La derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos abre un panorama incierto para las derechas europeas y por tanto también para las nuevas “cedas” españolas, trifachitos y neofalangismos de nuevo cuño. El nacionalpopulismo que trata de imponerse en el mundo sale noqueado por el aluvión de votos a favor de Joe Biden y saca conclusiones sobre lo que ha pasado estos días de comicios convulsos en tierras norteamericanas. No cabe duda de que la derrota del trumpismo es también, en cierta manera, la derrota de la extrema derecha europea, que ahora mira con inquietud su futuro. De la noche a la mañana Trump ha pasado de ser el hombre más poderoso del planeta a un simple loser, un perdedor, es decir, todo aquello que detesta el supremacista magnate norteamericano. Y ese estigma de fracaso es contagioso para los diferentes movimientos del neofascismo internacional.

En el propio partido republicano estadounidense son muchas las voces importantes que piden pasar página, modular el discurso y volver a la senda de la moderación. Es cierto que el todavía inquilino de la Casa Blanca no está políticamente muerto, ya que va a vender cara la derrota y va a seguir dando la batalla en los tribunales para impugnar las elecciones, tal como aseguró ayer mientras se solazaba jugando al golf en su club privado de Sterling (Virginia). Pero es evidente que su mensaje antisistema lanzado en los últimos cuatro años de legislatura sale seriamente tocado de este histórico cuerpo a cuerpo con Biden, un candidato al que llegó a menospreciar por su edad durante toda la campaña electoral y al que terminó ridiculizando con calificativos como Sleepy Joe (el somnoliento o durmiente Joe). La propia imagen del abogado de Trump, el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, ofreciendo una cutre y decadente rueda de prensa en el aparcamiento de una fábrica de Filadelfia, junto a un crematorio y a una tienda de juguetes sexuales, lo dice todo sobre el duro varapalo que ha sufrido el republicanismo trumpista.

Indudablemente, la ola anti Trump que nos llega del otro lado del Atlántico tras la histórica cita electoral del 3N afectará a la derecha política española. La lógica dicta que tanto los sectores más reaccionarios del Partido Popular (aquellos que admiran el estilo gamberro y faltón de Trump, que haberlos haylos) como la plana mayor de Vox que sigue al pie de la letra el manual de instrucciones de Washington (no olvidemos que fue Steve Bannon, asesor directo del millonario estadounidense, quien puso en órbita el proyecto ultraderechista español) van a tomar buena nota de los resultados electorales. Después de la pasada moción censura en la que Santiago Abascal sufrió una dura humillación a manos del hermano mayor Pablo Casado nada es lo mismo en las relaciones políticas entre ambos partidos. Tanto PP como Vox han tratado de venderse ante sus respectivos electorados como el gran ganador de aquella moción contra Pedro Sánchez y han entrado en una cruenta guerra de cifras sobre el aumento en afiliaciones en los días posteriores a la sesión en el Congreso de los Diputados. Por un lado, Casado está convencido de que su antológico revés ideológico a Abascal (con el que pareció romper definitivamente con la extrema derecha populista) ha servido para transformarlo en un abrir y cerrar de ojos en el nuevo Cánovas del Castillo de la política española, es decir, un estadista centrado y a la europea muy alejado del hooliganismo yanqui.

Este mismo fin de semana el dirigente conservador enviaba un educado mensaje a Joe Biden para felicitarle y desearle lo mejor en el futuro a “una nación amiga y aliada como Estados Unidos (…) España debe reforzar el vínculo transatlántico en el marco de la Unión Europea y de nuestras relaciones históricas con el continente americano”, ha escrito el líder del PP en su cuenta en Twitter mostrando su perfil más demócrata y templado. Parece por tanto que Casado está dispuesto a ir dejándose el vicio del trumpismo loco que durante un tiempo lo había seducido, sin duda por consejo del siempre tejano y atlantista José María Aznar. Queda por ver si sus intenciones políticas de giro al centro son sinceras y la mejor prueba de ello será ver qué sucede con los acuerdos firmados por el PP con la extrema derecha en los Gobiernos autonómicos de Madrid, Andalucía y Murcia y si sigue dando rienda suelta a Isabel Díaz Ayuso, la “trumpita” de guardia de Génova 13 que tiene licencia para casi todo. En todo caso, el secretario general del PP, Teodoro García Egea, ya se ha apresurado a decir que el partido sumó 1.500 nuevos afiliados más justo el fin de semana de la moción de censura. Un dato que está por confirmar, como el eterno recuento de voto en Georgia.

Por su parte, Abascal se ve ganador en su duelo de cifras con la “derechita cobarde” para hacerse con la hegemonía conservadora en España. El líder de Vox sigue enganchado a las teorías delirantes del trumpismo, entre otras que el mundo es víctima de una conspiración de pederastas socialcomunistas para secuestrar niños y beber su sangre. El Caudillo de Bilbao va a seguir comprando la basura ideológica de Trump convencido de que más tarde o más temprano le abrirá la puerta de Moncloa. “Sea cual sea el desenlace de las elecciones americanas, de nuevo podemos constatar la ignorancia y la manipulación de medios, politólogos, encuestadores y opinadores. Otra vez han quedado sus mentiras al descubierto. Trump puede sentirse ganador, por seguir en pie contra todos”, ha tuiteado el líder ultra. Vox cree que por mucho que los vientos soplen demócratas en USA, el partido verde debe seguir fiel a los principios fundacionales.

Al parecer, los voxistas están seguros de que tras la moción de censura se produjo una “avalancha” de afiliaciones e incluso anunciaron que abrirían sus sedes en fin de semana para poder acoger a los millones y millones de españoles que presuntamente han visto la luz trumpista y piden formar parte del gran proyecto ultraespañol. Para ello han difundido en redes sociales una serie de fotografías con supuestas filas de ciudadanos agolpados a las puertas de las oficinas de Vox que ni las colas del hambre. Según los documentos internos del partido abascaliano, hasta 2.000 personas se afiliaron en toda España durante los procelosos días del debate de moción de censura. La imaginación de los neofranquistas y su habilidad para el bulo no tiene límites, pero los tiempos están cambiando y lo único cierto es que los losers han dicho basta ya al show de Trump. Ese espectáculo denigrante de la política que Abascal se empeña en hacernos tragar como un aceite de ricino rancio y malo.

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