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Podría hablar de Ángela, esa profesora de matemáticas –tiene que ser de ciencias- marcada por la timidez. Trabaja en la otra punta de Madrid y se levanta muy temprano para tomar un desayuno sano y nutritivo a la vez: kiwi para combatir el estreñimiento, zumo de naranja con intención de reforzar su sistema inmunológico, tostada de tomate (aún más vitamina C) y aceite de oliva ecológico de primera prensa obtenido exclusivamente con procedimientos mecánicos. A media mañana se tomará un té English breakfast con una galleta, un pequeño capricho que se concede.

Alguien podría pensar que en realidad estoy hablando de mí, que también soy profesora (aunque de letras) y suelo tomar un desayuno muy parecido, pero tengan en cuenta que la historia de Ángela está escrita en tercera persona, no en primera. Y que yo soy más de café que de té, la verdad.

Su timidez no la ayuda a la hora de enfrentarse a los alumnos más rebeldes. Los que no quieren quitarse la gorra o consultan el móvil de forma compulsiva. Una vez los subió al aula de informática para realizar unos ejercicios y pilló a uno de ellos haciendo apuestas deportivas por Internet. Lo echó de clase con cajas destempladas y desde Jefatura de estudios tuvieron que convencerla para que lo volviera a admitir.

Aunque, si lo pienso fríamente, puede que me confunda. Eso me sucedió a mí y no a Ángela, pillar a aquel alumno contestón apostando sin ningún disimulo. Y no lo eché, simplemente lo obligué a ir a la página de Gramática. Y mira que era pesado y chulito. Por suerte dejó de ir a clase en cuanto vio sus notas. Otro cerebro inquieto dedicado a desperdiciar su vida.

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La profesora de matemáticas vive sola y cena pescado asado (a la sal, con un majado de ajo y perejil o, muy de vez en cuando, en salsa) y ensalada de bolsa con queso de Burgos 0% materia grasa, tomate y aguacate. Cuando quiere tirar la casa por la ventana le pone nueces y pasas, pero suele evitarlo porque eso aumenta considerablemente la ingesta de calorías.

A mí también me gusta cenar sano y, si se puede, evitar los hidratos de carbono. De hecho, lo del pescado y la ensalada se hace en mi casa pseudorreligiosamente los lunes. No sé por qué, costumbres que se implantan en nuestras vidas. Y no vivo sola, tengo una familia que me quiere y sin la que no podría sobrevivir.

Ella tiene un método de enseñanza que ha ido testando de instituto en instituto. Sabe que los más listos la entienden y la siguen. Con los demás no gasta demasiada paciencia. No le cabe en la cabeza que alguien no comprenda algo tan sencillo como una ecuación o una suma de fracciones y la pone muy nerviosa repetir las explicaciones. Su método no funciona en el centro que le ha tocado este año, el mío. Ahí, aunque a algunos estudiantes se les nota el tufillo a Educación Obligatoria todavía, hay muchos que realmente quieren aprender y preguntan una y otra vez hasta que lo entienden. Ella no los soporta.

En este punto se demuestra que Ángela y yo no somos la misma persona. Me encantan los alumnos inteligentes –a quién no- pero tengo en mi haber logros con algunos por los que a priori era muy difícil apostar. Y de esos es de los que me siento más orgullosa. Como aquella alumna de un barrio marginal que hacía los exámenes a mi lado porque se ponía tan nerviosa que no era capaz de escribir. O aquella otra que me confesó que, después de muchos años, al fin conmigo había aprendido a analizar sintácticamente una oración.

Ángela odia la Navidad. Siempre coincide en la cena de Nochebuena con sus primas casadas y llenas de hijos que le preguntan insistentemente por qué no tiene pareja y le recuerdan que a su edad no puede ser tan exigente.

La Nochevieja la deprime todavía más. Esos propósitos de mejorar de cara al año que empieza y las felicitaciones constantes a través de los smartphones la hacen reflexionar sobre su mierda de vida y la experiencia le demuestra que el nuevo año será como el anterior o, en todo caso, peor. Sus padres envejecen y, como hija única que es, le va a tocar hacerse cargo de ellos. Y, ¿quién la cuidará cuando sea mayor?

En alguna ocasión ha pensado en adoptar, pero como es interina no tiene mucha estabilidad laboral y, en el fondo, le da muchísima pereza todo el papeleo y no está segura de tener el dinero suficiente. Le han contado que cuesta mucha pasta.

Yo no odio la Navidad, me gusta ver las calles iluminadas y celebrar bebiendo y comiendo cosas especiales con la gente a la que quiero. Y las vacaciones, claro.

Aunque estoy de acuerdo con Ángela en algunos aspectos negativos: las hordas de gente por el centro de las ciudades son agobiantes, todos compramos los regalos el último día y hacemos cola para la lotería, cola para ver belenes, cola para conseguir el roscón de Reyes…

Y el tema de los whatsapps alcanza cotas insospechadas. Te felicitan las vacaciones, la Navidad, el Año nuevo y ahora hasta te envían buenos deseos para que te traigan muchos regalos los Reyes. Las felicitaciones tienen todo tipo de formatos: abetos, bolas, muñecos de nieve, sacacorchos, amaneceres, familias felices, luces navideñas, niños gordos, camellos, cachorritos y, cómo no, el negro del wasap.

Ya una vez pasados los Reyes solo queda recoger toda la decoración navideña, guardarla hasta el año siguiente y arrepentirse de todo lo que se ha comido sin necesidad.

Ángela retoma su ensalada y su pescado. Legumbres al mediodía y pollo a la plancha. De vez en cuando arroz blanco. Y sale a correr todos los días una larga temporada. Después corre los días alternos y su frecuencia va disminuyendo hasta que se reprocha a sí misma no tener fuerza de voluntad para cuidarse todo lo necesario y sin querer, a veces, lo paga con esos alumnos torpes que no recuerdan ni la tabla de multiplicar.

Yo también me arrepiento de haber comido demasiado y aumento la ingesta de verduras durante un tiempo aunque confieso que soy débil y acabo con las sobras de las cenas y comidas navideñas: salmón ahumado, embutidos varios, patés y el imperdonable jamón ibérico.

Llega la vuelta al cole después de las vacaciones y los profesores nos saludamos con dos besos. Al fin y al cabo, comenzamos un nuevo año. Estoy ordenando unas fotocopias para entregar a los alumnos y entra Ángela en la sala de profesores. Mira al suelo. La timidez que la limita. Yo me levanto y, después de desearle “Feliz Año” la beso. Entro en clase y comienzo a fijar en el calendario las fechas de los exámenes de la segunda evaluación. Una alumna me interrumpe para hacer una pregunta y me llama Ángela. La miro sorprendida. ¿Es tan fácil confundirnos?

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