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PSOE y Podemos negocian una tregua a su guerra interna tras el caso Hasél y las amenazas contra Calvo

Máxima tensión en el Ejecutivo tras la peor semana para la coalición en un año

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Los disturbios provocados por anarquistas antisistema (más algún que otro movimiento delincuencial organizado que aprovecha el clima de conflictividad social para saquear comercios y boutiques) han ahondado en la crisis aguda que vive el Gobierno de coalición. El PSOE acusa a Unidas Podemos de no condenar la pedrada al policía y el violento adoquinazo al escaparate, mientras los morados insisten en que los socialistas no cumplen con lo acordado en los pactos previos. Y en ese incendio se van consumiendo las pocas esperanzas que le quedaban a unos y otros de llevar la Legislatura hasta el final con un mínimo de cordialidad y respeto institucional. A esta hora nadie puede asegurar que el gabinete Sánchez no reviente por los cuatro costados mañana mismo, aunque tampoco se puede decir que no puedan cumplir con el mandato de cuatro años.

Es evidente que las dos almas del Ejecutivo funcionan ya a su aire y con plena autonomía, de espaldas al otro, y si puede ser metiendo la zancadilla, el puntapiés y el navajazo trapero. Nadie se fía del ministro socio de coalición que tiene a su lado y las conspiraciones palaciegas y malas artes se suceden mientras los focos de violencia libertaria proliferan en las grandes ciudades, sobre todo Barcelona y Madrid. La guerra de guerrillas que despliegan los vándalos al caer la noche es solo comparable con las emboscadas que se tienden socialistas y morados, un Consejo de Ministros que ha inventado una nueva fórmula de poder, esa que integra el Gobierno y la oposición todo en el mismo lote o pack.

Un titular de El País firmado por Carlos Cué informaba ayer de que empieza a cundir en Moncloa la idea de que PSOE y Unidas Podemos no pueden seguir por esa senda de cainismo fratricida que solo conduce al despeñadero, a unas elecciones anticipadas y a un más que posible sorpasso de la extrema derecha representada por Vox. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias saben que están obligados a hacer algo, pero no saben qué, cómo ni cuándo. De ahí que esta semana los contactos entre ambos socios vayan a ser intensos para tratar de reconducir la situación.

Este Gobierno lleva un año de riñas y grescas y en todo ese tiempo las partes contratantes no han sabido articular un instrumento o modo de convivencia pacífica. Pero lo que se ha vivido en el Ejecutivo de coalición en la última semana de altercados y barricadas callejeras ha pasado de castaño oscuro. Las hostilidades han sido agrias y cruentas a cuenta de cada iniciativa legislativa que se ponía en marcha: ley de igualdad, ley trans, ley de vivienda y ley de libertad de expresión han generado públicos y notorios enfrentamientos entre los miembros de uno y otro partido. Por no hablar del terremoto desencadenado por Iglesias en medio de la campaña a las elecciones catalanas, en la que cuestionó la normalidad democrática del país.

Pero faltaba la gota que colmara el caso y esta ha llegado con el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél y los consiguientes desórdenes públicos, una triste realidad que ha sido interpretada por el Gobierno de coalición, una vez más, con dos prismas diametralmente opuestos. Si para los socialistas estamos ante actos violentos a todas luces condenables, el tuit de Pablo Echenique alentando las manifestaciones el primer día de disturbios ya dejó claro que en toda esta crisis, en Unidas Podemos se iba a imponer el activismo social a las obligaciones de Estado que debe exigirse a todo Gobierno. Y así han transcurrido los últimos días, entre acusaciones mutuas de deslealtad y de haber cruzado líneas rojas de no retorno.

Las desavenencias quedaron patentes durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso del pasado miércoles, en la que los diputados del PSOE evitaron aplaudir las intervenciones parlamentarias de Iglesias, y ni Pedro Sánchez ni Carmen Calvo lo defendieron públicamente ante el furibundo ataque de las derechas. La máxima tensión se vivió el viernes, cuando Sánchez desautorizó a su vicepresidente segundo al insistir por enésima vez en que España es una “democracia plena” y que la violencia es “inadmisible”.

Aunque es cierto que ninguno de los dos socios se plantea en estos momentos romper la coalición, la mayoría de los ministros reconocen que algo muy profundo se ha roto y que va a ser difícil coserlo con el hilo del diálogo. Ningún político quiere perder el poder, de modo que ambas partes están condenadas a entenderse en una gobernación más o menos feliz o más o menos convulsa. Pero cuidado, porque las chispas que saltan, las fricciones en la maquinaria, son cada día más chirriantes e intensas y en una de estas crisis el Gobierno implosiona y el país entra en una fase de aceleración histórica de consecuencias impredecibles.

El último casus belli ha estallado después de que Carmen Calvo haya denunciado ser víctima de amenazas tras la aparición de un pelele con su fotografía colgado de un árbol y un cartel en el que se podía leer: “Me perdí, ¿por dónde queda el patriarcado?” De nuevo, lo que para Unidas Podemos era libertad de expresión para el PSOE era un ataque antidemocrático en toda regla. Mientras tanto, en el horizonte ya se vislumbra una nueva reyerta, en este caso la docena de enmiendas que ha presentado Podemos al proyecto de ley sobre el ingreso mínimo vital del ministro socialista Escrivá.

Con todo, llama la atención la curiosa paradoja que supone que un Gobierno que cuenta con el respaldo popular en medio de una pandemia y una crisis económica brutales insista reiterada y pertinazmente en autodestruirse. En las elecciones autonómicas catalanas, tanto socialistas como morados han conseguido un buen resultado: los primeros logrando la victoria en número de votos; los segundos salvando los muebles en un escenario que no les era propicio, ya que obviamente formar parte del poder ha desgastado la imagen de la formación morada en el último año. Además, la derecha está confusa, más desarbolada que nunca, lo que aumenta las perspectivas de proyección de la izquierda. Y pese a todo, socialistas y podemitas insisten en desangrarse en rencillas intestinas mientras juran y perjuran que el Gobierno está más cohesionado que nunca. El que los entienda que los compre.  

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