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Tiene ángel, voz, magia, derrocha puesta en escena, simpatía innata y una empatía admirable con el público. En suma, tiene un don, arte a raudales y todo ello sin echar mano en ningún momento de esa legendaria saudade intrínseca por excelencia de su país. No le hace falta, porque, para encoger corazones como él los encogió sin consideración alguna al público que llenaba el Teatro de la Maestranza de Sevilla este sábado, apenas tuvo que comenzar el espectáculo entrando al tropel con los integrantes de su banda de jazz sobre el sobrio escenario al grito de «todo es de color, todo es de color…», de la legendaria Triana, para meterse a la gente de un plumazo en el bolsillo.

Tiene ángel, voz, magia, derrocha puesta en escena, simpatía innata y una empatía admirable con el público

Y todo esto ocurría mientras fuera, en pleno noviembre, a escasos metros de allí, la Esperanza de Triana atravesaba entre una multitud el puente de Triana celebrando los 600 años de la fundación de su hermandad. Magia en Sevilla. Qué duda cabe: Portugal puede sentirse orgullosa de tener a su propio Jacques Brel. Uno genuino cien por cien portugués, que pese a su juventud –cumple 29 años el próximo 28 de diciembre- acredita ya unos mimbres envidiables con una proyección creativa de amplio recorrido.

Lo suyo no es chanson, tampoco tiene la voz rotunda que poseía el belga. Pero ambos son animales escénicos. Para su jazz lo mismo recurre al inglés que al portugués o a un perfecto español, sin acobardarse en absoluto cuando decide reproducir a la perfección un habla andaluza de matices sevillanos que deja la boca abierta. Su aspecto físico larguirucho y algo desgarbado, su histrionismo gestual y la pasión con la que vive sobre el escenario la música, su música, hacen que todo remita a aquellos matices que el autor de ‘Ne me quitte pas’ dejó sobre el legendario Olympia parisino de los sesenta y setenta. Pero Salvador Sobral es portugués y el jazz amable y de amplios registros que despliega remite sobre todo a aires de bossanova procedentes del otro lado del Atlántico.

El arte de Sobral llega perfectamente pertrechado por tres artistas de contrastada trayectoria en el mundo del jazz portugués, que conserva unas peculiaridades intrínsecas que lo hacen especialmente sensible. El pianista Júlio Resende acompaña en buena medida la dulzura que destila la voz que sale de la garganta de Sobral, que además tiene corazón para dar y regalar en sus interpretaciones. No menos importante es el trabajo del contrabajo de André Rosinha y la batería de Bruno Pedroso. Y lo mejor de todo es la simbiosis y sincronía ganada a base de muchos bolos en tugurios de mala muerte, que diría el propio Sobral en un perfecto andalú.

Ah, por cierto, del ganador de Eurovisión en 2017 apenas queda nada. Ni siquiera la melena. Para colmo, usa corazón nuevo y se da golpes feroces en el pecho para agradecer ese regalo de la vida que él ofrece de modo desgarrador al público en forma de sedosos registros vocales. Y sí, cantó, ¡y de qué manera!, su ya mítica ‘ Amar pelos dois’. Y volvió a emocionar, a desatar un torrente de vibraciones. Sentir así la música y transmitirla de esa manera no tiene precio ni patria ni bandera, y no tiene mejor premio que un atronador y rendido aplauso.

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