“¿Por qué me ofendes Michael? He sido siempre leal contigo ¿Por qué me ofendes?” Le dice Tom Hagen, el consigliere de la familia, a Michael Corleone en El Padrino II. Uno, que ya ha perdido la cuenta de las veces que ha visto la saga de los Corleone, y espera seguir disfrutando de esa monumental obra muchas veces más, recuerda esta frase mientras lee la noticia de la cuenta del rey emérito en Suiza, patria querida, de sus testaferros, de sus comisiones… ¡dónde están mis comisiones, quiero mis comisiones! dice en sus conversaciones con Villarejo, entre otras muchas cosas, cosas que nos duelen y avergüenzan, su amiga Corinna que le gritó su amigo en cierta ocasión preso de un enorme cabreo, un real mosqueo, porque no llegaban puntualmente sus comisiones. Su tesoro.

Y mientras leo la noticia, que no tiene desperdicio alguno, en este mismo periódico digital y al hilo de esta frase de la inmortal película, voy preguntando mentalmente al emérito lo mismo que Tom Hagen: por qué nos ofende si siempre hemos sido leales con él. Por qué lo ha hecho, por qué nos ha tratado así, con tan poco respeto, con tan poca o ninguna consideración si siempre le hemos servido bien, si siempre hemos cumplido fielmente con nuestra parte en el trato como buenos ciudadanos, si siempre se le ha tenido un respeto reverencial, un cariño, una devoción que allá donde ha ido ha llenado las calles de gente apretada contra las vallas aplaudiendo enfervorecidamente y agitando al aire las banderitas de papel. Un fervor y una devoción convenientemente alimentada, espoleada y excitada por tropecientos publireportajes, algunos tan zalameros, tan serviles y rastreros que daban repelús, donde se jaleaba y elogiaba hasta la náusea su egregia figura, su providencial llegada a este mundo, su genio político, su permanente desvelo por todos nosotros, su talento innato para reinar, su simpatía, su cercanía y campechanía, su proverbial habilidad para apacentar su grey…etc. y así hasta extremos sonrojantes. Y mientras vamos leyendo el bien armado artículo de José Antequera en este mismo periódico digital nos vamos enterando de esa cuenta en Credit Suisse abierta desde el año 1995 y llevada por testaferros llamada “Soleado”, una cuenta que ahora está siendo investigada por un fiscal suizo, y que el artículista califica a dicha cuenta como una auténtica lavadora de dinero negro, nos preguntamos, sintiéndonos engañados y traicionados hasta lo más hondo, que por qué se comporta con nosotros sus tributarios de esa forma tan desleal, tan reprobable, tan desagradecida, si nunca le ha faltado la cuantiosa asignación anual que manda La Constitución. Una asignación de la que no tiene que dar cuenta alguna. Y por qué a pesar de percibir esa pensión millonaria tiene que echar mano a negocios más oscuros que la tela asfáltica, que una sotana, que la pezuña del maligno. Por qué tiene que meterse en esas desalmadas timbas financieras, en esos feos garitos de delincuentes vestidos de Armani si no lo necesita, ni nunca lo ha necesitado porque lo ha tenido todo y si algo le ha faltado se le ha hecho la correspondiente ley a medida y por la vía de urgencia para que lo tuviera

En realidad todo se le ha hecho a su medida, desde los trajes a las leyes por las que se rige, desde la ley más importante hasta más pequeña disposición o norma han sido creadas para protegerlo de todo mal, para librarlo y mantenerlo alejado de cualquier investigación, de cualquier cansino y recalcitrante sabueso, de cualquier mal español, de ésos que con la excusa de buscar la verdad, de llegar hasta el fondo de ella, el capricho y la chifladura de todos los rojos, insiste en meter los hocicos en su dorada y bien protegida parcela, una parcela que ha gozado también del pacto de silencio de la prensa para no publicar nada negativo de él. Si eso no ha sido censura, se le parece mucho. La verdad es que no se escatimado nada para proteger al monarca, se han examinado casi a diario con lupa las leyes que lo protegen como se revisan las vallas, los muros, los fosos y todas las medidas de seguridad para encontrar cualquier resquicio por pequeño que sea, que pueda dejarlo aunque sea mínimamente desprotegido, y taparlo convenientemente sin reparar en coste alguno, porque tratándose de él nunca se ha reparado en coste alguno, lo que haga falta, lo mejor, siempre lo mejor. Respecto a esto cabe señalar otro gran mosqueo del rey. Fue con Aznar cuando éste le cortó el grifo de los fondos reservados para comprar el silencio de una conocida actriz con la que mantenía una relación. Y fue el CNI, que parece que no tenía otra cosa que hacer, el que se encargó de contactar con la actriz y hacer los pagos acordados hasta que Aznar en un acto que le honra, le retiró del pesebre de los fondos reservados.

Pero el tiempo pasa y al igual que ocurre en un organismo con muchos años y muchos excesos encima, un organismo que ya empieza a dar señales evidentes de desgaste, se produjo una bajada de defensas. Y no se sabe si por acción u omisión, se quedó entreabierta la puerta blindada y acorazada detrás de la que hacía el emérito su vida de Borbón y nosotros, la plebe, el populacho, la gente de a pie supimos cosas que sospechábamos pero nunca nos habíamos imaginado que pudieran ocurrir así, con esa desfachatez.

Como le habían pillado con el carrito del helado, según una expresión de la chusma, y sin saber bien lo que hacer, tiró de campechanía, de espontaneidad, de llaneza y nos pidió perdón, “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, dijo a los periodistas en un pasillo, a salto de mata, cuando se supo aquello de la cacería de elefantes en Botswana, la foto con su amigo el cazador profesional, la amiga Corinna, el bungalow…etc mientras su querida España de sus desvelos se hundía en una espantosa, monstruosa crisis de la que hemos salido tan traspillados, con más golpes, magulladoras y palos que una estera, vamos, que hemos salido tan mal que todavía nos preguntamos si realmente hemos salido. Y dijo que no volvería a ocurrir y nos lo creímos porque nuestra candidez, ingenuidad y sencillez nos llevó a pensar que una persona tan principal, el más alto representante del Estado, nunca nos mentiría.

Uno se pregunta por qué aquellas palabras en vez de ser dichas de pie derecho, en medio de un revuelo de periodistas, escoltas y demás séquito de gentes varias no se emitieron en su despacho de La Zarzuela, con la misma solemnidad de los grandes comunicados institucionales. Como cuando salió a parar el golpe de Estado de Tejero vestido con todos los arreos militares de gran gala. Por cierto que de este episodio entre el esperpento y la tragedia, también hay todavía mucho que rascar y muchos ciudadanos de a pie nos preguntamos por qué no desclasifican de una vez todos los documentos, grabaciones y todo lo que se sabe de este gravísimo suceso de nuestra historia reciente y nos enteramos qué fue lo que realmente pasó y no lo que nos contaron en su día que pasó. De momento Pilar Urbano dice que el Rey fue el “elefante blanco” y en una entrevista a Tejero, éste le dijo que se limitó a cumplir órdenes. ¿Sabremos algún día de quién recibía esas órdenes aquel españolazo bíblico, aquel cuatrero de espagueti western de tercera, aquel hombre de verde con cara de títere de cachiporra tocado con un tricornio que la televisión sueca confundió con un torero?.

El rey emérito debería haber salido al paso de esta grave acusación y desmentirla, pero no dice ni dirá ni pío. No puede ser, si queremos ser una democracia moderna y transparente, si queremos codearnos con los países de nuestro entorno europeo, que todavía no sepamos quién fue el que montó todo aquel esperpento, aquella triste y lamentable ópera bufa.

De forma inexplicable para nosotros, aquella puerta acorazada que siempre había estado cerrada con siete llaves, quedó desde entonces entreabierta y por esa rendija nos vamos enterando de la vida de excesos de todo tipo que ha llevado y todavía lleva como puede el emérito: los viejos roqueros nunca mueren. Y a resultas de esos excesos, de esa vida que está apurando y apurará hasta la hez, nos enteramos de su mal estado de salud. No nos da lástima, la verdad. Ha vivido demasiado bien, a todo capricho, antojo, extravagancia y desvarío para que nos dé lástima. Ahora cuentan que lleva una pulsera con el Padre nuestro grabado. Y que a la manera del Don Guido de Machado se ha vuelto de viejo un gran rezador. Nada nuevo bajo el sol.

Que le perdone Dios, ese que Homer Simpson dice que es su personaje de ficción favorito, lo que muchos aquí abajo no le perdonamos porque no tiene perdón. Y no lo tiene porque le dejaron todo a punto, todo hecho, una vida regalada con todo tipo de lujos y cuidados, una vida cuyo única obligación era representar al Estado, presidir, sentarse donde le dijeran, leer lo que le pusieran para leer y una vez leído, levantarse, saludar y volver a su vida de cuento, de una magnificencia y suntuosidad que el resto de mortales ni siquiera somos capaces de llegar a imaginar. Un puesto para el que solo era necesario mantener una apariencia de formal ejemplaridad, de dignidad, de mesura, sobriedad, austeridad, moderación, continencia… y por supuesto sin dar qué hablar a nadie, sin que se tengan que reunir los directores de los principales periódicos para pactar un silencio que suena cómplice y eso no nos gusta. No deberían haberse tenido que reunir porque no tenía que haber habido nada que silenciar ni proteger de la luz pública si el emérito hubiera observado una vida ejemplar acorde con la más alta representación del Estado que ostentaba.

Cumplir fielmente con las obligaciones del cargo, simplemente eso. Pero no, no tuvo a bien cumplir su parte del trato. No, no le perdonamos, no le podemos perdonar tanto quebrantamiento, tanto desmán, tanta cuenta Credit Suisse que no necesita, como no nos perdonamos a nosotros mismos haber aguantado, y lo que nos queda todavía, tanta ofensa, afrenta, infamia y desprecio.

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