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No es infrecuente la ocasión en que uno se encuentra, aun sin quererlo, con noticias sobre emprendimientos y emprendedores. Suelen ser noticias que proyectan un aura de éxito, con aroma a sueño americano, y una clara moraleja para los destinatarios: que brote en ellos el germen de la aventura, de la equivalencia entre el querer y el poder, porque como nos repiten insistentemente los patrocinadores de tan dulces sueños, si quieres, puedes, y la única barrera para conseguir lo que quieres, está en ti, en tus miedos, en tus inseguridades, en tu falta de convicción. Voluntarismo y pensamiento mágico a raudales.

Tanto en noticiarios como en libros de autoayuda, en conferencias con oneroso caché o en charlas variopintas en las que el coaching se mezcla con las supuestas oportunidades de mercado, se nos vende a diario que estamos a un paso del éxito, de la riqueza, del triunfo sin paliativos. A veces a un simple click en el ratón de nuestros ordenadores, otras incluso bastaría con cierta capacidad de sugestión para sentir las mejores vibraciones y canalizarlas en cualquier proyecto profesional. El mensaje es claro. Y no menos inocente.

Se trata de un discurso perfectamente diseñado para diluir del análisis cualquier referencia estructural, social, colectiva o material. Las estructuras socioeconómicas, los condicionantes de partida, la sociedad y, en fin, el contexto en el que nacemos y nos desarrollamos, desaparecerían de forma repentina y se disolverían en un océano de voluntarismo y quimeras al alcance de la mano. El discurso hegemónico, con la misma eficacia, invisibiliza algunas realidades incómodas para el mantra individualista, en el que convergen el riesgo y una caricatura de individuos solitarios y decididos que cayeron mil veces y, a la enésima, consiguieron reinventarse y triunfar desde la nada, en el garaje de sus casas. Se borra, por un lado, el peso del sector público en cualquier proceso de innovación: imaginen que se expandiera entre la opinión pública realidades tan poco discutibles como escasamente emocionantes, tales como las ingentes sumas de dinero público invertido y el enorme riesgo asumido por los Estados en cada uno de esos hitos de innovación que hoy se atribuyen a un mercado sacralizado, donde se proyecta un providencialismo apenas disimulado.

Otra de las dimensiones que sin duda interesa ocultar a la opinión pública es la mera realidad estadística, mucho menos esplendorosa que el relato sesgado de ganadores que cayeron y se levantaron. En tanto que reduccionista y profundamente maniquea, esa descripción oculta realidades cuantitativa y cualitativamente mayoritarias: las de los millones de personas que, guiados por variopintos intereses pero también embebidos de la ideología dominante, esa síntesis entre coaching motivacional y emprendimiento hipertrofiado, se lanzaron a piscinas sin agua y naufragaron estrepitosamente. Ya saben, los focos no suelen pararse en los fracasos, que no venden. En muchas ocasiones se trató de naufragios no atribuibles a sus estrictas responsabilidades individuales, sino, al menos también, a una serie de condicionantes de peso que lastraron desde sus inicios esos proyectos. Y es que no vivimos en la distopía individualista y neoliberal que algunos se afanan en retratar. Vivimos en sociedades complejas, con intereses económicos contrapuestos, clases sociales bastante diferenciadas y con intereses divergentes, y brechas socioeconómicas crecientemente lacerantes, estado de cosas agudizado tras la eclosión de la globalización capitalista y la triste dilución de la socialdemocracia y el keynesianismo de posguerra.

Como vivimos en contextos colectivos, no somos ajenos a las condiciones materiales que nos determinan. Ni a las estructuras socioeconómicas que lastran o allanan, según el caso, las posibilidades de cada cual. No quiero decir con ello que las personas no tengamos capacidades, y que a iguales oportunidades no podamos desarrollarnos de una forma u otra, pero sí afirmo que el axioma previo simplemente brilla por su ausencia. Esa igualdad de oportunidades no existe. Y si existe, lo hace sobre un papel, en un programa electoral que todo lo soporta. Incluso, en el culmen de la hipocresía, tamaña declaración de intenciones puede coexistir con medidas tales como la eliminación del Impuesto de Sucesiones, ese impuesto esencial si uno se toma medianamente en serio la redistribución de la riqueza y cierto reequilibrio de dichas oportunidades desde el inicio de nuestras vidas.

La carga ideológica del artefacto descrito, de ese emprendimiento almibarado, no está exenta de múltiples efectos secundarios. Ahí encontramos el modelo productivo consolidado en España, atestado de PYMES y autónomos, y con una importante carencia de contratos laborales estables y no precarizados. No es un dato baladí, como no lo es tampoco la ya añeja reconversión industrial, esto es, la más cruda desindustrialización que se llevó consigo demasiados de esos puestos de trabajo estables y bien remunerados. A lo que fue y es una derrota sin paliativos para la clase trabajadora de este país, se le ha dado la vuelta desde los medios de comunicación y los oráculos de ese coaching motivacional: lejos de estar sujeto a la ajenidad y dependencia de una relación laboral, se nos dice, valore usted la libertad de quien trabaja sin horarios, sin jefes, sin jerarquías… aunque a la hora de la verdad, esa libertad del emprendedor no sea más que la infame máscara nominal que blanquea la explotación del falso autónomo: el que no tiene empleador en términos tuitivos, pero sí tiene imposibles presiones en forma de variables y objetivos inalcanzables. El que no tiene sueldo fijo en nómina con sus cotizaciones a la Seguridad Social, pero sí la obligación de expedir una raquítica y solitaria factura por unos emolumentos obscenos y volubles (casi siempre a la baja). El que no tiene horarios en teoría pero, en la práctica, se ve obligado a contestar emails y whatssaps en la cola del supermercado y trabajar domingos y festivos, o saber que las vacaciones, en el improbable caso de que sean posibles, son sinónimo de no cobrar un céntimo. El que no sabe lo que es un Convenio Colectivo, ni lo que es un centro de trabajo, ni lo que son los compañeros, ni lo que es el derecho de huelga o la acción colectiva de los trabajadores, y no por desconocimiento o ignorancia, claro, sino por la cruda realidad impuesta de un mundo de supuestos creadores, emprendedores y empresarios que compiten demencialmente entre sí, bajo el cruel paraguas de una falsa economía colaborativa, que de colaboración tiene poco, y de carácter predatorio, demasiado.

Conociendo el paño de la realidad, a uno se le pasa por la cabeza, cuando escucha por enésima vez a esos telepredicadores de la fábula de marras repetir machaconamente su particular catecismo, aparte de una pizca de sana rabia, un anhelo sincero. Que cuando propalen su sonata hueca y tramposa, tengan el buen gusto de ahorrarnos ese regusto almibarado, para que no se nos haga, además de dañina, tan empalagosa.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

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