Francia era en 1919 un país arrasado por los efectos devastadores de la Gran Guerra recién finalizada. Ese mismo año, a primera hora de la tarde del 10 de diciembre, en el quinto piso sin ascensor del número 44 de la calle Hamelin, su “tugurio” desde que se mudara allí dos meses atrás, un afamado escritor de 48 años recibe al equipo de La Nouvelle Revue Française (Gaston Gallimard, Jacques Rivière y Jean-Gustave Tronche) después de que el timbre de la vivienda retumbara y desvelara a su inquilino del duermevela en que se hallaba inmerso tras inhalar vahos y tomar su habitual café.

–Supongo que ya saben que el señor Proust ha ganado el Premio Goncourt –dijo Gaston Gallimard a Céleste, la empleada del hogar del escritor, cuando abrió la puerta.

–¿Cómo íbamos a saberlo? No teníamos teléfono desde hacía tiempo.

Céleste sale corriendo a despertar a Marcel Proust a su habitación para informarle de la noticia.

–¿Ah?

Es lo único que consigue articular como sonido el genial autor de una de las obras cumbre de la literatura universal de todos los tiempos cuando Céleste le confirma esa “gran noticia que seguramente le complacerá… ¡Ha recibido el Premio Goncourt!”.

La alegría de Proust aquel día era evidente, aunque no lo exteriorizaba en absoluto. Hasta su muerte poco después, en noviembre de 1922, Proust siempre se sintió muy orgulloso de aquel premio

Sin dudarlo un instante, el escritor conmina a su empleada a pedir que sus visitantes vuelvan más tarde o incluso que lo hagan al día siguiente porque asegura que no le apetece recibirlos en ese momento.

La comitiva encargada de comunicar hace un siglo la concesión del galardón más prestigioso de las letras francesas no cede un ápice en su empeño y consigue el ansiado encuentro con el premiado, que permanece acostado en su habitación, con evidente olor a rancio, a cerrado y a vahos contra el asma. La alegría de Proust aquel día era evidente, aunque no lo exteriorizaba en absoluto. Hasta su muerte poco después, en noviembre de 1922, Proust siempre se sintió muy orgulloso de aquel premio.

Así fue la escena concreta que Thierry Laget describe admirablemente en su Proust, Premio Goncourt, editado por Ediciones del Subsuelo, con traducción de Laura Claravall. Estos días se cumple un siglo de la concesión del Goncourt a Proust por A la sombra de las muchachas en flor, el segundo volumen de su monumental En busca del tiempo perdido. Esa concesión tuvo mucho de aventurado ya que por aquellas fechas sólo triunfaban obras literarias que hablaran de un modo u otro de los efectos de la devastadora guerra recién terminada.

Esta obra de Laget lleva por subtítulo “Un motín literario” no sin motivos evidentes, ya que aquel premio desencadenó una oleada de protestas desde todos los frentes imaginables: pacifistas, excombatientes, reaccionarios, revolucionarios… Al resucitar el tiempo perdido, los que protestan contra esta obra genial sienten que el acomodado y adinerado Proust desdeña por completo el tiempo presente, repleto de las desgracias y sinsabores de una época sumamente difícil.

Laget se sumerge, con la aportación de cartas y documentos inéditos, en el enrarecido ambiente de aquellos días en que Proust recibió el galardón por excelencia de las letras francesas. Y lo hace abordando el shock que supuso para la crítica especializada y los franceses en general conceder el Goncourt a un hombre ya mayor (48 años), demasiado rico para recibir un premio de 5.000 francos, demasiado mundano aunque vive recluido en su cama y excesivamente locuaz y prolijo con una novela de más de 400 páginas ¡que además ni siquiera toca de pasada el sempiterno tema de la guerra!

Para colmo de polémicas, Proust arrebató el galardón en la lucha final del jurado a Roland Dorgelès, que competía con la patriótica Las cruces de madera. Ganó Proust por una ajustada votación de seis contra cuatro votos. La polémica estaba servida. Y el resto ya es historia.

 

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