No voy a indagar mucho en la herida sobre la gestión del COVID-19 por parte del gobierno actual, puesto que entiendo que es una cuestión difícil de atender y en la que, además, el Estado sigue en mayor medida las recomendaciones que escriben los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

No voy a indagar mucho en la herida sobre si el gobierno actual fue o no fue consciente de la pandemia que se nos acercaba, actuando demasiado tarde en paliarla y de ahí los contagiados y las personas fallecidas a causa de tal virus. No obstante, reconozco la labor encomiable de los sanitarios ya que su esfuerzo infinito ha hecho que sobrevivan muchas personas a esta enfermedad sin vacuna.

Aprovecho para destacar que me parece pobre la actitud por parte de algunos sectores de la ciudadanía en la cual achacan la situación pandémica de hoy a una manifestación feminista, debido a que, durante ese tiempo, de igual manera, existieron numerosos eventos tanto deportivos como culturales de masificación de personas y no escucho tanto alboroto sobre ello. En este caso, yo como gaditano, caminé tranquilamente por mis queridos carnavales, coincidiendo casi en el tiempo con la concentración de la mujer; y, sinceramente, por mucho que ame dos coloretes en mis cachetes y la alegría de un pueblo por escuchar sus agrupaciones carnavalescas, no me parece más importante ésta fiesta que la reivindicación justa hacia la igualdad entre una mujer y un hombre que hoy brilla por su ausencia. Si no, preguntarle a la brecha salarial, acceso al empleo, conciliación familiar, tareas de hogar, poder en la toma de decisiones empresariales, violencia de género, entre otros casos, por no mencionar a nivel mundial, como es la inequitativa realidad atronadora de la mujer en el mundo musulmán. Por tanto, dejemos de condenar tales protestas como posible causa del panorama pandémico de hoy y si lo hacemos, que sea con todos los acontecimientos que ocurrieron en esos días. Ya que, si no es así, es que somos tan cobardes como el propio patriarcado que nos acecha hoy.

No quiero indagar mucho en la llaga de que España no tiene capacidad para producir sus propias mascarillas, ni respiradores, ni test rápido de coronavirus y, por ello, tenemos que importarlos de China. Por no recalcar el asunto de los test defectuosos que nos llegaron desde tierras del este.

No quiero indagar mucho en la llaga de cómo resolverá el Gobierno la crisis económica que se avecina en la época post COVID-19 desde el ámbito socioeconómico, puesto que, gracias a acuerdos como el Tratado de Maastricht de 1992, España potenció su economía hacía el turismo mermando así cualquier otro tipo de industria tecnológica y transformándonos, de esa manera, en un ser ultra dependiente de cualquier producto con tecnología. Así que, a ver ahora como llenamos los hoteles, restaurantes y bares ante la falta de turistas.

Unido a lo anterior, y sin indagar mucho en la llaga, observaremos en que se convierte la Unión Europea durante en el post COVID-19, ya que tiene dos opciones: redefinir una UE implementando instrumentos como los Eurobonos y reconstruyendo socioeconómicamente la UE de manera asociativa; o, de lo contrario, imponer recortes y austeridad, con la consecuencia que ya conocemos (véase austeridad 2012): una mayor desigualdad en la ciudadanía, destrozando su dignidad a golpe de desahucios, y con ello, provocando una marea de extrema derecha, también universal, y más auges en movimientos como el Brexit.

Sin indagar mucho en la llaga de tantos recortes en sanidad, dando igual el color político, que los haya impuesto, hoy vemos la falta de recursos, material, infraestructuras, personal e investigación sanitarias, entre otros, poniéndonos así en un precipicio de confinamiento extremo sin poder salir de casa y sin las empresas realizando su actividad.

Pues bien, una vez entrando en fases de desescalada, donde por fin, de manera general los ciudadanos podemos pasear, correr, sentir el viento en la cara, e, incluso, tener la posibilidad de tomarnos algo fresquito en una terraza, reflexiono sobre la siguiente pregunta, ¿¡por qué educación pública!?

Como docente de bachillerato no puedo entender la actitud de mi sector. Veo a mis alumnos y alumnas, en el alba y en los crepúsculos de los días, a veces respetando y a veces no, las instrucciones que nos han marcado las instituciones pertinentes, donde no voy a entrar, ya que cada cual cargue con su propia conciencia. Sin embargo, no puedo comprender por qué no puedo aleccionar a mis pupilos y pupilas en mi asignatura, me explico: entiendo que en un instituto, por la situación pandémica de hoy y porque no estamos dotamos de recursos educativos suficientes, no vuelvan a clase aquellos que pertenezcan a primaria, ESO, 1º bachillerato y/o ciclos formativos. Pero el grupo que nos queda, que son los que se tienen que preparar para selectividad, ¿por qué no puedo prepararlos adecuadamente en una clase y tengo que seguir haciéndolo telemáticamente?

Repito, no voy a entrar en el tema de, si ellos (alumnos y alumnas) respetan las medidas sanitarias de desescalada. No obstante, si pueden estar en la calle también deben poder pisar sus aulas para ir de la mejor manera a su examen final. Un instituto tiene las aulas suficientes como para completar sesiones de diez alumnos y alumnas máximo, con su distancia pertinente, su mascarilla reglada y su gel desinfectante en la puerta, como lo realiza los comercios.  Y una vez acabada la lección, a desinfectar el aula por parte del personal competente. Asimismo, se podría reconfigurar el horario de las asignaturas.  Al menos, esa opción debería poder plantarse con el curso de 2º de bachillero. Ya que ellos necesitan ir en las mejores condiciones a selectividad. E insisto, si tienen el permiso de concurrir las calles, pueden también frecuentar su querida aula.

Por otro lado, me duele que la educación pública y sus sindicatos, sobre todo los más alternativos, inconformistas y libres, no planteen tal situación. Creo enormemente en la demanda eterna de una educación pública de calidad, que sea la referencia de la enseñanza, pero también tenemos que protestar por estas otras cuestiones. Porque, reitero, si se puede dejar salir a los alumnos a la calle, deberíamos hacer regresar a los alumnos y alumnas de 2º de bachillerato a su templo educativo.

Con esta tesitura, tenemos, mi familia educativa y yo (profesores, sindicatos y demás personal educativo de la pública) una gran oportunidad en unirnos, para marcar la diferencia ante el reto de que vuelvan para prepararlos ante selectividad. Además, siempre nos quejamos de que la escuela concertada y privada inflan las notas de sus alumnos y alumnas para llegar con más posibilidades a la carrera universitaria soñada, restando oportunidades a nuestro chicos y chicas de la pública. Pues demos con un puño en la mesa y exijamos su vuelta, por que es la única y verdadera opción posible para que sean los mejores delante de un din A4 que les proporcione el sueño universitario.

En mi caso personal, viniendo de Andalucía, creo más aún en estas decisiones valientes porque estoy cansado de estar siempre supeditado a ordenes de arriba  y que nunca tengamos iniciativa propia. Pues ha llegado el momento de que Andalucía, desde el ámbito educativo, inicie una petición totalmente lícita y posible, que es que nuestros niños y niñas andaluces, retornen a sus hemiciclos, para que se conviertan en los más punteros de la Prueba de Bachillerato para el Acceso a la universidad (PBAU). Ya que, por mucho que nos esforzamos, lo telemático no es lo mismo que lo presencial. De lo contrario, si no peleamos por tal circunstancia y renunciamos a nuestra pedagógica rebeldía, que nos hace ser diferentes, que sentido tiene la educación pública. Y, como diría Julio Anguita, “no hay democracia sin determinación”. Pues eso, determinación.

Finalmente, si por mi fuera y tuviera que enfermar debido al coronavirus, prefiero contagiarme en el anfiteatro educativo que en una calle sin libro. Si ocurriera y viajase al más allá, al menos podría volver a citarme con mi mamá y tendría la opción de decirle, nuevamente, lo mucho que la quiero. Aunque ella me preguntaría: Andalucía, ¿qué tal? Pues mamá, de momento, los andaluces y andaluzas siguen sin levantarse…

X la revolución de los desiguales.

3 Comentarios

  1. En este caso no es un falta del que emite el mensaje sino de los pasos en la corrección antes de publicarlo.
    De todas formas, creo que el contenido tiene mucha más que solamente una errata para reflexionar y cuestionar el mismo.

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