta de Las Flores.

– ¿Queréis ganaros un poco de dinero esta tarde? Les dijo Auxibio.

Todos respondieron afirmativamente. Así que el criador de pollos les contó en que consistía el negocio. Deberían ayudarle a coger los pollos que andaban sueltos dentro de la nave y meterlos en jaulas para llevarlos al matadero. Les dijo que no les llevaría más de una hora y que sería pan comido. Todos aceptaron.

Se subieron en la furgoneta y les llevó hasta la granja. Cuando llegaron, el hedor les golpeó fuertemente la cara nada más entrar. Y el calor era sofocante. El sol hacía pleno en una estructura semiesférica totalmente construida de chapa. A los diez segundos ya estaban sudando. Y eso que ni se habían movido de la entrada. Les costaba respirar entre el bochorno y el pestucio de la mierda de pollo. Para poder salir de allí cuanto antes, comenzaron el trabajo. En fila desde la puerta, iban caminando poco a poco hacia el fondo. Los pollos, se iban arremolinando al final de la nave. Parecía fácil entre tantos coger uno. Pero en cuanto se lanzaron a por ellos, se les escaparon por los lados, como el agua se sale de la mano cuando cierras el puño.

Lo que se les dijo era cosa de una hora, se convirtió en cuatro. Cuanto más tiempo pasaba, más cansados estaban y más les costaba coger la presa. Acabaron con dolor de cabeza, fruto de la deshidratación, con toda la ropa sucia y hedienta de arrastrase entre la mierda. Pero ahora venía lo mejor, el cobro por el trabajo desarrollado.

Su sorpresa fue mayúscula porque el tal Auxibio empezó a decirles que habían estresado mucho a los pollos y que alguno había muerto fruto del sofoco. Otros habían perdido muchas plumas y eso disminuiría su precio de venta. Además, al tardar cuatro horas en lugar de una ya no podría llevarlos ese día al matadero lo que también leo produciría una merma en su negocio.

Así que les negó las mil pesetas pactadas y les dio un pollo a cada uno asegurando que lo hacía porque le daban pena.

Los muchachos protestaron, pero les dio igual. Como castigo, tuvieron que volver al pueblo andando con los pollos revoloteando intentando deshacerse de su asidura por las patas.

Los zagales muy cabreados, le amenazaron. Y le dejaron claro que no contase más con ellos para nada.

Y Auxibio les recriminó su altanería y les dijo que no le extrañaba que estuvieran parados. Porque cuando se les da la oportunidad de tener trabajo, se empeñan en perderlo. Deberían estarle agradecidos por haberles contratado.


 

Publirrefascismo

 

Hace unos días uno de esos diarios de difusión del hijoputismo especulador Lainformación.com (Grupo Henneo, antiguo grupo Heraldo), nos sorprendía con el siguiente titular “Jaén lanza un SOS: no tiene temporeros para recoger aceitunas a 8,5 euros la hora”. Pese a que es una actividad bien pagada, los jóvenes lo consideran un trabajo muy duro, y los inmigrantes que se ofrecen no tienen papeles. Ocho euros y medio la hora les parecía una actividad bien pagada. Ocho euros y medio por estar un montón de horas (unas diez) doblando los riñones, sufriendo el frío de la mañana y la humedad del campo. Aunque lo que realmente subyace detrás de este titular en un problema propio de este sistema que hemos dejado que nos impongan, dónde los derechos no existen y la vergüenza del contratante tampoco. No encuentran jornaleros porque el trabajo es especialmente duro y mal pagado. Porque, con la despoblación, el medio rural se está quedando vacío y porque la represión al migrante es un hecho. Sin sitio dónde dormir (se crean albergues pagados por los ayuntamientos en los que unicamente se permite la estancia de un máximo de tres días) y sobre todo por los fraudes de contratación, habituales en la zona, impiden que jornaleros de otros lugares puedan acudir a trabajar, con el handicap añadido, que, después, tampoco pueden legalizar el trabajo desarrollado para cobrar el PER. Además el propio titular esconde la realidad de los salarios, porque los propios convenios colectivos hablan de entre 50 y 60 euros al día. Es decir entre 5 y 7 euros la hora (suponiendo que se cumpliera el convenio en las horas de trabajo que no suele ser el caso).

Ahora, que en los medios están tan presentes esos fascistas que quieren empeorar aún más las cosas, y que desde la propia izquierda insistimos en darles bombo y hacerles de altavoz de sus mentiras, distorsiones y sesgos, deberíamos pararnos un minuto a reflexionar sobre cuál es la situación de nuestro día a día. Esa que padecemos y sufrimos y que no sale en los medios pero que nos produce ansiedad, indefensión y rabia, que nos empeora la calidad de vida y que todos, desde el fascista más acérrimo hasta el libertario más comprometido, padecemos y exponemos en voz alta a nuestros familiares y amigos en un intento de clamar en el desierto.

Una de ellas es esta situación de temporalidad en el trabajo que encadena contratos de un día, de dos, incluso de horas (el año pasado se firmaron más de 61.000 contratos al día, lo da muestra de la precariedad). Esa situación nos lleva a no poder hacer ningún tipo de plan de futuro y, en el peor de los casos, nos mantiene en un desasosiego continuo y ni siquiera nos da para vivir. Todos conocemos más de un caso. Lo que evidencia que, lo que debería ser una anomalía, se ha convertido en generalidad. Entre los casos más abusivos está el de las Kellys a las que les han llegado a pagar 2,30 euros por cada habitación limpia y en perfecto estado de revista. Precariedad que además se complementa con los numerosos casos de despidos en los que, como a Manuela Vargas, Kelly jerezana a la que despidieron dejándole una deuda de 31.000 euros en salarios, sola la queda el recurso de acampar las puertas de su antiguo trabajo reivindicando los 20.000 euros que aún la adeudan, se han convertido en la situación habitual del trabajo en España.

Si la explotación y la precariedad en el trabajo es grave, lo que nos está pasando con la salud, no tiene parangón. En las encuestas, todo el mundo pone bien a los profesionales de la medicina. Es lógico. Ellos no tienen culpa. Es más, en la mayor parte de los casos, gracias a su esfuerzo que sobrepasa lo exigible, las cosas acaban mejor de lo que un sistema castigado por la desidia de los gobernantes (del PP y del PSOE, pero las propuestas de los que conforman el Trifachito son bastante peores), nos haría suponer. Aunque existen muchos casos, (y cada día más) en los que la sanidad pública, llevada al colapso por la gentuza que nos ha gobernado, puede hasta costarnos la vida.

Tengo un amigo al que le han detectado esa enfermedad que solo su nombre ya da terror. En octubre pidió cita para el especialista y se la dieron para mediados de enero de este 2019. Tiene la suerte (o la desgracia, más bien) de tener y poder pagarse una de esas sociedades médicas que hacen su agosto entorno al caos de la Seguridad Social. Entre octubre y diciembre le hicieron las pruebas, le quitaron lo que estaba mal, le diagnosticaron la enfermedad y le han dado cita para empezar el tratamiento contra ella la semana que viene. Dése cuenta el lector que si mi amigo no hubiera podido pagarse la sociedad privada, aún estaría esperando la primera visita con el especialista, que le llevaría a otra cita para las pruebas, luego otra para el resultado, la operación y el tratamiento. ¿Cuando? Pues con un poco de mala suerte, nunca porque es posible que, si todos los plazos son iguales, cuando le diagnosticaran la enfermedad ya sería irreversible.

Lo que han estado haciendo durante años PP y PSOE y lo que propone el Trifachito, es empeorar el sistema de salud público mediante contrataciones externas que suponen el triple de costo que lo público, cerrando además cientos de plantas y alas de hospitales, dejando sin personal lo público, incrementando las listas de espera hasta niveles que rayan el delito. Así, quienes pueden permitírselo optan por las sociedades privadas que empezaron como complemento a la sanidad pública y han acabado sustituyendo lo que debería ser común y un derecho para todos.

Cuando intentamos rebatir y combatir el fascismo esas situaciones son las que debemos poner encima de la mesa. No enlazar en las redes sus vídeos, no enseñando sus declaraciones, no queriendo ridiculizar sus estupideces emitidas justamente para estúpidos y para que caigamos en la trampa de hacerles publicidad.

Ultimamente hasta la prensa seria (Diario 16, Público, Infolibre,…) dedican demasiado espacio a las declaraciones de los líderes del fascismo. Intentan dejar en evidencia su poca preparación cultural y su estupidez cognitiva. Pero eso también es hacerles el juego. Un periódico debe de dar noticias. Y las idioteces y estupideces realizadas por un tipo, bajo guión programático, no son noticia. No debería. En una campaña electoral permanente, los medios de incumunicación se empeñan en hacer pasar por noticia lo que únicamente es propaganda. De igual forma, cuando un periodista hace una pregunta incómoda a uno de esos dirigentes fascistas, y este no le responde argumentando que pertenece a un medio no afín, el resto de periodistas deberían hacerle la misma pregunta hasta que conteste. O mejor, levantarse, irse y no volver nunca más a ninguna rueda de prensa de el tipo en cuestión o de su formación.

El fascismo es el principal causante de esta coyuntura. Porque lo que la UE le ha hecho al pueblo de Grecia, a nuestro país y al de todos los países pobres, no es nada más que el abuso del privilegiado sobre el cuitado. Y eso, señores también es fascismo. Porque se utilizaron todos los medios e instituciones gubernamentales para llevar a cabo el fraude y la opresión. Lo que ha sucedido no es otra cosa que lo que antes se hizo con infantería y tanques y ahora se ha realizado a través del arma moderna: la economía virtual especulativa.

O tenemos claro que este sistema de hijoputismo especulador es puro fascismo, o acabaremos en un baño de sangre.

O tenemos claro que intentar rebatir a quién no escucha solo es darle publicidad o acabarán llegando a controlar nuestras vidas desde el gobierno.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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