No se lo puede creer. No se puede creer que le haya pasado a él. ¡A él! Aunque desde que juró el cargo han transcurrido ya más de dos años aún sigue maravillándose. ¡Pero si él era un pelanas!. En el colegio le pegaban sus compañeros. Jamás fue capaz de ligarse a la guapa de su facultad. Fue despedido de su primer empleo. Y ahora…¡presidente!. El presidente de toda una nación. El Presidente.

En las noches que la sensación de incredulidad era tan fuerte que no le permitía dormir, pues temía que al despertar su suerte no fuera tal sino un sueño, montaba en cualquiera de los coches oficiales y protegido tras un uniforme de ordenanza o chófer pasaba las horas muertas recorriendo la ciudad. Mirando sin posibilidad de cansarse a los hombres y mujeres cuyos destinos le había tocado gobernar. Dejándose descubrir aquí y allá. Estrechando manos. Disfrutando con el estupor de los que alcanzaban a reconocerle.

Era cierto. Era real. Estaba despierto. Y quizá para celebrarlo, o quizá simplemente por qué no podía evitarlo, cuando regresaba al palacio que ahora era su casa recorría, como puede certificar el personal de servicio, la distancia que separaba el aparcamiento de la puerta principal gritando que era más grande que dios y dando enormes saltos. Enormes, pero torpísimos, saltos.

 

(Relato número154 de El Año del Cazador, libro que convirtió a su autor, Javier Puebla, en el Primer Escritor en la Historia de la Literatura en escribir un cuento literario al día durante un año). (Mecanografía: MDFM)

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