La mayoría de nosotros, estamos atrapados en dos percepciones de la política que se encuentran en conflicto. En tiempos de confrontación, la percepción religiosa es la que puede tener ventaja a la hora de darnos una explicación política. Cuando los negocios mandan, es la percepción económica la que tiene ventaja.

La política como religión es un marco para dar sentido a la vida de la gente, la cosa va mucho más allá que un marco para potenciar al máximo los servicios públicos. Bajo la influencia de la ideología, la política se convierte en un combate de interpretaciones sobre qué constituye el bienestar colectivo. Así, la política influenciada ideológicamente, se encuentra bajo el dominio de la percepción religiosa; en lugar de una serie de bienes, acaba dando una serie de interpretaciones para dar sentido a la vida de la gente.

Esta percepción religiosa de la política, la que domina en España, nos predispone a ver cualquier acuerdo como un acuerdo corrompido. Encuentra que el acuerdo es una sumisión, una capitulación, una traición a la causa. Y para colmo, la aceptación de arbitraje en estas cuestiones, como la soberanía y la unidad, son inaceptables. Los partidarios de la unidad de la patria vieron el arbitraje como un acto de traición que es imposible de justificar apelando a la necesidad política. En la percepción religiosa de la política, el acuerdo siempre conlleva la traición fundamental de unos principios.

Algunos conceptos políticos modernos como pueden ser soberanía y unidad, son conceptos religiosos secularizados que vienen del ámbito de la teología: es decir, de la reflexión sobre Dios, los cuales se hacen operativos en el ámbito político y en consecuencia son trasladados con gran eficacia al terreno de los asuntos humanos.

Soberanía es un concepto teológico muy especial. Dios es el soberano por excelencia, está por encima de todas las cosas, con lo cual lo puede todo. De este reinado de la soberanía de Dios con los siglos se pasa a la soberanía de los monarcas absolutos a los cuales hubo que decirles a finales del siglo XVIII, Señor Usted ya no es el soberano. Y el monarca absoluto lógicamente se quedo asombrado porque a él siempre le habían dicho lo contrario. ¿Y entonces quien es el soberano? Nosotros. ¿Y quienes sois este “nosotros”? La nación. Nosotros, la nación, la comunidad humana que vive en este territorio, somos los dueños de este territorio y tomamos las decisiones fundamentales sobre este territorio. Esto fue una revolución excepcional desde el punto de vista cultural porque obligó a reformularlo todo: la historia, para empezar.

Entramos así en el otro concepto secularizado, el de unidad en contraste con el de unión. La unión no es violenta nunca, mientras que la unidad sí que es violenta. La unidad no reconoce nada en el fondo, porque la unidad sólo puede reconocer las piezas, las partes que la conforman. La unión no te determina como parte, te determina como alguien que conforma una relación, y eso es lo valioso. De este modo se presenta la paradoja de que la independencia es la condición de posibilidad de la unión que es la clave, frente a la unidad, del conflicto político catalán.

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1 Comentario

  1. En la vida, cualquier percepción tuya en irresponsabilidad la puedes dejar al dominio de las sinrazones; pero, si tu voluntad no quiere, pues ¡no quiere!, y no la dejas al servicio de las sinrazones ni en un pelo, claro, en tanto que tú eres el dueño de tu voluntad, ya sea de querer o de no querer meterte en una aceptación por tu complicidad de un mal.
    El Bien no se crea del aire o de la Luna o de dibujitos en el aire o de tener formas-adornos, sino se exige; por eso la Biblia es un tratado de exigencias de bien, también el Corán es un tratado de exigencias de bien o cualquier camino correcto. Pero por desgracia hay un mito o una infinita falsedad que impone que tal exigir se ha de hacer únicamente a las competencias que mandan o a las autoridades, y esto es falsedad pura; ya que el Bien o lo correcto se ha de exigir a todos, ¡a todos! y siempre. Exacto, el BIEN o la racionalidad se exigen, a ése, a aquél, a ti donde estés, a un pueblo, a un país entero o al mundo incluso. Y constantemente, lo mismo que yo siempre estoy exigiendo que mi calle no me lo ensuciéis, que mis alimentos no me los contaminéis y que mi Naturaleza no me la matéis. Y así voy ¡a por todas!, ¡por decente imperativo ético! http://delsentidocritico.blogspot.com/

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