A veces la etimología es engañosa. Fíjense que el término ‘maestro’ deriva de ‘magister’ y este, a su vez, del adjetivo ‘magis’ que significa “más” o “más que”; y, por otro lado, ‘ministro’ viene de ‘minister’ y este del adjetivo ‘minus’ que significa “menos” o “menos que”. Mientras el ‘magister’ destacaba por sus conocimientos y habilidades en la antigua Roma, al ‘minister’ apenas se le atribuían destrezas especiales. Nada más lejos de la realidad pues ambos son actores del mismo escenario y se deben al mismo público.

La enseñanza pública no tiene más sentido que dar acceso a una formación en conocimientos y destrezas a la sociedad de forma gratuita o, cuanto menos, de la forma más accesible que sea posible. Este noble objetivo se complica cuando en España únicamente se dedica el 4,3% del PIB a Educación, en un continuo retroceso desde hace seis años, y se antoja insostenible tras estudiar el plan trienal recién enviado a Bruselas, donde para 2019 ese porcentaje todavía está previsto que se reduzca hasta un 3,7 % del PIB, es decir, más que Perú o Guinea Ecuatorial pero menos que Bolivia, Vietnam o México, o sea, estaremos al mismo nivel que Gambia.

Que estemos en torno al nivel de resultados de Francia y Alemania con esos presupuestos resulta llamativo. Ellos destinan el 5% de su PIB. Que no quedemos tan mal comparados con Finlandia, que destina el 6%, roza el milagro. Y no se nos olvide que salimos casi a ley educativa por legislatura. Si me preguntan dónde radica el quid de la cuestión les diré que en su profesorado y en un sistema público que hasta ahora, incluso con sus problemas, ha podido brindar acceso a la sociedad en su conjunto a la escolarización. Lo que hoy está en juego es precisamente ese sistema.

No conozco docentes más dedicados que los que he conocido en el sistema público español de enseñanza. Y he conocido a muchos, créanme. A lo largo de quince años he trabajado en Princeton University, Iona College, University of Pennsylvania y Ohio State University. En mi círculo más cercano tengo maestros de infantil y primaria, profesores de secundaria, universidad y Escuela Oficial de Idiomas. El nuestro es un oficio que requiere a la par vocación y talento, dedicación y don de gentes. Siento que, pasado el tiempo, la esencia de nuestro trabajo continúa siguiendo la máxima de Cicerón –‘Docere, delectare, movere. Y les garantizo que todos, todos y cada uno de mis compañeros, desempeñamos nuestro trabajo como mejor sabemos y podemos.

Ante los vaivenes de la política es urgente crear un pacto por la educación que garantice un sistema accesible para todos, que anticipe y resuelva las necesidades de nuestra sociedad. Es por ello que escuchar y negociar con todos los colectivos que componen la comunidad educativa es la única forma de garantizar la sostenibilidad y la calidad de los servicios que la escuela pública ofrece a los ciudadanos. ¿Se imaginan una escuela pública con los recursos y la organización de Finlandia? Créanme que es posible, si hay voluntad.

El ministro y el maestro deben ir de la mano en el servicio a la sociedad y, en un entorno de competencias transferidas, deben ser las administraciones de las Comunidades Autónomas quienes faciliten ese diálogo por un compromiso leal con toda la ciudadania.

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