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Porvenir

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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En el silencio del amanecer, el incipiente ajetreo de la ciudad comenzaba a llenar el espacio. El estruendoso traqueteo de carros y carretas, con sus aros de hierro que circundan la madera de las ruedas, chocaba contra los cantos y los adoquines de unas calles desiertas. Para quienes vivían en el cogollo del mercado, la costumbre había mimetizado la estridencia del roce de los descacharrados plaustros, pero para quienes venían de visita o para los peregrinos que se alojaban en la posada, el ruido era insoportable, haciendo imposible conciliar el sueño.

Toda la vida había sido así. Las calles, llenas de boñigas de caballos, mulos o bueyes. Los alrededores del mercado, un sindiós de carromatos, carros, carretas, algunos forcaces, que se arremolinaban en la plaza provocando un controlado caos circulatorio. Los juramentos de los arrieros producían tanto o más ruido que las propias ruedas, además de incomodar a beatas y curas que se dirigían a la catedral.

Mancio, uno de los zagales que sacaba unos reales ayudando a descargar, aguantando las riendas, cepillando y dando de beber a los caballos solitarios, mientras sus dueños hacían negocio dentro del mercado, quedose embobado al mirar a lo lejos. Por la calle principal, la que venía del sur, una mezcla entre un coche de estribos y de rúa se acercaba parsimonioso. ¡Pero andaba solo. No había caballo o mulo que tirase de él. Y tampoco parecía haber nadie empujándolo! ¡Que diantres! Pensó. ¡Es cosa del diablo! Pero no, conforme se fue acercando, un señor vestido elegantemente, como si se dirigiera a una fiesta de esas que celebraba el marqués en su palacio, sujetaba una barra que parecía ser las riendas de la máquina endiablada. El hombre del sombrero de copa, bajo de su carruaje, le dio un duro a Mancio (¡Un duro, ni juntando todas las propinas de un año, llegaría a esa cantidad!) y le ordenó que cuidara de su coche, como si le fuera la vida en ello.

Cuando volvió, montó en su calesa auto movible y desapareció por dónde había venido.

– ¡Mancio!,…, ¡Mancioooo!

– ¡Que estás atolondrado!

– Estaba recordando la primera vez que vi un automóvil, Efigenia. Y lo que hemos cambiado en estos años. Entonces, todo era más sencillo. Los arrieros necesitaban personas como yo que les ayudaran con sus animales. Hoy, ya nada es como antes. Ahora, cada día hay más cacharros de esos que llevan un motor que se alimenta de gasolina y cada vez menos caballerías y menos carros. Incluso el alcalde ha dictado un bando en el que a partir del año que viene, quiénes entren en la ciudad con sus caballerías o sus bueyes deberán recoger sus bostas, bajo multa de cinco duros. Y las ruedas, deberán llevar calzas de goma para evitar el ruido. No sé dónde vamos a parar. La gente se ha vuelto muy sensible y estúpida. ¿Tú oyes el traqueteo de los carros por la calle?

– Hombre Mancio, oírse se oyen. Y cuando estás en la cama y es verano como ahora, si vienen a las cuatro de la mañana al mercado, molestan, la verdad.

– Paparruchadas. Toda la vida ha sido así y nunca nadie se quejó. Ahora todos tenemos el oído muy fino. Y nadie piensa en los pobres arrieros que se van a quedar sin trabajo. Y en la gente de los pueblos que ya no podrá venir al mercado a vender sus huevos, gallinas, corderos o cebollas.

– No seas cenutrio, Mancio. Los arrieros, acabarán comprando esas carretas con motor, como se llaman…

– Camiones

– Eso, camiones. Y las gentes de los pueblos, seguirán viniendo. La mayor parte de ellos traen el carro por no venir andando. Así que, podrán dejarlo en las caballerizas de las afueras y hacer el último tramo a pie.

– ¿Y quién le va a pagar a los arrieros los camiones? ¡Valen una fortuna! Y los accidentes. Porque el ruido de los motores asusta a los mulos.

– De verdad, Mancio que no te entiendo. A ti los arrieros solo te han traído desgracias. Tienes el pie así porque un arriero te dio un latigazo en el tobillo cuando solo tenías cuatro años. La mitad de ellos no te daban ni las gracias cuando les cuidabas sus animales. Los nuevos, los de los camiones te pagan bien por ayudarles a descargar. ¿Y aún te preocupas por si tendrán que invertir para cambiar de vehículo?

– Me gustaría que todo fuera como antes, Efigenia.

– A ti lo que te gustaría es tener dieciocho años.


 

 

Porvenir

 

Al ser humano le asustan los cambios. Es normal. Se llama miedo a lo desconocido. Es un gen que nos alerta de los peligros. Aquello que nos entra por los sentidos, como el de la vista, y no podemos comprender, nos aterroriza.

Quizá por ello, siempre se ha mirado el futuro y los avances científicos con reparo. Nunca olvidaré lo que decía mi padre cuando siendo ya muy mayor, se preguntaba qué habría dicho mi abuelo si, de repente, hubiera vuelto a la vida después de cincuenta años y viera que el pueblo que vivía de sembrar trigo ahora tenía un campo de golf, más coches que personas, agua corriente en las casas, televisión, teléfono y sobre todo, que las tierras de las que antes vivían treinta familias, ahora eran cultivadas por tres personas y que los perros, habían sustituido a las ovejas y las cabras, además sin ningún objetivo económico. Seguramente, en ese caso, mi abuelo se habría vuelto a morir de un soponcio.

Si hay algo de lo que me siento orgulloso en este ayuntamiento que gobierna de forma personalista Manuela Carmena, es de que haya tomado conciencia de que vivimos en una atmósfera venenosa que nos mata poco a poco y que genera un enorme coste a la sanidad pública. Quizá se lo debemos más a Inés que a la propia Carmena. Pero es innegable la apuesta de la corporación por intentar minimizar el problema de la contaminación en Madrid. Como siempre, los más voraces opositores a la peatonalización del centro de Madrid son los que, en nombre del pueblo lo único que ven en la medida es la incomodidad de no poder circular por dónde quieran con sus coches. Es una cuestión de puro egoísmo. Porque ya no podrán dejar el coche en doble o triple fila, aparcar en el carril bus o sobre la acera mientras recogen a sus hijos de los colegios privados sostenidos con fondos públicos, mientras sacan dinero del cajero automático o mientras toman un pelotazo en la terraza de moda. A ellos el pueblo les da igual. Porque el pueblo, hace años que no puede bajar en coche al centro de Madrid porque no puede permitirse gastarse diez o quince euros en aparcar en un parking, o estar pendiente cada hora de cambiar el coche de sitio para que no se lo lleve la grúa por estar aparcado en zona verde (además de los dos euros que cuesta esa hora). Y es de libro la repetición estratégica de mantras sobre los peligros de la medida (como hacen cada vez que no les gusta una medida económica o social), cuando el tratamiento empírico de los datos, dice justamente lo contrario. En el Barrio de las Letras, ha mejorado notablemente la actividad comercial desde que está cerrado al tráfico. En Ourense, una de las primeras ciudades libres de coches en su casco histórico, todo son parabienes. Hasta en Burgos, dónde empresarios de bares y hosteleros se pusieron en pie de guerra por la peatonalización de las calles aledañas a la catedral, hoy no volverían atrás ni aunque les pagasen.

Pero el colmo de la repulsa es para todos aquellos cantamañanas que viven del odio permanente inoculado por los falsimedias televisivos, que sin tener coche, ni haber visitado en años el centro de Madrid (como mucho bajan una vez al año) empatizan con los corruptos practicantes del hijoputismo especulador y se oponen con uñas y dientes a una medida beneficiosa para ellos. Porque el óxido de azufre, el de nitrógeno o el monóxido o dióxido de carbono, no están en áreas estancas sino que son movidos por el aire y precipitados en sus barrios con la lluvia.

Es la empatía por el enemigo. La misma que lleva al españolito de a pie a repetir los mensajes adoctrinadores enviados desde los mismos falsimedios sobre la medida del gobierno de prohibir la venta de coches con motores de gasolina o diésel desde el 2040 y que desde 2050 no puedan circular por el estado español. “Pobrecitos los galsolineros que tendrán que desembolsar cientos de miles de euros para adecuar las estaciones de servicio a electrolineras”. Que es como si a principios del siglo XX, alguien hubiera sentido pena por los terratenientes del campo porque tenían que sustituir las trojes y pajares por gasolineras.

Porque otra de las características del ser humano es la de intentar analizar el futuro con los parámetros del presente. Es la única forma de entenderlo. Aunque en realidad es la única forma de deformarlo. Si a mi abuelo, que le tocó hacer la mili en Filipinas que entonces estaba a más de 140 días de navegación, le hubieran dicho entonces que podría ir y volver en dos días, hubiera imaginado un barco tan rápido que habría pensado que era imposible. Jamás se le habría ocurrido pensar que un aparato se sostendría en el aire y volaría por encima de las nubes a la velocidad de “un rayo”.

Con los coches eléctricos pasa algo parecido. Los inoculados con el virus de las Fake News de los falsimedias, están planteando una visión del futuro de los coches eléctricos con una visión actual. Sustituyen gasolineras por electrolineras, carga actual de seis u ocho horas de las baterías contra los cinco minutos que tardamos en llenar el depósito actual. No son capaces de imaginar que seguramente dentro de veinte años, acuciados por la necesidad, los coches eléctricos se cargarán instantáneamente o tendremos baterías que se auto recarguen con el propio movimiento circular de las ruedas del coche.

Pero lo más indecente, lo más peligroso es la empatía mostrada en favor de las compañías de petróleo que muchos ahora utilizan en contraposición al enemigo eléctrico, ignorando que ambos son lo mismo. Que ambos negocios pertenecen a los mismos inversores, que ambos utilizan a los políticos para legislar a su favor, para llenar el bolsillo de sus dirigentes y que ninguno de ellos se apiada de ninguno de nosotros no ya a la hora de echar gasolina o de consumir electricidad, sino en cualquier ocasión en la que tengamos algo que ellos quieran y necesiten para su negocio que no dudarán en quitárnosla como un niño grande le quita el caramelo que desea al chiquito.

La empatía por los poderosos es el peor de los males que padece esta sociedad. De ella se valen los marrulleros que mueven la tramoya para enfrentar a los pobres entre ellos y para evitar que les muevan la silla.

Oponerse al futuro es como oponerse a la muerte.

Salud, república y más escuelas.

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2 Comentarios

  1. Tienes razón, es cierto que impera el miedo a lo nuevo por eso está tan presente el dicho, tan nefasto y estúpido, de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Por eso mismo PODEMOS no es aceptado por mucha gente, por que es lo bueno por conocer y PP/PSOE es lo malo conocido. Si a esto le añadimos la gran labor de márquetin que han realizado los grandes poderes facticos, Ibex35, al promocionar y financiar el engendro denominado Ciudadanos, como el PODEMOS de derechas, para que sustituya al PP, que se estaba desprestigiando a marchas forzadas al evidenciarse tanto como una banda criminal, y así poder seguir engañando a los “burros”, según las propias palabras de Alfonso Rus, que votan a lo malo conocido nos estamos dirigiendo a que lo malo, en este caso Ciudadanos, sea la fuerza más votada si Dios, en este caso la gente mas lucida y mas informada que sabe y estudia, no lo remedia.

  2. FE DE ERRATAS:
    La primera ciudad gallega en peatonalizar su centro histórico fue Santiago de Compostela.
    En el artículo dónde dice Ourense como ejemplo de peatonaización debe decir Pontevedra.

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