En un momento de su intervención durante el debate de investidura de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, ya en la tribuna de oradores, aprovechó para sacar su teléfono móvil y leer un mensaje que le acababa de enviar la que fuera candidata de En Comú Podem al Senado Rosa Lluch, hija de Ernest Lluch, el ministro socialista asesinado por ETA de dos disparos en la cabeza el 21 de noviembre del año 2000. En ese correo, Rosa Lluch pedía a Iglesias que trasladara al líder del PP, Pablo Casado, y al de Vox, Santiago Abascal, su malestar por la espuria utilización que están haciendo las derechas de las víctimas del terrorismo. Además, acusó a populares y ultraderechistas de usar el dolor de los afectados en su beneficio y para sus fines políticos.

“Había anotado algunas notas para hablar del programa y de los retos del próximo Gobierno, en términos de reconstrucción y conquista de nuevos derechos, pero después del despliegue de autoritarismo y de falta de respeto institucional de sus intervenciones quiero decir otras cosas diferentes”, dijo Iglesias dirigiéndose a la bancada conservadora.

El líder de Unidas Podemos hizo lo que cualquier demócrata hubiese hecho en su lugar: denunciar la nauseabunda instrumentalización de los fallecidos y mutilados por ETA. Lamentablemente, comprobando la catadura moral de algunos dirigentes, no servirá para mucho. Uno de los rasgos típicos de las derechas españolas es que lo patrimonializan todo, hasta el dolor de las víctimas. El PP ya lo hacía antes de que Vox llegara al Parlamento pero tras las sesiones de debate de estos días hemos podido comprobar que el Trío de Colón no va a parar hasta contaminarlo todo con su ideología totalitaria e intolerante. Las derechas creen que la bandera es suya, que el himno nacional les pertenece, que el Congreso de los Diputados es su cortijo privado (de ahí que lo hayan convertido en su taberna particular y se permitan patear el tablao del hemiciclo y hasta poner los pies encima del escaño si les viene en gana). Los diputados ultras (también Inés Arrimadas, que ejerce de comparsa en este peculiar trío del Apocalipsis) se ven a sí mismos como héroes de la lucha contra ETA (muchos de ellos en realidad nunca pisaron el País Vasco) y no solo distinguen entre buenos y malos españoles, sino entre buenas y malas víctimas del terrorismo. Al PP y Vox, en su delirio nacionalista exaltado, los mutilados en los atentados y los hijos de los asesinados por los criminales solo les merecen un respeto si son de derechas, buenos patriotas y de misa de doce. Las víctimas que deben ser honradas son las suyas y solo la suyas, las de su bando carlistón, porque las otras, las del bando contrario, las del Partido Socialista y de otras formaciones políticas (que también cayeron y no pocas) son víctimas de segunda al no tener el pedigrí.

Rosa Lluch dio ayer toda una lección a los representantes del patrioterismo de más baja estofa que haya conocido jamás este país (lo cual ya era difícil). E hizo bien Pablo Iglesias en hacer público su mensaje unos minutos antes de que los diputados votaran la investidura de Sánchez.

La estrategia de manipulación de las víctimas del terrorismo por parte de las derechas es repugnante, ya que la derrota de ETA no fue una victoria del PP –como ahora pretenden hacernos creer− sino una gran victoria del pueblo español, de las fuerzas de seguridad del Estado que desmantelaron decenas de comandos dispuestos a atentar y también de los partidos democráticos, de todos los partidos democráticos. Conocemos perfectamente la historia y no necesitamos que Ortega Smith nos la cuente con sus habituales bulos y mentiras para retorcer la memoria histórica. Sabemos cómo sucedieron los acontecimientos en aquellos oscuros 40 años de sangre y plomo en los que ETA sembró el terror en todo el país. Bildu (entonces Herri Batasuna) jamás podrá borrar todo el dolor que ocasionaron sus compañeros terroristas, como tampoco podrá hacernos olvidar que jamás condenó la violencia y ni uno solo de los asesinatos, fuesen de guardias civiles, políticos, simples trabajadores, mujeres o niños. Nada podrá maquillar toda aquella ignominia y Bildu tendrá que convivir con ella durante muchos años. Pero, afortunadamente, ETA ya no existe y quienes la apoyaron en su día (hoy líderes políticos limpios de delitos que han sido legítimamente elegidos por los vascos en las urnas) tienen todo el derecho del mundo a participar en las instituciones. Esa es la grandeza de la democracia, que abre sus puertas no solo a quienes un día dieron cobijo (material e ideológico) a las ratas terroristas, sino también a esos puritanos de la derechona que se creen libres de todo pecado cuando tampoco son capaces de condenar los miles de asesinatos cometidos por Franco.

De estos días trepidantes de investidura que tardaremos mucho tiempo en olvidar nos quedará la emoción de Rosa Lluch y su mensaje a la derecha para que dejen en paz a las víctimas del terror, así como la dignidad y fuerza moral de Aina Vidal, la diputada que padece un cáncer agresivo y que finalmente, a duras penas, decidió acudir a votar para cumplir con el mandato de sus electores. Por cierto, Vox no tuvo ni siquiera el detalle de humanidad de aplaudir a una luchadora contra la enfermedad que sacaba fuerzas de flaqueza para cumplir con su deber. Ambas mujeres de una talla moral inmensa han puesto en evidencia la insensibilidad de una derecha asilvestrada, ciega de odio y muy peligrosa para nuestro país.

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