Al final, Google ha tenido que reconocerlo. Nos graba, obtiene nuestras conversaciones, las almacena y probablemente alguien trafica después con ellas, con nuestra vida privada, con lo más sagrado que tenemos. ¿Para qué necesitan los diálogos de una madre con su hija hablando sobre el examen del día siguiente? ¿Qué interés o utilidad puede tener registrar las voces de una pareja mientras hablan de sus cosas, pintan la pared del dormitorio o practican sexo? Pues puede parecernos una tontería pero lo tiene. Probablemente todo ese material, audio y vídeo, es vendido a terceros. Quizá a agencias de publicidad, a empresas multinacionales que nos coserán con propaganda a través del correo electrónico o con mensajes personalizados al teléfono móvil. También sopesan utilizar nuestros momentos íntimos para algo tan delictivo como la industria del porno casero. Los sonidos humanos, los susurros y gemidos, son más naturales; y ya se sabe que la realidad, el original, vende más que el frío doblaje de dos actores fingiendo una relación sexual. Eso sin llegar a pensar en algo aún peor: nuestra vida íntima en manos de grupos de delincuentes dedicados al cibercrimen.

Pero hay más. Mucho más. Tras la inocente y simpática portada con la que Google nos da los buenos días cada mañana, esa misma que se abre automáticamente cuando encendemos el ordenador, hay todo un entramado diseñado para hurgar en nuestra existencia como pobres mortales de una sociedad tecnocapitalista. La cámara del PC nos vigila sin que reparemos en ello. Los micrófonos de la tablet, del Smartphone, del portátil, están abiertos las 24 horas del día. Nos escuchan, saben más acerca de nosotros que nosotros mismos. Lo que decimos en el ámbito familiar puede ser muy útil para determinados grupos de poder. Nuestras conversaciones en manos de agencias de detectives, de unidades de policía, de servicios de espionaje y de compañías privadas pueden ser muy interesantes para según qué cosas. Villarejo no es un loco, solo un adelantado a su tiempo; alguien que vio venir la convulsa revolución, el nuevo signo de los tiempos.

Hace unos días, un canal de televisión belga realizaba un experimento sociológico que pone los pelos de punta. Los reporteros consiguieron conversaciones privadas de ciudadanos a través de Google. Luego se plantaron en casa de las víctimas y les mostraron los audios para que supieran lo que estaba pasando. Los afectados, matrimonios y familias con hijos, quedaron de piedra. Allí estaba todo, la conversación trivial a la hora del desayuno, las discusiones de la pareja, los lloriqueos de los niños, los comentarios sobre la última película o el último partido de fútbol. Las cobayas eran gente corriente, no altos cargos ejecutivos de grandes empresas ni políticos enfangados, sino personas normales y anónimas como cualquiera de nosotros. Particulares que no tenían ni idea de que los estaban espiando a todas horas. Los testimonios de las víctimas tras saber que habían sido escuchados resultan escalofriantes, terroríficos.

Hasta ahora Google negaba que estuviera espiando a sus usuarios pero finalmente, y ante las evidencias, ha tenido que reconocerlo. Un 0,2 por ciento de nuestras conversaciones quedan registradas sin que lo sepamos a través de altavoces inteligentes, del ordenador o del teléfono móvil. Tenemos un espía en el salón o en el despacho del trabajo. Una máquina que nos lo graba todo. Ya no estamos a salvo en nuestro propio hogar. No hay lugar seguro en el mundo porque cada rincón del planeta está infestado de micrófonos, de chips, de drones, de satélites de comunicaciones que nos roban lo único verdaderamente humano que nos quedaba ya: la intimidad.

El Gran Hermano del que advertía Orwell se ha instalado definitivamente entre nosotros. Tras el vendaval tecnológico que está cambiando nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de ser y la esencia misma del ser humano hay mucho más que esas entretenidas redes sociales con las que nos divertimos soltando chistes sobre el Gobierno, ligando o publicando fotos con nuestros amigos en la paella del domingo. Nos están utilizando como personajes de una poderosa macroestructura con Internet como centro neurálgico, una inmensa red de canales (Facebook, Twitter, Youtube, Instagram) que lo sabe todo de nosotros, nuestra fecha de nacimiento, nuestro número de teléfono, nuestra cuenta corriente, nuestras fotos del álbum familiar, nuestros gustos y aficiones, nuestra tendencia política, nuestros secretos más inconfesables y el colegio al que van nuestros hijos. Un constructo diabólico creado con un único objetivo: despojarnos de nuestra privacidad, arrebatarnos la condición humana para vendernos como productos comerciales, reciclarnos como material económico en bruto para beneficio de las grandes multinacionales. No en vano, Internet es un invento de los militares. Y nada que tenga que ver con el negocio de la guerra puede ser bueno para el ser humano.

Apúntate a nuestra newsletter

1 Comentario

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre